Paso todos los días por la puerta
del hotel en el que se quitó la vida. El letrero rojo, de neón, que cuelga del
soportal y preside la entrada a la recepción está encendido día y noche. En
invierno tiñe de un rosa tembloroso las primeras horas de la mañana, los días
de niebla (cada vez más escasos, la verdad) y la desgana general de una ciudad hoy
bombardeada por la crisis industrial y la falta de ideas. Me muevo en un horizonte
de reconstrucción mucho más angosto del que la gente tenía en 1950, el año en
el que él decidió marcharse para siempre y los destrozos de la Segunda Guerra Mundial
aún eran paisaje cotidiano. «Todo esto es un asco. Nada de palabras. Un gesto. No
escribiré nunca más», anotó en su diario el 18 de agosto. Fueron sus últimas
frases sobre papel, nueve días antes del gesto.
Asentarme donde hay libros o
historias de libros siempre me ha parecido el criterio más natural a la hora de
escoger un lugar para vivir. Siento que son garantía de acogida y protección, un
espejo en el que reconocerse, pase lo que pase alrededor. Turín, la ciudad de
Cesare Pavese, donde trabajó y decidió morir, tiene un entramado de 130
bibliotecas. La que él frecuentaba, la Civica Centrale, hasta hace poco
ha sido también la mía. La han cerrado antes del verano, la van a trasladar a
un edificio espectacular a orillas del río Po; es muy probable que se convierta
en un sitio turístico, para fotos en redes sociales, con su restaurante de
pitiminí minimalista y el bookshop. No me imagino cómo podremos convivir
bajo el mismo techo los peones del libro y los influencers. No sé, sobre
todo, dónde habrán ido a parar los que no tenían un techo y durante el día contaban
con el abrigo de las personas y las paredes de la vieja biblioteca cívica. La
palabra «cívico» indica lo que pertenece a toda la ciudadanía, sin exclusiones.
Es más que un adjetivo, es un sentido, un espíritu, el mismo espíritu de
servicio público que animaba la editorial que Pavese contribuyó a fundar en 1936,
aquí, en Turín: Einaudi. Hacer libros —escogerlos, traducirlos— fue, en ese
momento, para un grupo de jóvenes intelectuales entregados a la idea de la
justicia y la libertad, la única forma de expresión en un país en el que el
fascismo censuraba, desterraba, exigía a los docentes firmar un acta de
fidelidad al régimen y, por supuesto, mataba.
Cada año, en los días que van del
27 de agosto —fecha de la muerte física de Pavese— al 9 de septiembre —cuando
cumple años y entonces vuelve a caminar bajo los soportales con su espigada
figura, el pelo negro, fuerte, que ensortijaba entre los dedos, la mirada penetrante
y abstraída a la vez—, en esos (estos) días el aire pastoso de la ciudad parece
que se agrieta, y por sus rendijas se cuela el eco de los pasos del escritor. En
esos (estos) días de final de verano, los que separan la muerte de la
resurrección y de la vida eterna de sus palabras, percibo más fuerte el bombeo
de su sangre en los oídos—la sangre es la respuesta a cada una de nuestras
preguntas, decía. En esos (estos) días, que son también los que separan mi
santo de mi cumpleaños, veo a Cesare (Cesarito, Pav, El Barón, como lo apodaban
sus amigos) alejarse rápido del aburrimiento que lo invadía cada vez que
conseguía algo: el «asco» de dominar la técnica, en la poesía como en la vida, explica
que un 27 de agosto no quisiera escribir ni estar «nunca más». Apoderarse del oficio
mata el misterio, amordaza la voz de la sangre.
«Hay en verano/ tardes en que
hasta las plazas se quedan vacías, estiradas/ bajo el sol a punto de ponerse, y
este hombre, que viene/ desde una avenida de inútiles plantas, se para. /
¿Merece la pena estar solo, para estar cada vez más solo?», se pregunta en el
poema Trabajar cansa. Leo estos versos y lo veo tumbarse vestido sobre la
cama del hotel cuando el cansancio, que nos atañe a todos, que es «típico de la
condición humana», le impide definitivamente «abrir los ojos cada mañana, mantenerse
firme sobre las piernas». El 27 de agosto de 1950, dicen las crónicas, hacía un
calor insoportable. Los Alpes que rodean Turín con sus picos son solo un
espejismo de frescura, y la ciudades un hoyo incandescente a los pies de las
montañas. Paso la palma de la mano por la manga del traje de Cesare, bajo la
chaqueta noto la espesura de la camisa de manga larga, tormentos que se añaden
al bochorno del aire, pero también señales últimas de su amor a la pulcritud,
al orden, a la compostura, a la dignidad del momento en que lo encontrarán.
Antes de tumbarse vestido en la
cama había pedido a la telefonista del hotel que lo pusiera en contacto con
seis personas. Ninguna contestó, todas estaban de vacaciones. Entre ellas, la
mujer con la que escribió a medias una novela breve, impactante y poco conocida;
la única persona con la que El Barón, exigentísimo, inflexible, desconfiado aceptó
compartir un reto del oficio. La mujer a la que dedicó los Diálogos con Leucò,
el libro sobre cuyo frontispicio escribió su famosa nota de despedida, «Perdono
a todos y a todos pido perdón. ¿Vale? No seáis demasiado chismosos». Leukós
en griego significa blanco. Bianca Garufi es la traductora (de Simone de
Beauvoir y Claude Lévi-Strauss, entre otros autores), escritora, colaboradora
de la editorial Einaudi en Roma con la que Cesare Pavese escribe Un fuoco
grande (Un fuego grande). Una de las muchas mujeres de letras olvidadas por
la historia de las letras.
Bianca había sido partisana en la
Roma ocupada por los nazis. En la primavera de 1945 entra como secretaria en la
sede romana de Einaudi —en Turín la editorial está intervenida por los
fascistas—, de la que Pavese, en esos meses de resistencia desesperada, es
nombrado director. Ella tiene 27 años, Pavese diez más, y aunque él haya
entendido que «Por supuesto no es esperando en la plaza desierta/ que
encontramos a alguien, sino dando vueltas por las calles/ parando de vez en
cuando» y que «Si fueran dos,/ también por la calle, la casa estaría/ donde está
esa mujer, y merecería la pena» (de Trabajar cansa). Es Bianca la que
escribe primero y revela sus sentimientos:
Querido Pavese:
tú me esperabas y mi vida
contigo, como había sido siempre, sin remedio, sin fin, una vida en la orilla
del río, no sé cómo decirte. Y este sentir que me esperabas me ha hecho pensar
en la existencia nuestra, de nosotros dos, quiero decir. He ido tomando conciencia
de que nosotros dos, para mí, era algo que existía, de modo que ayer, todo el
día me fui convenciendo de ello. Incluso empecé a imaginar que uno de estos
días te encontraría tan metido en mi vida que percibiría tu presencia del mismo
modo en que percibimos las cosas que pasan inadvertidas, o sea, el lugar en que
has nacido, cuándo, la lengua que hablas, el color de los ojos, todas las cosas
que eres, o sea, las cosas que eres inevitablemente.
Se conocen más a fondo en el verano
de 1945 y empiezan a salir en otoño; en esos comienzos él tiene un desliz atroz,
mientras hablan la llama con el nombre de otra mujer, probablemente el de otra
traductora de la editorial. Ella sufre —vive en fuerte competición con algunas
compañeras de trabajo— pero se esfuerza para superar el episodio enseguida, porque«le
tengo pavor a todo lo que cuaja y hace grumo, una puerta cerrada y me ahogo», y
porque ha entendido que él es el único que la puede «entender en lo medular»,
en sus miedos profundos a la enfermedad, a la precariedad económica, al «pánico
del alma»: «Eres de verdad la única persona con la que podría hablar en este
desierto o, si me apuras, en esta plaza repleta de imbéciles», le confiesa a
Cesare. Para intentar remediar a un estreno amoroso tan torpe, El Barón empieza
a llamarla Baronesa y le asegura «te equivocas cuando dices que no conseguiré llegar
a ser como tú quieres. Tengo que conseguirlo, porque no quiero que
nuestra historia se parezca a las demás que he quemado».
En efecto, la historia de Cesare
Pavese con Bianca Garufi no se parecerá a ninguna otra, no solo (o no tanto) en
lo sentimental, cuanto en lo creativo. Ella es la Leucò y la Circe de los Diálogos,
la que lo reta a buscar sus raíces y su sangre escarbando en el mito; es la
mujer que lo hace volver a la poesía después de casi diez años de silencio, tras
la publicación de Trabajar cansa. En poco más de un mes, en el invierno
de 1945, Cesare compone para Bianca los nueve poemas de La tierra y la
muerte, con sus versos de amor cortos y sensuales, completamente distintos
a los del primer poemario. Ya no ve plazas desiertas (o repletas de imbéciles),
ni avenidas de «inútiles plantas»: por fin ha encontrado la casa en la que está
esa mujer que merece la pena.
Tú eres como una tierra
que nadie ha dicho nunca.
Tú no esperas nada
que no sea la palabra
que manará del fondo
como un fruto entre las ramas.
Un viento te alcanza.
Cosas secas y más que muertas
te entorpecen y vuelan con el
viento.
Cuerpos y palabras antiguos.
Tú tiemblas en el estío.
Bianca deja la editorial y Roma en
diciembre de 1945, y es ella la que ese invierno propone al Barón escribir, a
distancia, una novela a cuatro manos. La relación sentimental de la pareja se
vuelve epistolar y, lejos de deshilacharse, se intensifica a través de la escritura.
En las cartas que se intercambian mientras construyen y componen cada uno un
capítulo, alternándose, nos apasiona el duelo dialéctico alrededor del
contenido, de cómo debería avanzar la historia para evitar la monotonía, de las
ganas que cada uno pone o no pone en esa «novela bisexuada», como la
define Pavese. Garufi escribe los capítulos narrados por la voz de Silvia, la
protagonista femenina; Pavese le da la vez con el papel de Giovanni. Los dos personajes
tienen una relación imposible de definir, de necesidad y repulsión, de sangre —una
noche Giovanni acaba mordiendo a Silvia en el cuello, haciéndola sangrar, pero
es Bianca la autora de la escena «caníbal», y le deja a Cesare el papelón, en
el capítulo siguiente, de justificar ese arrebato—, de muerte y de hielo.
Pavese reconoce, en una carta a su Baronesa, que «bien sabía, embarcándome en este libro, que la empresa haría aflorar todo el pus que llevamos dentro, y no me asustan las palabras —pero también sé que estas palabras expresan un subconsciente que tuvo y tiene para nosotros un significado no solamente literario».
Silvia esconde un secreto que le
estalla en las manos durante un viaje al sur, en Calabria, en la casa y la
familia donde ha nacido y de las que se ha fugado, donde obliga a Giovanni a
acompañarla. En ese ambiente arcaico y arcano, el paroxismo de sentimientos y relaciones
en el que se mueven los personajes crece según avanza la lectura, y nos
envuelve en un fuego grande, indomable. «El pus que llevamos dentro»
quema. El bubón estalla. En apenas 11 capítulos y 72 páginas, la novela alcanza
la perfección sin necesidad de conclusión, y la pareja de autores revienta. En
las cartas de los dos quedan rastros de materia: «Yo aquí vivo solo y
trágicamente. Con la facilidad que tienes de trabar amistad incluso con una
escoba, tú no puedes entender lo que significa estar solo todas las
noches. Pero estoy acostumbrado y, al fin y al cabo, mi significado en el mundo
es escribir algo. Escribiré», asegura él. Faltan cuatro años para el último
apunte en su diario, «No escribiré nunca más», y para el último respiro. Ella
en un primer momento «mendiga un encuentro», y él, que solo en sus cartas
consigue ser tremendamente divertido (además de insufrible, agrio y cortante
como en el día a día), le contesta: «¿Qué pretendes? ¿Que nos hagamos mimos
como dos conejos? Para mí es muy bonito este insaciable maltratarnos; es
sincero, después de todo, y productivo. Cada uno tiene sus métodos —nosotros somos
una preciosa pareja disconforme, y el sexo— que, después de todo, existe — se
desahoga como puede». A partir de aquí Blanca, «disconforme», se descuelga. Él
le exige más páginas de la novela, con más rapidez, y «un trabajo de arte, no
de desahogo». Ella le contesta: «Tengo la tentación de echarte a las ortigas y
de seguir con la novela yo sola». Lo hará. Escribirá una novela por su cuenta,
donde volverá al sur. Fuoco grande se pierde entre los carpetazos de
ambos.
Será Italo Calvino quien encuentre el
texto y decida, por «la carga emotiva y poética que tiene», titularlo Fuoco
grande y publicarlo como novela breve. Lo cuenta así: «Entre los papeles de
Pavese, numerosos son los manuscritos de cuentos inacabados. […] El borrador de
una carta, en el revés de una de esas hojas, nos iluminó sobre su origen:
Pavese había empezado a escribir esa novela en colaboración con una amiga […]».
Es 1959 y Calvino está reuniendo todos los cuentos de Pavese, para que salgan
en un volumen-homenaje a los diez años de su muerte. Me llama mucho la atención
que en todo el paratexto que Calvino prepara para la novela —que, obviamente, sale
publicada por Einaudi—, no mencione a Bianca Garufi con su nombre y apellido: a
pesar de que Bianca haya trabajado en la misma editorial y que queden, además
de sus traducciones, las cartas que Pavese le escribió —también publicadasa
cargo de Calvino—, solo aparece como «una amiga». En la portada que aún hoy
tiene la novela, su nombre está imprimido por debajo del de Pavese. Es
sorprendente, porque un año después de la muerte del Barón, Bianca Garufi se gradúa
en Filosofía y Letras marcando un hito académico nacional: defiende la primera tesina
dedicada a Jung en Italia, titulada Estructura y dinámica de la personalidad
en la psicología de C. G. Jung. Cuando sale Fuoco grande Bianca es,
desde hace tiempo, además de una estudiosa de la emancipación de la mujer, que
escribe ensayos y novelas, una psicoterapeuta junguiana de renombre, que
llegará a vicepresidenta de la Asociación Internacional de Psicología
Analítica.
Bianca Garufi muere en Roma en
2006 y siempre ha sido discretísima sobre su relación con Pavese; tan discreta que
cuando él le ofrece leer su diario, El oficio de vivir, ella se lo
devuelve sin abrirlo, causándole «enojo de autor» (y de amor) y condenándolo a «morir
de frío, hablándole al desierto». Ella, desde luego, no ha sido «chismosa», y en
su propio diario, de él solo escribe, el 13 de abril de 1951: «Hoy he recibido
el libro de poemas póstumos de Pavese. Contiene los de 1945, del otoño de 1945,
poemas que él escribió por amor y por dolor de mí. Recuerdo que escribió el
primero sentado en la butaca de mi dormitorio. Yo estaba en la cama, dormida,
luego me desperté y él leyó».
En estos primeros días de
septiembre en los que espero la resurrección vuelvo a El oficio de vivir,
porque estoy segura de que él también ha apuntado en su diario ese momento en
el que, a través de la poesía, ha empezado a ver a Blanca como se veía a sí
mismo. Lo encuentro el 27 de noviembre de 1945:
Ha llegado por tercera vez, ese
día. Es el amanecer, un amanecer de niebla difusa, de un violeta fresco. El
Tíber tiene el mismo color. Melancolía no ponderosa, lista para dispersarse
bajo el sol. Casas y árboles, todo duerme.
He visto amanecer, hace poco,
desde sus ventanas de la pared de al lado. Era la niebla, era el edificio de su
casa, era la vida, era el calor humano.
El tercer día. Resurrección. Un
año más. Un fuego grande.
Para
Belén Bermejo y todəs los septembrinos.
[Las
traducciones que aparecen en este texto son mías].
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