Hemos depositado nuestra confianza en ti. Has tenido los medios que necesitabas: cuando quisiste estudiar, te dimos estudios; cuando buscaste trabajo, hablamos con quien fue pertinente y lograste un empleo que ya lo hubiera querido para sí cualquiera de tus amistades. Nos has pedido un coche para tus correrías y tus excursiones, lo has tenido; quisiste, en un momento dado, salir al extranjero, decías que necesitabas experiencia, que este mundo te ahogaba; con esa idea te costeamos unos cursos de idioma, hiciste un máster, carísimo, no nos ahorramos el menor esfuerzo; desde luego, emprendiste cuantos viajes se te antojaron, incluso aquellos cuya finalidad, lejos de ser clara, nos parecía un capricho sin propósito. Sabes a qué me refiero, te acuerdas perfectamente. Pero nosotros tuvimos toda la paciencia del mundo.
Un día, de pronto, nos dices que te casas. Apenas sabíamos de esa persona; no parecía una mala elección, al contrario, llegamos a pensar que te ayudaría a asentarte, que así encontrarías tu lugar. Hicimos construir una casa para que vivierais: tres pisos, siete habitaciones, tres baños, garaje, trastero, un hermoso jardín, todo tipo de servicios, materiales de primera calidad, en fin. Estrenasteis la casa. Pero tu felicidad no duró ni dos meses, os separasteis. Hubo que cerrarla, la vendimos en seguida, casi perdiendo dinero.
La época más tormentosa de tu vida fue un calvario para nosotros: te detuvieron en posesión de drogas, te implicaron en asuntos que jamás hubiéramos imaginado; fue un duro golpe, también para nuestro buen nombre, ya lo sabes; pagamos la fianza, contratamos al mejor abogado, y ten por seguro que te libramos de la cárcel. Hemos hecho cuanto ha estado a nuestro alcance para ayudarte a reencauzar tus pasos; no te han faltado dinero, compañía, sirvientes, estímulos, influencias. Parecía que nada de todo eso te contentaba. Nuestros amigos nos aconsejaban que dejáramos de apoyarte, que no era justo que nos trataras así, y que nos resignáramos a que hicieras tu propia vida, aunque te perdieses. Nos recomendaron desposeerte de cuanto te habíamos dado y dejarte nada más con lo indispensable, de manera que te valieras por tus propios medios (parecía que tus decisiones mismas nos sugerían esa dirección). Ya conoces el resultado: destruiste tu apartamento, vendiste los muebles, abandonaste tu coche, no tuviste ni la delicadeza de conservar nuestros regalos.
En vista de que ignorabas cuanto te recomendamos y de que era evidente tu intención de alejarte cada vez más de nosotros, nos vimos forzados a contratar a un detective que te siguiera y nos diera informes de tu comportamiento. Por él supimos que rara vez te aseabas, te cambiabas de ropa o te cortabas el pelo; no hacías más que beber y asistir u organizar timbas en tugurios de mala fama; te conocían en ambientes en los que antes hubieras deplorado siquiera acercarte. Cuantos esfuerzos hicimos por corregirte han resultado estériles; tu indiferencia y tu silencio han sido tan duros para nosotros como la obstinación que has demostrado en dilapidar tu dinero, tu salud, tu vida.
Como ya habrás comperndido, hemos llegado al límite; no estamos dispuestos a seguir esperando un cambio de actitud, ni siquiera un gesto; hemos perdido toda fe en ti. Nos sentimos tan defraudados que jamás recaeremos en el error de pensar que desees ni puedas rehabilitarte. Otros muchos, con menos medios y no habiendo cometido ni la mitad de los errores que tú, en algún momento han sentido vergüenza de sí mismos y han optado por corregirse; en cambio, tus promesas, las pocas que nos has dado, han sido siempre otras tantas burlas.
Por lo tanto, aun sintiéndolo mucho –poco nos importa a estas alturas si lo entiendes siquiera, pero, desde luego, con dolor de corazón–, hemos llegado a determinar esto y te lo hacemos saber. (Se trata de nuestra palabra definitiva, no esperes una rectificación por nuestra parte; no confiamos en ti, ningún cambio, aun suponiendo que lo procurases –lo que nos parece imposible–, ningún cambio te va a salvar ya). Nuestra decisión, si la quieres así, es inapelable. Ponte en pie, al menos, para escucharnos.
Nunca más llevarás nuestro nombre. No volverás a esta casa ni te acercarás a ella. No te dirigiremos otra vez la palabra. Cuanto digas o hagas ha dejado de interesarnos para siempre (y así lo saben también quienes suelen recurrir a esta información para soliviantarnos). Cuanto te suceda, no nos moverá a acudir a tu lado, ni tu desgracia, ni tu enfermedad, ni tu muerte. Desde este momento, para nosotros has dejado de existir.
– Pero, hijos míos, ¡cómo podéis hacer eso!
0 Comentarios
Comentarios con educación y libertad