Periodo de posguerra. En 1941, la empresa asturiana Hidroeléctrica del Cantábrico, expresó la «práctica imposibilidad de atender a la demanda energética» y como consecuencia de ello, las posibles restricciones de consumo de energía eléctrica en Galicia, Asturias y parte de Cantabria. La respuesta del gobierno fue tajante, declarar  «de interés prioritario», la construcción del que en esas fechas, fue el mayor pantano de España y el segundo de Europa.

Las dimensiones, retos y dificultades eran ciclópeas: suponía sumergir casi 2000 fincas, desplazar a otros lugares cerca de 3000 personas, anegar catorce poblaciones entre los concejos de Allande, Pesoz y Salime en Asturias y Negreira de Muñiz y Fonsagrada en Galicia, sepultar bajo las aguas cementerios, iglesias y transformar el hábitat de toda la zona. Las dificultades técnicas y logísticas eran también extraordinarias: había que mejorar carreteras para transportar parte de los materiales que eran recibidos, vía marítima desde El Espín (en el concejo de Coaña), situado a 80 kilómetros de distancia, sortear el bloqueo comercial al que estaba sometido el país por parte de la ONU ( turbinas y maquinaria fueron suministradas por una empresa inglesa, bajo cuerda ) y, con el fin de ahorrar costes en transporte, construir el mayor teleférico de España, de 36 kms. de extensión: 650 vagonetas suspendidas en el aire que sobrevolaran los desniveles para llevar el material necesario con que elaborar el hormigón a pie de obra. Una empresa italiana se encargó de la construcción del mismo, trayendo desde Vegadeo, mediante carretas de bueyes, todo el andamiaje.

No debe olvidarse el punto más importante: el factor humano. Según cálculos, para construirla serían necesarios ingentes cantidades de obreros, más de 2000; con ese objetivo, se construyeron cuatro nuevos poblados donde asentarlos: Eritaña, en el concejo de Allande, A Paciega y el Campín en Pesoz y Vista Alegre, en el de Grandas, donde se situó el puesto de mando.

Joaquín Vaquero Palacios, junto con otros ingenieros, fue el encargado de dirigir la construcción. Su idea era aspirar a la obra de arte total, combinando lo utilitario y lo estético; para él, la arquitectura para ser perfecta, debe ir acompañada de pintura y escultura, complementarse con ellas. Él diseñó y ejecutó el relieve escultórico, realizado en hormigón, que preside la fachada de acceso a la central, donde se narra todo el proceso de creación de la energía eléctrica, desde su origen en las nubes y la lluvia, hasta su transporte a las líneas de alta tensión. A su hijo, Joaquín Vaquero Turcios, un joven arquitecto que estudiaba en Roma, le encargó dos grandes murales en el interior de la central.

Aquí se produjo otra metamorfosis personal y artística, la suya, como él mismo señaló: «una obra tan compleja en cuanto a elementos, ritmos, notas, el choque con aquella geología inmensa, la presencia diaria de la tenacidad, de la lucha diaria de las gentes tratando de llevar adelante una brutal construcción, la presencia diaria del dolor, una obra inhumana, sobrehumana…» hizo que decidiera cambiar sus pinturas abstractas «ausentes del latido del calor, de la integridad humana de la que yo estaba siendo testigo» a otras; fue tremendamente fuerte para él, la  impresión de Salime: se trataba de narrar, convivir, sentir, transmitir la voz de los protagonistas verdaderos.





La expresión abstracta en el mural de 60 metros de largo por 5 metros de ancho, se transformó en una representación en la que intentó plasmar todo el proceso de la construcción de la central desde su origen hasta su ejecución. En el centro del mismo, entre otros dibujos, sitúa una Pietá como homenaje a los numerosos muertos en accidentes de trabajo durante toda la obra (los datos recogidos hablan de 70, 100 o incluso 300 personas fallecidas, según fuentes).

El otro friso está situado en la sala de turbinas, es el mural de la descarga eléctrica: a través de imágenes, se expresa dicho proceso. Preside el mismo cuatro ménsulas que sostienen el corredor que da paso a la sala de mandos. En los primeros bocetos artísticos de la central, estaba previsto incluir las efigies de Picasso, Freud, Planck y Einstein; sin embargo, a causa de la censura, el empeño de su autor sólo se cumplió en 2001, realizado por él mismo, para hacer que presidan, desde lo alto, la gran sala de turbinas de la central de Salime.






La construcción de la presa provocó un cambio radical y absoluto en toda la zona. La proletarización de un gran número de campesinos barrió por completo el poblamiento y la explotación agropecuaria. La empresa, fruto de la unión entre Hidroeléctrica del Cantábrico y Viesgo, empleó numerosa mano autóctona, presos políticos y personas de otras regiones de España, y su posible «paternalismo empresarial» ofreció claroscuros más que evidentes; según algunas fuentes, se propició una importante reducción de los nacimientos durante los años que coinciden la ejecución de la obra. Una vez finalizados los trabajos, se abandonaron los poblados, las oleadas de emigración fueron continuas y por tanto, las generaciones siguientes, prácticamente no se desarrollaron en esos tres concejos: se iniciaba una progresiva y continuada pérdida demográfica que seguiría en las décadas posteriores hasta hoy.


                                                    Bodega


En 2011, fue incluida en la lista de los cien elementos más importantes del Patrimonio Industrial de España; el artista principal, Joaquín Vaquero Palacios, fue nombrado hijo adoptivo de Grandas de Salime por reflejar, a través de su obra «la épica del trabajo colectivo y el dominio de la naturaleza por el ser humano».






Juan Guridi

Me gustan los detalles, los trenes de otras épocas, las historias que parecen pequeñas, el Norte, la vida.