Por Esther Peñas y José Sagasti




Raoul Vaneigem murió en Sant Pol de Mar el pasado 28 de julio. Tenía 92 años, y una familia y amigos que lo asistieron hasta sus últimas horas. Filósofo, ensayista, poeta, licenciado en Filología Románica por la Universidad Libre de Bruselas, obtuvo la licenciatura tras la censura inicial de su memoria sobre Isidoro Ducasse (el conde de Lautréamont). Experto medievalista, Vaneigem forjó junto a Guy Debord la Internacional Situacionista, organización revolucionaria de intelectuales y artistas que combatieron la sociedad capitalista, con sus ciudadanos convertidos en espectadores pasivos a los que el sistema succiona vampíricamente la alegría. 

Así como el teórico de la sociedad del espectáculo, Guy Debord, mantiene su memoria y reconocimiento frescos y lozanos, menos predicamento público tuvo el otro gran artífice de Mayo del 68, Raoul Vaneigem (Bélgica, 1934, Sant Pol de Mar, 2026) cuyo compromiso visceral, vital, contra el reino de la mercancía y el trabajo alienante no dejó de ensancharse y adquirir refinados matices a lo largo de su vida. Suyas son las consignas más coreadas de aquel mes de revueltas estudiantiles que alborotó hasta el extremo a Francia, y que tuvo réplicas sísmicas en otros países (España, México, Alemania occidental, Checoslovaquia, Italia y Estados Unidos): «¡Vive sin trabas!», «¡Nunca trabajes!», «¡El placer es la única medida!».

Dos ensayos anticiparon aquellas protestas lúdicas, furibundas, apasionadas. La sociedad del espectáculo, en el que Debord advertía de la capitulación de la realidad frente al sucedáneo, así como de la entronización del objeto de consumo como intermediario de las relaciones sociales entre las personas, y Tratado del saber vivir para uso de las jóvenes generaciones, en el que Vaneigem apremiaba a la emancipación —individual, colectiva— por la vía de reapropiarse de la vida cotidiana, plantando cara a la dictadura de la mercancía, que había confundido (¿para siempre?) el tener con el ser. 

«Los que hablan de revolución y de lucha de clases sin referirse explícitamente a la vida cotidiana, sin comprender lo que hay de subversivo en el amor y de positivo en el rechazo de las obligaciones, tienen un cadáver en la boca».  Si Debord daba hechura intelectual a la propuesta, Vaneigem la insuflaba la llama ardiente, la poesía hecha praxis.

Para escapar de la banalidad, del aburrimiento, de la anestesia anímica propia de la sociedad capitalista, Vaneigem proponía entregarse al sueño, a la poesía, al amor, a la creación, al placer de la amistad que condujera a un orden social libre y autorregulado. «Hay que encontrar el punto en que la poesía viviente perturbe el tiempo gobernado por la vida». Vaneigem insistía en que no es la muerte lo aterrador, sino lo que nos mata a diario, esa otra muerte que nos gobierna (la falta de tiempo, el cansancio, un trabajo agónico, la ausencia de entusiasmo, la búsqueda ridícula de reconocimiento, el ansia de dinero). Simon Weill, antes: lo contrario al Paraíso no es el Infierno, sino el falso paraíso. La felicidad debe reinventarse, propuso el belga, teniendo como núcleo el amor, el amor entendido como fermento de vida, no como mero refugio contra la angustia en el que los amantes terminan convertidos en autómatas desconocidos. «La vida que deseamos sin fin ya está aquí, esperando a que nos atrevamos a tomarla».

Apoyó a movimientos sociales como los «chalecos amarillos» (su «bella victoria hizo temblar a los tecnócratas con una caja registradora por cerebro»), las luchas ecologistas (que desenmascaran los crímenes que la economía del lucro perpetra sobre la naturaleza), el proceso revolucionario de Chiapas o Rojava (donde las mujeres kurdas encabezaron una revolución que desembocó en el enfrentamiento de un territorio de libertad en una de las zonas más conflictivas del mundo). «La revolución se hace todos los días en contra de los revolucionarios especializados, una revolución sin nombre, como todo lo que brota de lo vivido, preparando, en la clandestinidad cotidiana de los gestos y los sueños, su coherencia explosiva».

En sus más de cincuenta obras, Vaneigem preserva, una y otra vez, su compromiso con la libertad, con la belleza, con la vida y lo vivo. De entro los numeroso títulos en castellano, destacamos: Banalidades de base, Trivialidades de base seguido de ‘Aviso a los civilizados con respecto a la autogestión generalizada’, Tratado del saber vivir para uso de las jóvenes generaciones, De la huelga salvaje a la autogestión revolucionaria, De la huelga salvaje a la autogestión generalizada, Por una internacional del género humano, Aviso a escolares y estudiantes, Aviso a los vivos sobre la muerte que los gobierna y la oportunidad de deshacerse de ella, Historia desenvuelta del surrealismo, Un cambio radical está a nuestro alcance, Nada es sagrado, todo se puede decir, Las Herejías, Elogio de la pereza refinada, La sociedad de la supervivencia, El Estado no es ya nada, seamos todo. Un cambio radical está a nuestro alcance. Respuestas a seis preguntas de Javier Urdanibia, Ni perdón ni talión. La cuestión de la impunidad en los crímenes contra la humanidad, Carta a mis hijos y a los hijos del mundo por venir, Llamado a la vida. Contra la tiranía del Estado y la mercancía, El libro de los placeres, Nada se resiste a la alegría de vivir y retorno a la vida, El movimiento del libre espíritu, Nada resiste a la alegría de vivir. Libre discurso sobre la libertad soberana y Abolir la depredación, volver a ser humano.