Por Esther Peñas
Tomando prestado el aliento de Miguel
Hernández, el escritor José Manuel Querol (Madrid, 1967) pespunta un libro
entreverado de lo académico, lo confidencial, lo político, lo íntimo, lo
personal, lo histórico, lo actual. Todo ello con un tono apasionado, por
momentos irónico, de vuelo lírico. Un ensayo que abre la posibilidad de un
diálogo común. No soy de un pueblo de bueyes (Trea).
¿Por qué tomar partido siempre por los que
pierden?
Es una decisión personal, casi una
actitud, y perdóname la expresión, romántica. Quien pierde no tiene control
sobre el relato, y está a merced del ganador, que lo impone, y por eso, porque
la imposición sobre la realidad es un abuso del yo triunfante, me causa
recelos, lo que, por otro lado, no le da a la interpretación de los que pierden
mayor fundamento, pero los hace más sólidos (porque su relato está cuestionado
siempre por el vencedor) a quien busca la empatía, que sabe de los enredos de
la soberbia y de la justificación de los horrores y duda por eso siempre de los
relatos hegemónicos. La realidad histórica es un laberinto en el que sólo hay
matices de grises y una insustancial sospecha en la que se entrelazan hechos,
documentos, arqueología y todos los demás eventos probatorios con las
intenciones, la finalidad del relato, la voz autoral y sus vivencias personales
además de otras muchas cosas. Es una decisión arbitraria porque la memoria
histórica está hecha con relatos inconstantes y parciales, experiencias,
narrativas familiares, historias tejidas con lecturas, prejuicios, contexto
social en el que vivimos en cada momento, ideología propia y heredada y miedos.
Por eso, la visión de los perdedores, aún siendo probablemente también
cuestionable, tiene algunos asideros en esos documentos y hechos que sí puedo
constatar, y no tiene la sospecha de la afirmación de una justificación de los
horrores que suele contener siempre el relato de los vencedores. Es verdad, el
relato de las víctimas tampoco es fiable, pero lo es más que el de los
victimarios.
Usted distingue memoria (con sus fugas —o
entropías—), algo más maleable, de la historia, una narración más certera.
Pero, ¿acaso la historia no la cuentan los vencedores? ¿Y qué hacemos con el
revisionismo histórico? ¿No deja de ser, la historia, una dama de compañía que
tiene un ratito para cada uno que quiera estar con ella?
La Historia no es más que un relato, pero
es un relato construido, si se hace honradamente, con los vestigios materiales
de los hechos, con el análisis de las consecuencias que estos tuvieron y con la
posibilidad que da el ser siempre escrita a posteriori de
facilitar un plano por el que deambular. Nada es fiable en la vida humana, por
supuesto, pero hay cosas que no pueden ser puestas en duda si aceptamos la
lógica y los hechos, los documentos y las fosas de los muertos que excavamos y,
sobre todo, el juicio del tiempo, que con ojos nuevos puede valorar los engaños
y argucias del relator de los hechos y sus aciertos también. La memoria es otra
cosa, mucho más complicada, y en la memoria se incardinan como en una función
matemática, la propia biografía de quien la ejercita, su carácter, sus
inclinaciones y convicciones, la memoria familiar y los relatos que le han sido
transmitidos por padres, abuelos, amigos, y que el sujeto incorpora a esa
memoria, lo estudiado en los libros, que depende del contexto social en el que
ese sujeto ha vivido, , el propio presente del individuo que modifica en virtud
de este su propio pasado y su memoria. En fin, muchas cosas, pero, además, la
memoria no necesita ser una ciencia, es emocional, y la Historia debe huir sin
embargo de las emociones. Sí, la Historia es esa dama que tú dices, es un
relato hecho por un hombre que tiene su propia memoria emocional, pero que
puede ser discutida, corregida o valorada por otras memorias personales y por
la materialidad de los documentos y los hechos que son el argumento donde debe
avalarse ese relato. La Historia la cuentan los vencedores, pero la Historia
tiene una vida más larga que la de los que contaron su relato, y es ese juego
de las generaciones contradiciendo o avalando los relatos previos lo que va
aquilatando el juicio del tiempo.
¿Cómo se reconoce la verdad?
Esta sí que es una pregunta difícil. A lo
más que podemos acercarnos, o eso creo, es a un compromiso, como el «baciyelmo»
de El Quijote, que es una bacía de barbero y también un yelmo, eso
ya lo sabía Cervantes, pero sí hay algunas cosas que permanecen incólumes ante
los relatos. Permanecen las fosas comunes, con sus esqueletos a los que la luz
del sol pone fecha y misericordia, permanecen las cárceles, permanecen las
actas de los juicios sumarísimos, permanecen las fortunas hechas con
latrocinios, permanecen muchos indicios que, al menos, pueden plantear una
hipótesis plausible sobre la verdad, que será como una pintura al fresco,
rápida, sin posibilidad de detalle, quizás, en la que luego pueden pensarse
múltiples correcciones a lo que el artista hizo, pero que sí permiten poder ser
consideradas un dibujo de esa verdad que queremos conocer, y sobre todo, el
tiempo, destructor de la soberbia de los hombres; cuando ya nada importe y
todos los que fueron fusilados y sus nietos, los que se enriquecieron y sus
nietos, los que se asociaron con ideas que el futuro dirá que son erróneas o
tuvieron sentido y sus nietos estén muertos, cuando ya nada de eso importe ni
haya quien pueda sentirse responsable de las barbaridades que hace el hombre,
quizás ese tiempo corrija a los historiadores y las memorias de los que se
acerquen a los tiempos en el que la humanidad se volvió loca e insensible, que
son casi todos los tiempos desde que la civilización se construyó, esta sí,
como una gran mentira para sobrevivir.
¿De qué depende que uno quede en paz con
sus mayores (su familia) cuando estos han sido próximos al mal (fascistas,
franquistas, caciques…)?
Pues no lo sé. Yo, por suerte, no tengo
que enfrentarme a esa pregunta en mi memoria familiar, o al menos, eso creo.
Quizás la pregunta deberías hacérsela a Cercas, que se ha enfrentado con ella,
y su respuesta es realmente ambigua, un ejercicio desesperado por vincularse al
relato familiar desvinculándose al mismo tiempo de él, pero no es un problema
moral. Nosotros no somos responsables de lo que hicieron nuestros abuelos.
Tengo amigos alemanes cuyos abuelos colaboraron con los nazis, fueron nazis,
pero ellos no tienen responsabilidad alguna por ello, la tienen por los actos y
la voluntad que empeñen en que un horror así no pueda volver a suceder, y
tienen también la responsabilidad de devolver aquellos frutos que su familia
obtuvo con el crimen, o al menos de intentar reparar con ellos el mal que se
hizo. No todos los fascistas tuvieron igual responsabilidad, los hubo asesinos,
corruptos, y que se libraron de pagar por sus crímenes, pero también hubo
hombres que se equivocaron, que se dejaron seducir porque tenían hambre, porque
tenían miedo, porque vivieron experiencias horribles que les lanzaron al otro
lado del terreno de juego, hay muchas causas por las que los hombres nos
equivocamos y acabamos ayudando al mal a vencer. Con los caciques tengo menos
dudas, en ellos el pecado es la soberbia y la avaricia, y eso sí es una
decisión personal y consciente, lo otro, la renacionalización del proletariado
que se ejerció como programa de ingeniería social en el nazismo, y que ahora
tiene también sus ejecutores, condena a los impulsores de este, pero creo que
el obrero, el campesino, el ama de casa a la que le inoculan el gen del odio, y
que puede constatar su miseria objetivamente, sólo son seres humanos que no
tienen el horizonte completo a la vista, que juzgan, quizás egoístamente, no lo
sé, en función de su desesperación y de sus anhelos, que necesitan que alguien
les confirme que el futuro será suyo, que el mañana les pertenece, y por eso,
engañados, acaban por hacerse franquistas o fascistas, colaboradores, no sé si
del todo conscientes, del mal.
Los nietos debemos entender, con buena
voluntad, que nuestros abuelos no fueron santos, como nosotros tampoco lo
somos, y que a ninguno se nos puede pedir el martirio por la humanidad. Debemos
aceptarlo, reconocer que el mundo es muy complejo y que, a toro pasado, todo
queda más claro, pero que en medio del combate nada es estable ni cierto, y
dejarlos en paz. Otra cosa es la que afecta a los nietos de los dirigentes, de
los criminales, de los asesinos, a ellos les diría que sí deben hacer público
que su memoria familiar está manchada de sangre y que ellos están dispuestos a
intentar reparar el daño, pero eso es una ingenuidad por mi parte. La soberbia
de clase, la presunción de que ellos están tocados por la divinidad y por la
Historia hace, salvo en contadas ocasiones, imposible la reparación. Con ellos
no se puede contar para nada.
Si la desmemoria, como usted apunta, es una
virtud, ¿eso que llevamos de ventaja respecto de la inteligencia artificial,
incapaz de ella..?
La desmemoria puede ser
una virtud, eso depende. Es verdad que al final la desmemoria triunfa siempre y
el mundo se convierte en un objeto muy diferente del que fue, pero mientras
dure el dolor, mientras el recuerdo sangre, la desmemoria es muy difícil. Es
verdad, los franceses ejercen una desmemoria muy particular, ensalzan una
resistencia que casi no existió, y la que existió fue cosa de comunistas y de
exiliados españoles en su mayor parte, y se olvidan del colaboracionismo, que
fue la norma. No sólo les pasa a ellos, les pasa a casi todos los pueblos que
se avergüenzan por una u otra razón de lo que hicieron (también aquí, en
España) y resuelven el relato como mejor conviene al tiempo en el que este se
redacta de nuevo. Pero sí, la desmemoria puede tener algún sentido si lo único
que se quiere es poder avanzar hacia el futuro cuando no puede resolverse con
consenso el pasado. Pero el hombre deshistorizado que pretendió la Unión
Soviética también fracasó porque nada que no se resuelve del todo acaba por
desaparecer, y cuando regresa a la memoria, además, lo hace desnaturalizado,
tergiversado, y ofrece otro relato falso y consecuencias presentes. El pasado
no puede condicionar el presente, pero lo hace, y lo hace por esa necesidad
soberbia de épica de los pueblos y por esa condición mítica que les impide
reconocerse como humanos, falibles, obligándonos a todos a construir relatos en
conflicto con los hechos, a establecer un modelo mítico de la Historia, y no
político, no digamos simplemente humano.
No debemos equivocarnos, la inteligencia
artificial tiene una memoria selectiva, y esa es la del programador, Las
bibliotecas tienen mejor memoria porque, en cierto sentido, acogen multitud de
programadores, cada uno con su propia memoria, pero la inteligencia artificial
comete errores, unos forzados y otros no, pero los comete, y su juicio es
ideológico, lo que es normal, pero quiere venderse como verdad absoluta, como
si fuera el pensamiento de un extraterrestre al que le da igual lo que pensemos
sobre un hecho y él sólo relatase verdades, y no es cierto, la inteligencia
artificial es un instrumento humano, y posee todas las virtudes y todos los
defectos del humano que la crea, y por el momento, sus creadores son muy poco
fiables, observan una finalidad que da hasta miedo. Cui prodest?
¿Hasta qué punto los mitos patrios
(Pelayo, Blas de Lezo, santa Teresa, Verdaguer, Ibn Arabi…) conforman el sujeto
común? Y el individuo, ¿necesita también de sus propios mitos para construir su
identidad?
Los mitos quieren ser el
alma de ese sujeto común, pero ninguno alcanza esa categoría, de hecho, tengo
mis dudas de que ese «sujeto común» exista. Los héroes forman parte de una
arquitectura que no va más allá de 1780, cuando empiezan a pensarse en serio
los nacionalismos, y son usados en función de generar un tipo de relato u otro
que aglutine al pueblo como una unidad que, de hecho, no existe. Es verdad que
antes también se fueron forjando mitos, y la iglesia participó activamente en
su construcción con un interés más general, si se quiere, pero igualmente
político (piensa en Jiménez de la Rada y Castilla). Los mitos que mencionas son
la intensión semántica y política de diferentes intereses económicos y de
dominio mucho tiempo después de que todos ellos murieran, y su relato es
espurio, no tiene nada que ver con ellos mismos. No sabemos quién fue Pelayo,
dudamos de si la batalla de Covadonga fue batalla, escaramuza o simplemente una
invención. ¿Pelayo formaba parte de la corte de Toledo afín al rey Rodrígo o
fue un héroe plenamente asturiano? Quizás Pelayo es el mito más cercano que
tenemos al rey Arturo britano, pero lo construyeron con la idea de servir a la
unidad cristiana primero, y luego como símbolo intensional de la unidad de
España, de sus orígenes, como Blas de Lezo, un ilustre marino, sí, y un
guerrero terrible, pero no podemos atribuirle la unidad de España per
se como anda haciendo últimamente la ultraderecha. Hay mitos más locales,
nacionalistas, que han ido construyendo mitologías soberanistas alternativas a
la de España, como las del nacionalismo vasco, con sus gudaris, las del
catalán, como Rafael Casanova, o los de una Andalucía soñada, inventada, como
decía Gil Benumeya, y todos ellos, si uno rasca en sus vidas, nos muestran
seres humanos que actuaban movidos por los vientos de la Historia, no eran
mitos, eran hombres, sólo hombres. El nacionalismo es una lacra, sea este cual
sea, pero necesita de relatos y de héroes, necesita una épica pura y mística y
construye ejemplos, como el Cid o Jaime I, Roger de Flor, el que sea, para
reunir en torno a ellos un esfuerzo que es futuro, no es el esfuerzo de
aquellos hombres.
Los individuos hacemos algo parecido con
nuestra genealogía familiar o nuestras querencias políticas, incluso
deportivas, futbolísticas (ese mito de los once aldeanos ganando un mundial que
tan bien explica Pablo Batalla en Los nuevos odres del nacionalismo
español), pero, si uno lo piensa bien, no los necesitamos. Uno puede
apoyarse en un referente moral, ético, que guie sus pensamientos y sus
acciones, pero mitificar al personaje es despojarle de su sentido humano, y se
traiciona así incluso todo lo bueno que podía ofrecer a quien le admira. La
santificación es un pecado patrio, tanto como la demonización, y se ejerce
individual y colectivamente sin medida alguna, lo que siempre es muy peligroso
y, sobre todo, genera una realidad falsa.
La «memoria de un fracaso», como califica
la Guerra Civil, ¿es más útil o más auténtica que otro tipo de memorias?
¿Hay alguna guerra civil que no sea un
fracaso? ¿Hay alguna guerra que no lo sea? Decía Clausewitz que la guerra es la
continuación de la política por otros medios, y la guerra se puede ganar o se
puede perder, pero siempre será un fracaso. Eso lo entendieron también muchos
de nuestros intelectuales en la postguerra, incluso aquellos que habían estado
en el bando franquista, piensa en esa «poesía desarraigada», sólo los idiotas
hacían sonetos al Imperio español y los publicaban luego en revistas como Garcilaso o Arbor.
La utilidad o no de la memoria sobre la Guerra Civil tiene que ver precisamente
con eso, con su consideración universal como fracaso, sólo algunos con
intereses muy personales o de clase se atreven a establecer discursos
triunfalistas y a darle una dimensión de necesidad histórica vital, algo que
últimamente escucho de vez en cuando con demasiada alegría. Una memoria que
conciba la guerra civil como una necesidad histórica, como una consecuencia de
los peligros que España sufría en aquella época, como el resultado de la
necesidad de salvar a la patria es una memoria fraudulenta, y peligrosa.
¿Por qué «no hay pueblo pacífico»? ¿El
héroe, cualquiera, tiene tras de sí un reguero de sangre?
Porque no lo hay, las comunidades humanas
son grupos depredadores siempre. Cuando los nazis inventaron aquello del
«espacio vital» no estaban inventando nada nuevo, sino siguiendo los patrones
que estaban perfectamente integrados en la Historia de los pueblos. ¿No fue un
depredador el Imperio Británico? ¿No lo fue el español? Y si quieres, nos
remontamos a Gengis Khan, a Roma, a Persia o a quien quieras. ¿No es un pueblo
depredador el del «Destino Manifiesto»? Todos ellos comparten con los nazis eso
del espacio vital, y para asegurárselo deben quitárselo a otros, someterlos,
esclavizarlos. Es parte de nuestra naturaleza, los antropólogos han encontrado
alguna tribu aislada que parece no poseer ese gen, pero ni siquiera están
seguros de que sea así. Hay que aceptarlo, para que un europeo o un
norteamericano pueda cambiarse de coche cada cuatro años deben esclavizarse
siete habitantes de eso que llaman «tercer mundo», y el capitalismo es quizás
su instrumento contemporáneo ahora que no es tan fácil, al menos para los
europeos (no así para los norteamericanos), invadir países y privarlos de sus
recursos. Y para ejercer el supuesto derecho al espacio vital hay que
sacrificar hombres, soldados, y hay que ofrecerles héroes que participen de esa
característica general de toda la épica indoeuropea, el «pathos», el sacrificio
del héroe por el pueblo, como Beowulf, como Rolland, como Rodrigo Díaz de Vivar
o Eloy Gonzalo, que además se asimila al héroe que nace del propio pueblo, como
Daoiz o Velarde, Manuela Malasaña y hasta María Pita. Todos muertos con las
manos ensangrentadas.
Usted nos comparte alguna fotografía
personal. ¿Qué hemos perdido al capitular con los teléfonos y llevarlas en
ellos, pero no tenerlas al alcance de la vista, reveladas?
Pues no lo sé, supongo que este es un cambio
de hábito que puede afectarnos, pero, por otro lado, también llevamos todos
nuestros recuerdos en el bolsillo, los compartimos con otros en el parque o en
el bar. Las fotografías son, en cierto sentido, la prueba de que hemos vivido,
la prueba de haber estado en lugares, de haber brindado con otros o haber
estado en la presentación de un libro con nuestro escritor preferido. Antes
había que pensárselo para hacer una foto, era costoso y arduo. Había que
comprar la cámara, llevarla, revelar las fotos que tenían un precio, ahora sólo
hay que pagar un buen móvil con cámara y lanzarse a una orgía de recuerdos
desordenados que nos siguen allá donde vamos. Lo que sí es cierto es que son
importantes por eso que te digo, prueban que hemos vivido, lo prueban a los
demás y nos lo prueban a nosotros mismos. El instrumento que usamos es sólo
coyuntural, tiene ventajas e inconvenientes, pero es accesorio.
La postmodernidad, ¿también nos legará sus
propias leyendas?
Todo tiempo genera sus relatos, sus
referentes, sus héroes y sus villanos. La postmodernidad querrá competir con
otros tiempos y alegará con Warhol, con Lyotard, con Kundera, y alguno de ellos
permanecerá en la memoria de la Historia, pero yo creo que la postmodernidad es
tan frágil como leve es el individuo de Kundera, y los Laclau, Agamben o el
divertido Žižek creo que tendrán un papel muy secundario en la narración de
este tiempo, sin con ello querer empequeñecer su obra, sino por el manoseo y
manipulación continua que de ellos hace el rebaño universitario.
Hay quien dice que la postmodernidad ya ha
pasado, y que ahora habitamos un neobarroco cansado, y puede que tenga razón
quien piensa así. La Escuela de Frankfurt se empeña en querer rescatar una
Ilustración de la que reniega el pueblo después de que los sistemas educativos
lo hayan convertido en otro rebaño de ovejas, El pensiero dévole no
quiere tirar al niño con el agua de la bañera, pero no pasa de hacer análisis,
ciertos pero inútiles, del mundo en el que vivimos. De la tercera escuela de la
postmodernidad, sin embargo, me parece que tendremos que seguir teniendo
noticias, los pensadores de la decadencia; es como si Nietzsche, el peor
Nietzsche, se hiciera omnipresente y quisiera arrasar con la Ilustración y
generar un iluminismo político y cultural que a mí me asusta, lo que no sé es
en qué se transformara este pequeño monstruo, si en león o en niño. Spengler y
su progenie están al acecho para desbaratar el mundo en el que llevo viviendo
60 años.
¿Qué papel cumple, si es que se le reserva
alguno, lo sagrado en nuestras sociedades?
No sé si esta pregunta debo intentar
responderla pensando en la creencia o en la estética. Lo sagrado, creo yo,
forma parte connatural de nosotros y de la cultura, es una forma simbólica para
entender el mundo, y es difícil, además, prescindir de ello, porque los seres
humanos necesitamos de estructuras simbólicas entrelazadas para poder entender
la naturaleza, nuestra cultura, la biografía de cada cual, y la política debe estar
armonizada con la religión tanto como con la economía. Si el capitalismo es
luterano, y el luterano es capitalista, es por algo, pero creo que esta no es
la respuesta. Yo estoy de acuerdo con Trías y su filosofía del Límite, él
piensa que los seres humanos habitamos en el límite entre la materialidad y lo
invisible, lo misterioso, y por eso necesitamos de ambas dimensiones. El
problema es la estetización del mundo y de nuestras vidas. He oído decir que la
espiritualidad repunta porque Rosalía ha hecho una mala canción, como casi
siempre, o porque una directora muy moderna ha hecho una película sobre querer
ser monja e ir a misa los domingos. Eso no tiene nada que ver con lo sagrado,
ni siquiera con la espiritualidad, sino con una moda para pijas con título
nobiliario o con ganas de que las crean Madonna (a Madonna le pasa lo mismo).
Me encantaría ver a esos «nuevos» creyentes pasando un año en un monasterio de
Soria o en una misión en Burundi, y luego podríamos quizás ponernos a pensar
sobre ello. Porque ese ejemplo, que no pasa de ser una banalidad más, es el
modo en el que en esta modernidad se expresa, a través de la estetización del
mundo, su emocionalidad, a través de una experiencia performativa de una
ciudadanía en shock, como la describía Benjamin. Una performance no es la
realidad, y parece que eso debemos aprenderlo de nuevo, vivimos en un universo
virtual donde la vida no es vivida como tal, sino como una serie de Netflix,
que luego, apagado el televisor, vuelve y es otra cosa. Lo sagrado pertenece al
ser humano desde el principio y permanecerá siempre con él, como el misterio de
todo aquello que ama, teme y duda el ser humano, y forma parte de su universo
simbólico, forma parte de él, pero con lo sagrado hemos terminado haciendo lo
que también quieren hacer y hacen con la ciencia, con el lenguaje (proceso de
semiotización primario, lo llamaba Lotman), o el arte, formas simbólicas
también, como las llamaba Cassirer, convertirlas en una performance estética
que de dinero. Capitalismo antropológico.
Que en España, en su decir, no haya
liberales, ¿qué explica? ¿Y por qué hay tantos que se reclaman de tal linaje?
Supongo que eso le da una pátina de
modernidad, de europeidad. Aquí no hay liberales, salvo muy pequeñas
excepciones. No hubo Revolución Francesa, echamos a Napoleón a navajazos y
exiliamos a los bonapartistas, y los únicos franceses que nos cayeron bien
fueron los Cien Mil Hijos de San Luis, que vinieron a sostener el absolutismo
de Fernando VII. Pero, al margen de ese argumento histórico, aquí lo que
siempre triunfó fue (y es) la sociedad tradicional, expresada políticamente en
el carlismo y el tradicionalismo. Hay muchos carlismos, pero todos comparten
ese odio por el mundo liberal, sea el tradicionalismo casposo que apoyó a
Franco, sea el carlismo confederal del pacto dinastía-pueblo evolucionado en
autonomismos, soberanismos o independentismos de derechas o izquierdas, que
tienen su raíz también en los modelos en evolución divergente del carlismo
durante el siglo XX. Los supuestos liberales madrileños no se someten a lógica
alguna de mercado, y no pueden atribuirse éxito o fracaso alguno de sus
empresas, porque son sostenidos por redes clientelares o familiares, y los
partidos españoles que dicen tener una filiación liberal son quizás los que
confunden esta con un caciquismo férreo que procede de esos elementos carlistas
más reaccionarios. Es muy difícil explicarlo en unos párrafos, creo que me
salió mejor en el capítulo que dediqué a ello en No soy de un pueblo de
bueyes, pero lo intento. La izquierda autonómica, soberanista o
independentista, participa de los mismos elementos de la filosofía política del
carlismo que se renovó leyendo a Franz Fanon y rezando con la Teología de la
Liberación. Unamuno, antes de todo esto, ya lo expresaba muy bien y se adhería
a esa constitución “confederal” que ahora se permite hablar de colonialismo
interior o de revisión continua de las relaciones entre las partes del estado,
nombrándola como «autodeterminación», de una gestión compartida entre un poder
descentralizado y el pueblo que puede autogestionarse considerando sus diversas
tradiciones históricas. Ser liberal es estar caminado por un alambre sin red
confiando en que el éxito en los negocios nos ponga en la lista de los salvados
por Dios, y aquí el estado y los supuestos gurús del liberalismo de derechas
ofrecen a los suyos una red fuerte y sólida. Nadie ha entendido qué es ser
liberal en España porque nunca lo hemos probado, lo cual no es ni bueno ni
malo, el liberalismo tiene ese regusto luterano que a mí se me hace difícil de
aceptar, además, el liberalismo del XIX también ha mutado durante el siglo XX y
XXI en un leviatán horrible que arrasa en el mundo, incluso, curiosamente, en
España, donde en la psicología política y emocional, que no en las instituciones
y en el mundo laboral, permite verdaderos absurdos incluso en los individuos
que lo defienden.
Hay dos figuras literarias que sirven de
eje a nuestra historia, el pícaro (género que inventamos) y el Quijote. ¿De qué
depende que caigamos de uno u otro lado?
Yo creo que todos los seres humanos
transitamos siempre por ambos arquetipos, en un sentido, en otro, nos movemos
siempre en una línea de dirección o en la otra sin ser plenamente conscientes
de ello nunca. El propio Cervantes aclara al final que ambos modos de percibir
la realidad se complementan y son necesarios, y lo hace en el lecho de muerte
de Don Quijote, cuando Sancho le ruega que no se muera. Don Quijote, ya cuerdo
y recuperado como Alonso Quijano, le pide perdón a Sancho por haberle hecho
parecer loco como él, y le pide disculpas por haberle contagiado el error de
creer en caballeros andantes. Sancho, llorando, le ruega que viva y que no se
deje morir por la melancolía. Alonso Quijano reconoce su error y rechaza los
libros de caballerías por los que antes se desvivía, llamándolos «mentiras y
disparates». En sus últimos momentos, pide perdón a su fiel escudero por
arrastrarlo a sus fantasías, pero Sancho, con gran lealtad, le responde que no
ha sufrido, sino que ha disfrutado acompañándolo, y le suplica que vivan muchos
años más. No, no hay que dejarse atrapar por la melancolía, y aún quedan
ínsulas que gobernar y castillos con damas a las que rescatar, aunque el
castellano sea un tabernero de una venta y los ejércitos rebaños. Eso importa
menos que el juego que nos permite vivir, pero también hay que procurarse un
buen zurrón donde la ambrosía sea un buen queso y el bálsamo de Fierabrás venga
recetado por un médico.
Los españoles no somos más Quijotes que
Sanchos ni más Sanchos que Quijotes, eso es un mito interesado, o eso creo yo.
Somos como los demás pueblos de la tierra, soñadores que se dan de bruces con
la realidad, con la violencia, el hambre y la injusticia, y realistas como los
pícaros, que buscamos hacernos ricos con los cohechos y prevaricaciones que
podamos cometer, pero que viajamos hasta nuestra Ínsula en un caballo de madera
que vuela.
En un mundo globalizado (en el espacio y
en el tiempo), ¿resulta más arduo el sentimiento de pertenencia? ¿Cómo
deslindar ese ser parte de los nacionalismos chatos?
No sé cómo deslindarlo, lo que sé es que
los nacionalismos que hoy sufrimos son consecuencia de la globalización, de
esta segunda fase que ahoga a los individuos que, refugiándose, buscan el
terruño para protegerse de ese leviatán que antes mencionaba y que los quiere
disolver en ácido. El fascismo y el nacionalismo anejo nacen del diálogo
enfrentado entre las élites globales y las élites locales, que discuten por la
posesión de los bienes y de los individuos. La reacción de las élites locales
es de defensa, y la defensa es la creación de diferentes nacionalismos que
sueñan que nos protegen con los mitos, inventan enemigos internos o externos y
nos venden una gloria que no es real. De nuevo un modelo virtual, como digo, no
real, de reacción.
Es verdad que el sentimiento de
pertenencia es un refugio cuando fuera arrecia el viento y la lluvia que cala,
y esa pertenencia puede tener muchos modos de ser, pero todos nos cobijan en un
grupo humano, que puede ser una nación, una secta gnóstica o un equipo de
futbol, eso es lo de menos. El hombre deshabitado, el hombre en soledad debe
ser tremendamente fuerte para afrontar la realidad, y eso es muy difícil, pero
¿por qué hemos de limitar la pertenencia? Las fronteras, como las religiones, son
creaciones humanas, no realidades externas que las hayan puesto los dioses como
límites al ser. Siempre es posible enfrentar esa orfandad, esa
soledad, con otras categorías que no sean restrictivas, que no sean modelos de
oposición estructuralista excluyente. A mí se me ocurre la fraternidad, que no
limita, que no excluye, y que nos reúne a la especie humana si es capaz de
entenderla como defensa ante la soledad del mundo y sus peligros.
0 Comentarios
Comentarios con educación y libertad