Patio de los leones, Guadalajara. Foto del Ayuntamiento.


Muchos de ustedes estarán pensando que me he equivocado, pero no es así: en Guadalajara tenemos un Patio de los Leones, en el Palacio del Infantado,  el monumento más importante y característico de la ciudad, su seña de identidad. También existe otro en Granada, ciudad maravillosa con un patio igualmente extraordinario, pero yo vengo a hablarles del que se encuentra en la Alcarria. No posee la fama del andaluz, pero guarda un secreto que suele pasar desapercibido. Ninguno de sus cuarenta y ocho leones es igual a otro. Para entender el porqué, hay que hablar de quienes mandaron construir este palacio: los Mendoza.

Los Mendoza se asientan en Guadalajara en el siglo XIV, provenientes del extremo de la llanada alavesa, muy cerca de Vitoria. Ya entonces, según sus relatos, pretendían ser descendientes del mismo Cid Campeador por nupcias de una de sus hijas y desarrollaron una compleja estrategia de representación destinada a consolidar su posición dentro de la nobleza castellana. Adquirieron bienes y aumentaron sus posesiones en tierras alcarreñas, acumularon títulos nobiliarios y privilegios que fueron acompañados por la elaboración de un lenguaje visual propio, presente en escudos, edificios, programas ornamentales y objetos de prestigio. Y se construyeron un palacio, el del Infantado. Un cronista de la época relata que para ostentación de su grandeza, el tercer duque tenía una casa donde criaban leones, tigres, onzas y otros fieros animales.

Dentro del universo visual mendocino destacan dos motivos iconográficos recurrentes: el león y el grifo. Lejos de constituir simples elementos decorativos o heráldicos, estas representaciones desempeñaron un papel fundamental en la construcción y legitimación de la imagen pública del linaje. Según el contexto en el que aparecía, el animal transmitía un aspecto distinto de la identidad de la familia. En un escudo, en una balaustrada o en el artesonado de sus salas, el león evocaba la masculinidad y la hegemonía nobiliaria de la corona como un símbolo regio; también representaba el valor, la fortaleza y la capacidad militar como virtudes caballerescas, así como la protección del territorio y de sus habitantes y de la memoria familiar.

El grifo reúne muchas de las virtudes asociadas al león, poderoso en la tierra, y las complementa con cualidades tradicionalmente vinculadas al águila: su excepcional visión desde el cielo sobre el territorio y la elevación espiritual. El mensaje es claro para todo aquel que los contempla: los Mendoza no eran solo poderosos, sino, guardianes, protectores y seres extraordinarios.



Detalle de los leones - Patio de los leones. Foto de la autora.

La elección de estos símbolos no fue casual, pues constituyen un eficaz instrumento de propaganda visual en la representación de su prestigio porque aunque los Mendoza desaparecieron como fuerza política dominante, estas representaciones continúan configurando la identidad visual y patrimonial de la familia en Guadalajara.

¿Qué planes tienen para los próximos días? Les propongo un ejercicio de investigación. Emulen a Sherlock Holmes observando las cuarenta y ocho figuras de leones que custodian el patio. El mismo número de grifos; sin embargo, estos últimos son todos iguales. Los leones, situados en la planta baja del patio, enfrentados por parejas y sujetando tolvas de molino, son todos diferentes. Observen con calma sus melenas, sus expresiones, sus posturas e incluso esos pequeños detalles anatómicos que suelen pasar desapercibidos en una primera visita. Levanten la vista mientras recorren el patio y descubrirán que no están rodeados únicamente de leones. En la planta superior les esperan los grifos.

Y, si superan este reto, les propongo otro: busquen, entre la decoración vegetal de las galerías, un caracol, un camaleón o una rana. Como pista les diré que se esconden entre la hojarasca.



Detalle de león - Patio de los leones. Foto del ayuntamiento.


Una curiosidad más. Si los Mendoza utilizaron la imagen del león para proyectar su poder y su autoridad, el escultor Egas Cueman reforzó aún más ese mensaje acentuando su masculinidad. Es un detalle que solo descubre quien se detiene a observarlos con atención.

Podría hablarles de Juan Guas, autor de sus trazas; de que el palacio comenzó a levantarse hacia el 1480 sobre la antigua casa de los Mendoza; de su magnífica arquitectura tardogótica; de las bodas reales que acogió, como las de Felipe II e Isabel de Valois o Felipe V e Isabel de Farnesio; o del bombardeo que sufrió en 1936. Pero eso prefiero que se lo cuenten los magníficos guías de la ciudad, quienes les mostrarán los secretos de una Guadalajara por descubrir.


Palacio del Infantado - Foto del Ayuntamiento


Comiencen el recorrido por el Palacio –que en la actualidad alberga el Museo Provincial con dos exposiciones permanentes– y por sus jardines, que hablan de su pasado esplendoroso. Es un monumento que trasciende su condición de residencia aristocrática para convertirse en un espacio concebido para comunicar poder mediante imágenes y símbolos. Entre ellos, ninguno resulta tan poderoso como los leones de su patio. No sé ustedes, pero yo, cada vez que cruzo la monumental puerta, escucho cuarenta y ocho rugidos distintos.







María Tello. Historiadora del Arte y escritora, es colaboradora en el periódico Nueva Alcarria con su sección mensual «El camino de la esperanza» y en el suplemento «Pueblo a Pueblo», así como en la columna «El caballo de Nietzsche» de eldiario.es. Sus dos novelas El Diario de Etna (2021), y Cómo sobrevivir a Gato Blanco (2024), forman parte de su proyecto de vida de defensa de los derechos de los animales a través del arte y la literatura.