Lucía Solla Sobral, Comerás flores, Libros del Asteroide, 2025.
La primera novela de Lucía Solla Sobral,
celebrada con unanimidad inusual, aborda el maltrato psicológico con didactismo
de manual en un pacto narrativo confuso. Un híbrido que la industria editorial
ha convertido en fórmula.
Comerás flores, la primera novela de Lucía Solla Sobral (Marín, 1989), ha vendido más de cien mil ejemplares, va por la vigésima edición y ha obtenido los premios Cálamo y El Ojo Crítico de Narrativa. Berna González Harbour la llamó «un libro armónico, pleno» en Babelia; Jordi Amat dijo en El País que le entusiasmó; Paco Cerdà y Laura Fernández se sumaron al elogio.
La novela cuenta la historia de Marina, una joven recién licenciada que, en pleno duelo por la muerte de su padre, se enamora de Jaime, un hombre veinte años mayor, rico, encantador, que en pocos meses la aísla, la mina, la consume. Su tema es importante: el maltrato psicológico, la llamada violencia de baja intensidad. Su intención es legítima: visibilizar una forma de daño que rara vez cuenta en las estadísticas. Pero lo cierto es que el libro no consigue estar a la altura de su asunto.
Lo primero que sorprende en Comerás flores es lo poco que se confía en su lectora (¿o lector?). Jaime no es un personaje, es un tipo: el seductor maduro, el «empresario de éxito», el dueño del piso sofisticado, el hombre que regala flores después del silencio. Lleva en la frente, desde la primera escena, el cartel de maltratador-de-manual. No hay opacidad, no hay ambigüedad, no hay esa zona oscura en la que el lector tendría que decidir si lo que es seducción o es ya abuso. El bombardeo amoroso, el aislamiento progresivo, las recompensas intermitentes, el silencio como castigo son todas entradas del esquema clínico de la violencia psicológica. Y la autora ha contado en entrevistas que trabajó con un psicólogo para documentar el patrón. Pues se nota. Demasiado.
La psicoeducación es una cosa y la literatura es otra. Cuando un libro reproduce con tanta fidelidad el esquema clínico, lo que ofrece no es conocimiento, sino identificación: la lectora encuentra en la página lo que ya conocía de su vida, asiente, se conmueve por la confirmación. Esa es, de hecho, la mecánica que celebran muchas reseñas: «pocas mujeres no se reconocerán en esta historia», se repite. Pero la literatura que merece ese nombre no confirma lo que el lector ya sabe: lo desordena. No repite con palabras más bonitas: lleva a un sitio donde lo conocido se vuelve insuficiente. Comerás flores hace lo contrario: su éxito se sostiene en la promesa de un espejo cómodo.
La prosa, que las contracubiertas describen como una oscilación entre lo lírico y lo crudo, resulta en la práctica bonita y previsible. El monólogo de Marina avanza por una sentimentalidad sin escorzo, donde cada signo de Jaime se traduce de inmediato a su correlato clínico. La novela responde a una pulsión melodramática, la de hacer transparente un mundo cuyos significados morales se han vuelto opacos. Pero esa pulsión, cuando opera sin matiz, no aclara nada: le indica al lector cómo debe sentirse en cada escena.
Conviene distinguir tres cosas que la conversación pública mezcla. La no ficción asume su pacto referencial: lo que cuenta ocurrió, y el lector puede pedirle cuentas a la verdad. Pensemos en El año del pensamiento mágico, de Joan Didion, o en El acontecimiento, de Annie Ernaux. La autoficción, en cambio, juega con un yo poroso: el nombre del autor aparece en el personaje, los hechos se mezclan con la invención, y la operación literaria consiste en hacer visible esa porosidad. Serge Doubrovsky, que acuñó el término, lo entendía así: no se trata de confesar, sino de pensar el yo como artificio. Hay una tercera cosa, que no es ninguna de las dos y que en los últimos años ha proliferado en el mercado: el uso de la maquinaria de la ficción para vehicular una confesión, sin asumir los riesgos de la no ficción ni la rigurosidad formal de la autoficción. Se cambian los nombres, se llama «Marina» a quien fue una y «Jaime» a quien fue otro, se reclama la libertad del novelista cuando se le piden cuentas y la autoridad del testimonio cuando se quiere ser creída. Es una posición sin coste. La llamaré, para entendernos, exhibición.
Comerás flores es un libro de exhibición, no por mala fe, sino porque la industria editorial española ha hecho de ese híbrido una fórmula. La novela se presenta como ficción, pero la propia autora ha explicado en entrevistas que la relación entre Marina y Jaime es «una suma de experiencias propias y de vivencias» de mujeres cercanas. Y los agradecimientos, en el cierre del libro, dejan poco margen a la duda: lo que se presentaba como invención se redescribe, en la última página, como vida. Ese gesto, repetido en distintos paratextos, invita a leer el libro como una crónica de un caso real, lo cual le añade una espesura emocional que el texto, por sí solo, no habría conseguido. Es un mecanismo eficaz, de gran rendimiento comercial y espinoso para la
crítica. Porque obliga a quien quiera discutir el libro a moverse con pies de plomo: criticar la novela parece criticar la experiencia. Pero no lo es. Una mala novela sobre el
maltrato no es una traición a las mujeres maltratadas: es una mala novela.
La unanimidad de la crítica española se explica por la convergencia de tres factores: el tema importa y nadie quiere parecer el reseñista que llegó tarde al feminismo, la industria ha aprendido a empaquetar la experiencia femenina del daño como producto, y hay un público lector joven que busca en estos libros una forma de elaboración colectiva que la crítica ha decidido no entorpecer. Las tres cosas son comprensibles. Ninguna justifica que dejemos de hacer crítica.
Lo que esta novela no logra, otras lo han logrado con la misma materia. Annie Ernaux trabaja desde hace cuarenta años el archivo de su experiencia, el aborto clandestino, la pasión, la vergüenza de clase, y no hay en su escritura confesión. Lucia Berlin escribió cuentos abiertamente autobiográficos sobre el alcoholismo, los maridos, los hijos, los trabajos precarios, y nadie la lee como caso clínico. En ambas hay realidad, mucha realidad. Pero esa realidad se ha elaborado con una mirada construida, con una elección de forma, con distancia. El lector no recibe un mensaje: recibe un mundo. Esa es la línea que separa la literatura del testimonio disfrazado, y es una línea que se cruza en la página.
Las mujeres que han sufrido maltrato psicológico (y son pocas las que no) merecen libros que las miren con seriedad. Merecen una literatura que no se conforme con el reconocimiento, que les ofrezca una mirada más fina, más rara, más exigente sobre la propia experiencia. La compasión es necesaria, pero no basta. No por sí misma. Y cuando el mercado decide que basta, que basta el tema, basta la honestidad, basta la valentía de contar, las que pierden son –sobre todo– las lectoras a las que el libro decía dirigirse. Porque salen del libro con el espejo intacto, y eso, también, es parte del problema.
SANDRA CAULA es escritora, traductora y editora. Es profesora en Fuentetaja (Madrid) y en proximaescritura.com. Filósofa de formación, ha traducido a Truman Capote, Antoine de Saint-Exupéry y David Grann, entre otros. Su primera novela, Gramática sensible (Editorial Alfa, 2025), obtuvo el XXIII Premio Anual Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana (Caracas). Colabora en eldiario.es, El País, The New York Times y Ethic.
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