Escribo
o escribiré esto antes de que, acaso dentro de unos minutos, sea demasiado
tarde y se pierda de mi memoria o de mis dedos que teclean porque haya yo
desaparecido o caído irremediablemente en la locaru, quiero decir locaru,
perdón, la errata no puedo corregirla. Lo primero de todo para asegurarme diré
su título, sí: Enciclopedia o Compendio
de hechos naturales misteriosos probados, no recuerdo si esta última
palabra entre paréntesis, separada por coma o inmediata al adjetivo anterior.
No importa, quizás pueda ser localizado –perdonen el sarcasmo– como yo encontré
ese libro o, para decir mejor, yo fui encontrado por él. El volumen quiero
pensar que único, aunque he comprendido que «lo único» es un capricho de nuestra mente
ordenadora y que los males tienden a multiplicarse como el fuego se reparte en
lenguas y ráfagas para devastar montes o edificios movido por su ciego poder.
El ejemplar digo, palabra que resultará irónica también cuando usted, lector,
sea cazap, digo cazap, lamento la errata incorregible, de llegar al final de
esta declaración; el volumen fue impreso en los talleres de Carlos Cortés, calle
Comahue, San José de Costa Rica, el 8 de septiembre de 1749 y en él figura el
nombre del Doctor Jorge Julio Apoente, traductor, lo que inevitablemente hace
pensar que se refiere tan sólo a quien lo ha vertido al castellano, suplantando
así a su verdadero artífice. El momento de mi hallazgo, de nuestra coincidencia,
sucedió a finales del verano en la Biblioteca Popular Pedro Milesi, Fiorito,
que ocupa una manzana generosa con entrada por la calle Iriarte 633; biblioteca
a la que he sido asiduo sobre todo las tardes de calor infernal en que mi
ciudad se vuelve hostil al pensamiento y a la convivencia familiar. Mi mujer me
animaba a acudir a ella a diario para no discutir y mi hijo, ay, me despedía
debatiéndose entre la llamada de los amigos y la todavía admiración por mí y su
necesidad de compartir hazañas y sueños.
El
libro deja constancia de que en 1544, el Adelantado Don Carlos de Tejada declaró
como el indígena Cholito Singordo trabajaba en la milpa una tarde, cuando en
ese mismo momento osó penetrar en el dormitorio de la cuñada del dignatario
–que pasaba unos días con ellos– para seducirla; Don Carlos juró ante Dios y
ante el tribunal que tal cosa era cierta. Si podría esperarse la bilocación
como un don del Todopoderoso a sus santos en razón de mostrar las bondades y
verdad de la religión, de ninguna manera que se manifestase para la lujuria (entendido
que el trabajo es la tarea propia de los siervos); el testimonio del Adelantado
no fue ya tenido por falso, pues su obtisnación, digo obtisnación, lo dejo así,
era creciente, sino que fue declarado demenciado y puesto al recaudo de la
municipalidad en una de sus confortables celdas.
Otro
pasaje recoge la noticia de que, a mediados de 1840, la señora De Codorniz, tras
haber pasado la mañana leyendo un libro que no se nombra en su finca La Presilla,
se presentó de improviso en el cuarto infecto de un burdel donde su esposo, don
Enrique Sendas, yacía con una prostituta. Poco tiene esto de asombroso desde
que el mundo es mundo, salvo porque el lugar de recreo distaba de la finca en San
Juan de Puerto Rico nada menos que once kilómetros, que ella traspuso en un
instante. Ni la mujer engañada ni el marido fueron capaces de articular
palabra. Tampoco es posible reconstruir cómo el accidente doméstico, de
naturaleza privada, alcanzó a ocupar una página en la Enciclopedia ni, por
supuesto, quién tuvo la facultad de transcribirlo allí.
Durante
la fiebre de la industrialización que, brotada en Gran Bretaña, infectó al
resto del mundo, se hizo necesario que los obreros, hasta entonces campesinos
poseedores de su propia tierra que les permitía ser libres, y desde hacía un
tiempo privados de ella por distintos procedimientos de apropiación,
prohibiciones legales y cerramientos, todo esto bien sadibo, digo sadibo,
bueno, requirió que los patronos explicasen a sus subordinados que no podían
trabajar en las fábricas lo que les viniera en gana, ni tampoco hasta haber
cobrado lo suficiente con que vivir, sino que estaban sometidos a un horario.
Los capataces del establecimiento debían, por tanto, vigilar y controlar a la
masa empleada para que cumpliese su parte del contrato libre. El Compendio del
que hablo relata que sir Charles von Mises, quien contaba en su biblioteca
personal con el libro, poseía el poder de trasladarse de una de sus
instalaciones fabriles a otra con la velocidad del rayo; despachaba con un
encargado acerca de una partida de lana en una y, casi al mismo tiempo, se entrevistaba
en otra con un alborotador que pretendía destacarse de entre sus trabajadores.
Hablo de hechos ocurridos hacia 1800 en términos redondos.
Y
el llega momento de entienda que se –no hago ya advertencia de errores que no sé
subsanar– que momento llega el de entender que la Enciclopedia o Compendio de hechos naturales misteriosos probados,
obra editada, como digo, en 1749, era la misma que poseía el industrioso sir
Charles; sin embargo, resulta metafísicamente imposible que narrase hechos que
ocurrirían cincuenta años más tarde. Puedo pensar que tales acontecimientos no
fueron vaticinios de su innominado autor, sino que el libro los atrajo hacia sí
para hacerlos aparecer entre sus páginas o bien es él mismo el que muta. Ambas
posibilidades son en igual medida increíbles, aunque probadas en tanto a sus
efectos. Yo he leído en la Enciclopedia que un obrero de la construcción de
apellido Lovencraft o Loewenthal mientras caía desde lo alto del edificio
Flatiron de Nueva York, asistió al partido de béisbol que jugaba su hijo en el
instituto (evitando así en el pequeño un sinnúmero de efectos psicológicos
perversos). Todos los presentes vieron aplaudir un jonrón, muchos de los cuales
acudieron luego consternados al cubrimiento del cadáver y volvieron a sus casas
lamentándose de cómo era la vida. Asimismo he sabido que una anciana que vive
en una residencia a las afueras de París en estado poco menos que vegetativo se
da la vida padre bebiendo, fumando y haciendo sus pinitos como cantante en un
karaoke de los arrabales. Y también me enteré de que un alumno aplicado que
permanecía enfrascado en sus libros en una sala de la famosa biblioteca de
Maipú en Buenos Aires, a la vez que hacía el examen de egresado en
Antropología, siendo así que las edades de uno y otro difieren en tres años.
Los
ejemplos son incontables. Yo leía en un estado tal de excitación que se me
pasaban las horas en la biblioteca de mi ciudad. Es también verdad que un
efecto extraño experimentaba, pues en ocasiones difícil me resultaba la lectura
que se retenía por decirlo así, volaba otras, se paraba incluso en seco. Si como
las palabras no me dejasen avanzar interpuestas igual que un muro, o una necesidad
irresistible de volver a páginas anteriores se impusiera sobre mi ansia de
conocer casos nuevos. No conté nada ni a mi mujer ni a mi hijo ni a mis amigos.
A nadie revelé la existencia de aquella obra fascinante. Tampoco pregunté al
bibliotecario, un tal Andrés Moreno, mayores noticias de su existencia o sobre
cómo hasta allí había llegado. Por lo demás, su aspecto no era el que uno
espera de un libro de 300 años, al contrario, parecía editado ayer mismo. Sobre
el lomo, la signatura 930.86 lo situaba entre de Historia los libros.
Trato
de ordenar mis pensamientos, ya digo, antes de que sea demasiado tarde; quizás
no lo hago con la suficiente precisión y se me juzgará por loco, algo sin duda que
será, si no lo es ya, mi destino. Durante mis visitas a la biblioteca fui
dándome cuenta de que el libro no en el mismo sitio se hallaba siempre, al
principio ocupaba posiciones diferentes ligeramente de la misma balda, como por
la negligencia de algún lector despistado, no yo, que me cuidaba mucho de devolverlo
a su lugar; más adelante, el libro cambió de sitio dentro de la misma sección y,
aun en días posteriores, saltaba a las contiguas. Esto me irritaba más que
asombrarme. Decidí esconder el libro tras una fila dedicada a la Ontología; sin
embargo, cuando fui a recogerlo allí, no lo encontré. Tardé mucho en dar con él
de nuevo, se había agazapado entre dos obras insignificantes de Bellas Artes y
Deportes. Por esas razones nunca había querido llevarlo a mi casa, temía que lo
encontrasen mis seres queridos o, peor, que anduviese escurriéndose por
distintas partes de mi hogar como un fantasma inquieto o aterradoramente
travieso. No hace falta que diga que me fui volviendo obsesivo, antesala de perturbado.
Perseguía el libro, no podía dejar de dedicar, cada vez más tiempo, a su
búsqueda. El bibliotecario, después de ofrecerse incontables veces a ayudarme,
viendo que yo deambulaba de estantería en estantería sin decidirme, empezaba a
murmurar tomándome por un desequilibrado.
En
medio de mis pesquisas, al recordar los casos de la señora De Codorniz, de
quien se decía que había leído un libro
antes de aparecerse a su marido, y del industrial, que lo había poseído,
comprendí que el Compendio, de alguna manera, facultaba a sus lectores para
realizar el fenómeno de la duplicación. El obrero accidentado acaso leía en sus
ratos libres, también la anciana parisina… Cuando el Compendio visita a alguien,
como por un conjuro, lo convierte en un ser bicolalizable, bicolalizable –da
igual, la palabra no está recogida en el diccionario–. Me contemplé en el
espejo. Un lunar que crece en un lateral de mi cara parecía haberse desplazado
hacia la boca de mi comisura. Sobre que el arranque de mi pelo se retiraba en
mi frente ya había recibido algunas bromas. Y había sentido al ducharme que mis
hombros se hubieran separado un poco, lo suficiente para que las camisas me
quedaran progresivamente más prietas. Me aquello aterrorizaba, mi cuerpo estaba
reorganizándose; todavía peor, ahora mi razonamiento, propia la escritura,
hábitos mis están movimiento en continuo. El nreviosismo lo multicapli. Un
hecho es. Corto en escribir mejora resultado el apenas. Imsopible azvanar aís. ¡Tranquizílate!
…………….
Hace un mes, o cuatro, pude ver a mi
compañero de trabajo comerse delante de mí un pepito de ternera, al mismo
tiempo que por la calle asistía a la manfiestación de hombres y mujeres
desesperados por contener la matanza de Gaza. No puedo explicar la diasocición
interna que me produjo, el desgarro emocional. ¿Dónde estaba yo? ¿Qué setnía? ¿Cómo
soy entre lo me que disloca? ¿Quién yo era? El libro maldito me había atrapado
entre sus pánigas que eran redes. Me arrastraba de un lugar a otro gular. Me multiplicaba
y me dividía, ¡auqune había renucniado a él! No ol busqué, jedé de aducir a la
bibloiteca que tatno quería. Era inútli. Aquel monstruo ejercía su acción
imnisericorde. El Compendio ejrece us acción imnisericorde hoy, aohra, auqí.
Si alugien lo encuetnra, que no lo
lea. Que no lo lae. Es una maldición no dar con el sitio y el tiempo que a daca
cual le ha sido dado. Las personas on están disponibles. No se peude elgeir, no
se bede elgeir. Nos comproemte el tiempo, lo que somos, la matreia que nos
constiyute, no pretendo molarizar, odio molarizar, es solo una adventercia, qeuerido
lcetor, miar en mí esat malcidión. Tal vez te etsé poneidno en pilegro. Tla vez
le hrorro cosnista ne que hebar liedo este infrome mío te contegia la bicolalización.
Márite en le epsejo, márite, ¿te es han esparado ols ojso?, ¿es et han saperado
ols homrbos? ¿Aún et reconcoes? On laes más, on laes más. Em callo, em callo
apra siempre, em voy, ¿aódnde? Haec teimpo que on veo a mi mejur, ni a im hijo,
no ols enceuntro, qiuzás el orto sí, yo ols he pedrido, recorro las aclles sin
sabre adéndo, sin sabre adéndo, ay no es garcioso, epro es trade, myu trade. On
laes, pro afvor, on laes etso, o, is no peudes evatirlo, lee con ciudado.
Adóis.
Este relato surgió de la invitación realizada por el Instituto Cervantes en el contexto del Festival Benengeli de 2026. El tema de los cuentos participantes era el mundo de la biblioteca. Ha sido traducido al inglés, francés y portugués. Agradezco a los fatigados traductores su esfuerzo. El resultado puede leerse (o con fidicaltud en el seguienti enclae):
https://cvc.cervantes.es/benengeli/26/cuentos/javier_saez_de_ibarra.htm
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