Casos de ovejas muertas
por perros reúne diez cuentos de Gloria
Fernández Rozas escritos con una prosa sobria y precisa, donde cada detalle
dice. Un libro que crece en lo que calla, tallado de principio a fin.
Algunos
libros pasan de lado de las mesas de novedades y de los suplementos que, más de
lo que deberían, repiten nombres y portadas. Se publican porque alguien decidió
que merecía la pena que existieran. Uno de esos es Casos de ovejas muertas
por perros, de Gloria Fernández Rozas. Lo edita Ya lo Dijo Casimiro Parker —una casa muy
pequeña y bien cuidada—, en su colección «Más que narrativa».
El
sintagma del título suena a entrada de expediente. A categoría administrativa,
a parte de daños rural, a la fría exactitud con que la lengua del campo nombra
lo que ha pasado en una dehesa. Y, sin embargo, lo que el libro despliega es la
otra capa. La oveja del título no muere a manos del lobo de la montaña, contra
el que se organizan batidas. Muere a manos del perro al que se le había
encomendado cuidarla. La traición no viene de fuera. Viene de dentro.
En un
texto sobre el oficio, incluido en un volumen colectivo, Fernández Rozas firma
una poética que se titula «El grito de las cosas». Esa frase podríamos decir
que organiza también este libro. Una pistola fría dentro de la mochila de un
novio, una chaqueta oscura que la narradora le había regalado años atrás, un
disco de Patti Smith con una dedicatoria escrita en el reverso, una revista
vieja de astronomía dejada como sin querer sobre el mostrador de un bar. Las
cosas en estos cuentos no son detalle ambiental ni símbolo: son la prueba de un
gesto humano que la frase no llega a admitir. El desastre no se nombra, se deja
en manos de los objetos que lo han presenciado.
Y luego
están los animales, que aparecen sin oficio simbólico ni vocación de augurio,
vivos al lado de la escena humana. Unos perros salen de la oscuridad de un
monte y dejan a dos enamorados huyendo cuesta abajo, asustados del peligro
equivocado. La bandada de palomas que come migas en una acera mientras un
hombre joven le pide a su novia que lo deje. El mirlo que canta hacia el
amanecer cuando los amigos se quedan sin nada que decir. Los hombres del pueblo
salen al monte armados de bastones y azadas a matar lobos, mientras dentro de
la casa otros lobos —el marido, la cuñada, el amigo— se toman otra copa en el
sofá. El animal en estos cuentos calibra lo humano.
Se
siente también en la escritora a la lectora de esa tradición norteamericana
donde la escritura muerde. La frase exacta de Amy Hempel, la ironía filosa de
Lorrie Moore, plumas para las que el relato es como una pequeña operación a
corazón abierto. De ellas, Fernández Rozas parece haber aprendido sobre todo
dos cosas. Que el cuento se construye por sustracción: lo que no se dice suma.
Y que la voz puede ser casi humorística sin perder gravedad: se puede contar
una catástrofe íntima en el tono de quien describe una cena.
Pero es
obvio que el método se ha hecho índole y la materia es propia. No hay aquí
ningún Bill ni ninguna Arlene. Hay barrios madrileños con bloques angostos
donde tampoco se cumplen los sueños. Hay aldeas de León donde las casas se
heredan con la pena de no querer dividirlas. Hay cenas de Nochebuena con tías
cargadas de visones y huéspedes en esmoquin heredado, a las que el hijo mayor
va con una camiseta del Che ya desvaída. Es España. La España suburbana,
urbana, familiar, católica de fondo y rota de cerca, que cualquier lector
reconoce porque ha cenado en alguna mesa parecida o ha pasado un verano en un
pueblo donde vuelven a oírse los lobos.
La
unidad del libro la sostiene el procedimiento. La traición que el título nombra
es siempre la misma: la del perro, que no es lobo. La ejecuta, cuento tras
cuento, una figura del círculo cercano: el padre, el amigo, el cuñado, el
marido, el grupo de toda la vida. La violencia del extraño, esa que cabe en
titulares, no entra en estas páginas.
Y por encima
pasan los cometas. El Hale-Bopp visto desde la explanada de una iglesia de
barrio en los noventa. El Halley en la portada de una vieja revista Más allá,
con el titular de que volverá en 2061. Las estrellas fugaces de una noche de
batida contra el lobo. No son adornos. Son una decisión compositiva: si el
título nombra la traición que ocurre dentro de la casa, los cometas hacen lo
contrario.
Lo
doméstico encierra, lo cósmico abre. Pero la escala cósmica en estos cuentos no
consuela a nadie. Su función es contrastar. Cuando los personajes piensan su
muerte o la narradora piensa la traición, los cometas pasan. No alivian nada.
Solo recuerdan que hay algo más grande que la habitación donde acaba de
romperse algo. Y que ese algo –como el cometa– volverá.
Que un
libro sobre la traición doméstica escrito por una mujer resista la tentación de
la pancarta es, hoy, una decisión política tan callada como precisa. Gloria
Fernández Rozas no reparte vicios y virtudes antes de empezar. Lo que estos
cuentos saben es que la suerte moral sucede, se hereda, se padece, se traspasa
y se contagia. Hay malos y hay cegueras, pero el mal aparece como aparece en la
vida: dentro de una relación que también tiene otras cosas, en una cocina donde
alguien prepara la cena.
Lo que
el título nombraba como caso administrativo –oveja muerta por perro– el libro
lo despliega como literatura. Y la literatura, cuando es de verdad, no resuelve
el caso. Lo deja abierto, donde estaba: del lado del cuidado roto. Casos de
ovejas muertas por perros no exige adhesiones, no reparte culpas, no busca
al lector indignado. Busca al lector que sabe quedarse en el libro después de
cerrarlo. Y lo recompensa.
Gloria Fernández Rozas, Casos de ovejas muertas por perros, Ya lo dijo Casimiro Parker, colección «Más que narrativa". Madrid, 2026.
SANDRA CAULA es escritora, traductora y editora. Es profesora en Fuentetaja (Madrid) y en proximaescritura.com. Filósofa de formación, ha traducido a Truman Capote, Antoine de Saint-Exupéry y David Grann, entre otros. Su primera novela, Gramática sensible (Editorial Alfa, 2025), obtuvo el XXIII Premio Anual Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana (Caracas). Colabora en eldiario.es, El País, The New York Times y Ethic.
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