MUJERES
DE ALAS GRANDES
Desde ahí arriba
el cielo se veía inmenso y el mar hermoso y
remoto. «Estoy volando», se dijo la niña, y volvió a mirar hacia abajo: le maravilló el destello brillante
de las olas verdes. De pronto, sintió una mano suave en su pie desnudo. Se asomó un poco. Pertenecía a una mujer
joven que la sostenía en sus hombros. «¡Oh!», exclamó asombrada. Se agarró con fuerza
a ella y se inclinó para ver mejor: ¡a esa mujer joven le sostenía otra mayor, y
a la mayor otra más vieja! La fila era
infinita. Unas encaramadas a las
otras caminaban despacio sobre las aguas, atravesaban el mundo. Avanzaban.
Todas juntas parecían una sola mujer de alas
grandes, que planeaba sobre las montañas.
TU
VIENTRE DE MUSGO
Con las semillas
que me regalaste planté un almendro. Cuando floreció se convirtió en un hombre vegetal
tan hermoso, que comenzamos a hablar. Siembra
unos rosales, me rogó, así no estaré tan solo. Le hice caso, pero en vez
de flores, de la tierra brotaron rostros de mujer. Tenían tu mirada. Entonces comprendí
que el árbol y las rosas pertenecían a la misma
criatura. Así que todos los días mientras
te regaba charlábamos. Yo te contaba mis
cosas y tú me respondías que me echabas de menos. Un día, una vecina que contemplaba la escena me dijo:
muchacha, ¿te has vuelto loca que le hablas
al aire? No, señora, le respondí, converso
con mi madre. ¿Tu madre? Apuntó con su
dedo índice el cementerio: es ahí donde debes honrar su memoria. No,
insistí: debajo de esa lápida ya no hay nada. Ella se ha convertido en esto, le
expliqué señalando toda la vegetación salvaje
que crecía. Mi madre es un bosque, sentencié. Y al pronunciar yo esas palabras, el almendro, las rosas y la hierba se
fusionaron, y se transformaron en una única cosa, que no sabría decir si era de carne, tierra u hojarasca. El
viento trajo miles de pájaros de tierras exóticas. Entonces, te dije: quiero
volver contigo. Tú sonreíste con todo tu cuerpo. Después abriste tu vientre de musgo para que
te habitara, junto con las aves de lugares remotos, que de tan bellas que
son, es imposible describirlas.
LLUEVO
A CÁNTAROS
De niña, los días
de lluvia, me gustaba sacar la mano por la ventana y sentir el agua fría en mi piel.
Después me metía en la cama, y bajo las mantas, decía para mí: «Estoy
lloviendo. Lluevo a cántaros». Esa noche, de seguro, soñaría que me convertía en
una casa que se inundaba. Todo: mi corazón, mi estómago pequeño, mis venas,
todo empapado; todo lleno de charcos.
En aquella época,
mi padre madrugaba mucho. Entonces, yo me metía en la cama de matrimonio cuando
él se iba. Una de esas noches, hubo tormenta. Los rayos amarillos en el cielo se me figuraron los ojos de un gigante. Me
abracé con fuerza a mi madre, que olía a cebollas
y naranjas, y susurré bajito: mamá. Ella, dormida, me acarició el cabello. Entonces, yo pensé: «lluevo por dentro.
Lluevo a cántaros», y se me pasó el miedo y el
frío de la madrugada y soñé con los charcos de mis vísceras, con el sonido
insistente del agua, entre olor a tierra mojada, cebollas y naranjas.
Lourdes
García Pinel
(Madrid, 1973) es periodista y maestra de Educación Infantil. Ha ganado y
resultado finalista en varios premios como en la III
y IV Edición
del Museo de la Palabra y la VII Edición Hijos de Mary Shelley. Además, ha
publicado sus relatos en revistas y antologías, entre las que destacan Habitación 201 y 69: microrrelatos eróticos (Editorial Altazor, 2016) o
Esas que también soy yo (Editorial Ménades, 2019). En 2021 publicó su
primer libro de cuentos en solitario Mujeres hambrientas (Editorial Ménades).
La piel bárbara (Editorial Adeshoras, 2026) es su segundo libro de
cuentos.
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