Por Esther Peñas

Tras el título El arte de rechazar manuscritos (Debate), Constantino Bértolo (Navia de Suarna, 1946) despliega un mapa en el que entran el liza el narcisismo de quien escribe, la búsqueda editorial de un buen manuscrito, la necesidad de unos beneficios que justifiquen su impresión, el valor simbólico de un libro, el mercado y las redes como prescriptores, el imaginario colectivo de qué es la tensión en la escritura y otros asunto no menos menores.

 


¿Cuándo conviene mentir a propósito de la declinación de publicar un manuscrito?

Casi siempre. Pero mentir es un arte más difícil de lo que parece.

 

¿Qué ventajas y qué inconvenientes tiene el que sea el medio digital el juez o prescriptor (se me disculpe la palabra) que decida qué publica un sello (pienso en los ejemplos que usted utiliza, Javier Castillo o Elísabet Benavent)?

Para una editorial comercial, el espacio digital proporciona una buena medida sobre la posible recepción de un libro, aunque no siempre se produzca en las mismas proporciones. Hay éxitos digitales que luego, en papel, no funcionan, pero hoy los editores están atentos a esos «avisos» digitales.

 

El «capital simbólico», en el decir de Bourdieu, que supone publicar en una editorial, ¿convierte en escritor a quien escribe?

Yo distingo entre escritor y autor. La edición convierte al escritor en autor a través de la autoridad que la edición imprime. Como el que realmente edita es el Capital podríamos decir que es el Capital el que lo unge y sacramenta, si bien hoy es el mercado el que finalmente lo eleva a los altares.

 

¿Convendría publicar a autores condenados por plagio o sobre los que pesa firmes sospechas?

Habría que preguntárselo a los editores de Pérez-Reverte.

 

Si, atendiendo a la observación de Miguel Alcázar, la mayoría de los libros que se publican son aburridos, normales o mediocres, ¿cómo detectar que un texto no lo es, en qué deberíamos reparar para que el sucedáneo no nos engañe? Formulado de otro modo, ¿en qué se advierte una concepción artesanal de la escritura?

 

En la tensión del lenguaje. Las palabras acarrean con ellas su historia semántica y, por tanto, las tensiones a las que se ve sometido su significado en el espacio social. Pensemos, por ejemplo, en la lucha por el significado de la palabra «libertad» que la actual extrema derecha española ha puesto en liza. En la buena literatura esa tensión, ese estar vivo de la palabra, se deja escuchar para un oído atento. Si esa tensión no está, más que hablar del escribir habría que hablar del redactar. Y sí, la inmensa mayoría de los manuscritos rechazados, pero otros muchos no rechazados, utilizan lenguajes muertos, ya dados, cosificados. Por eso suelo decir que los buenos escritores son los que no saben escribir y deben descubrirlo mientras escriben.

 

Ya que la cita en varias ocasiones, ¿es necesario, conveniente, indiferente que exista una Real Academia de la Lengua?

Estas instituciones, como el Cónclave cardenalicio o la CEOE, la Confederación Española de Organizaciones Empresariales, donde se entra por  cooptación, es decir por enchufe, deberían desaparecer. No sé si en el Diccionario de la RAE «enchufe» entra como sinónimo de mérito, pero deber debería.

 

¿Cómo evitar «la vocación del escritor de carcelero» y hacer que su texto sea, como proponía Martín Gaite, una ventana que ensanche la vida?  

Los escritores o escritoras «hablan» en público y eso les traspasa responsabilidad, pero también poder. Y los lectores o lectoras además de exigirles esa responsabilidad, por prudencia, deberíamos maliciarnos de ese poder. Si de lo que se trata es de ensanchar la vida, lo mejor es que suba el salario mínimo.

 

¿Hasta dónde ha de intervenir un editor en una obra y cuándo su intervención hace del original otra cosa (pienso en Carver y su editor, Gordon Lish)?

Creo que hasta donde le parezca oportuno, siempre y cuando el autor esté conforme. El problema, claro, es que las relaciones entre ambas partes no son simétricas y eso puede crear y crea sujeción y dependencia.

 

¿Qué hace falta para ser un buen escritor y no sucumbir a las farsas de la industria (premios, en general; el Planeta en particular) o a condicionantes que, al menos en apariencia, dinamitan el proceso creativo (como entregar un texto cada cierto tiempo)?

Supongo que aquello que antiguamente se llamaba honradez y que hoy es un lastre social. Que te dé vergüenza hablar de la corrupción ajena y no ver el Premio en la Cuenta Corriente propia.

 

El hecho de que la crítica (lo que merece ser criticado como tal) sea residual, ¿es un menosprecio al lector, una imposición del mercado, falta de capacidad...?

Desde mi punto de vista, la crítica, en el sentido pleno del término: pasar por una criba o cedazo la realidad, solo es posible si en la sociedad en la que se produce existe una tensión semántica fuerte. En la sociedad española actual esa tensión es de muy baja intensidad, limitándose a los meros enfrentamientos de corte electoral. La actividad del crítico es una actividad política por cuanto atañe a la polis, es decir, a la forma de vivir de una comunidad que el crítico, si quiere y se siente capaz de asumir esa responsabilidad, debe hacerla desde una idea del bien que le permita juzgar qué es bueno o dañino para el bien común. En el caso concreto de la crítica literaria, ese juicio —y esa es su especificad— se aplica sobre una zona concreta de la actividad de la polis: la literatura que, más allá de la filología, actúa precisamente sobre las subjetividades colectivas donde esa idea de bien común se construye y propaga.

 

A su juicio, ¿cada cuánto y teniendo en cuenta qué factores debería revisarse el canon?

El canon era una construcción paraacadémica que hoy ha caído en manos de los medios de comunicación de masas, redes sociales incluidas. El único canon real es la lista de libros más vendidos. Librarse de lo académico es un paso adelante; ahora habría que librarse del mercado para dejar de ser, en lo posible, el prisionero de Zenda.

 

Tanto en los libros como en el cine, pareciera que lo esencial (el texto, la película) pasa a segundo plano para focalizar la importancia en el autor (una película de... un nuevo libro de...) ¿acaso porque ya el texto o la película no se defienden por sí mismos?

Al respecto conviene no olvidar aquello del fetichismo de la mercancía, es decir, de lo que la mercancía esconde: su valor de cambio que,  más allá de aquel posible valor de uso del texto o la película, responde al imperio del marketing como poética. De ahí que los autores se vean obligados, con su complicidad casi general, a convertirse en fetiches, objetos de deseo, en vendedores de sí mismos. Luchando desesperadamente por ocupar un sitio en el escaparate cultural.