1. Subida al tren,
extrañas palabras
—En este tren no se decide nunca —me dijo el jefe de estación nada más verme. Luego añadió—: Hay gran intensidad, en la cafetería, en los dormitorios. Por eso no se preocupe.
Su forma de hablar reposada hacía que sus frases parecieran versos de un poema, aunque recitado de manera espontánea, sin el menor envaramiento. Con lo que añadió a continuación, el resultado fue este:
En este tren no se decide nunca.
Hay gran intensidad, en la cafetería, en los dormitorios.
Por eso no se preocupe.
Una vez un hombre puso, digamos, intencionadamente,
la huella de su mano en el cristal,
por dentro, y por fuera.
Creo que al decir: «por fuera», le brillaron los ojos como si me formulara un acertijo. Y en verdad lo era, puesto que yo podía entender que alguien apoyase su mano en el vidrio para dejar en él su marca; pero ¿cómo y por qué también por fuera? ¿Insinuaba que aquel hombre había salido para hacerla coincidir con la huella interior?, ¿o era solamente un símbolo cuyo significado había que adivinar? ¿Y qué quería decir con «una vez un hombre», que se trataba de un hecho extraordinario y no podría volver a darse?
2. Un maletín
Mi equipaje consistía en dos bultos: una maleta grande y un bolsón. Me costaba trabajo llevarlos, mucho más recorrer con ellos el pasillo del vagón hasta mi sitio. Porque soy confiado, pensé que podía dejar la maleta en el compartimento que había junto a la puerta de entrada del coche, y colocar el bolso debajo de mi asiento. Estaba en eso cuando un hombre de uniforme se me acercó salido no sé de dónde. Al ver su traje supuse que iba a ayudarme. Pero no. Me tendió un maletín mediano de color negro con estas palabras:
—Tenga, un obsequio de la compañía.
Me hizo gracia. No sabía que los ferrocarriles hicieran semejante clase de regalos a los pasajeros, a lo sumo uno esperaría unos caramelos, un librito. Me negué a aceptarlo. Sin embargo, él insistió:
—Para los imprevistos.
—Espero que no haya —respondí, volviendo a rehusarlo mientras terminaba de colocar mi equipaje donde me parecía.
—Pues entonces no tendrá que abrirlo. Se la dejo aquí.
Examiné su aspecto, descarté que aquel hombre fuera un impostor o un bromista, o que quisiera tenderme una trampa. Aun en el caso de que llevase droga o material de contrabando en su interior, nadie podría relacionarme con aquello, me dije... tal idea me tranquilizó. Además el viaje era muy largo, si me aburría bien podría encontrar en el maletín un pasatiempo.
3. Escribo
Como las palabras del jefe de estación me habían extrañado tanto, una vez que me hube acomodado en mi lugar, saqué una libreta que siempre llevo conmigo y las anoté. El efecto fue realmente sorprendente. Al verlas escritas por mi propia mano me parecieron familiares, incluso verdaderas; digamos como si yo me dirigiese a mí mismo un mensaje en el que creía, una especie de conclusión personal alcanzada tras un tiempo contemplativo. Y también importantes, hasta el punto de que deseara dejar constancia de ese mensaje. Por otro lado, las frases eran tan elusivas que no las entendía bien; igual que un rompecabezas, un poema hermético, quizá un oráculo.
En este tren no se decide nunca.
De alguna forma era cierto; yo no viajaba por placer, sino enviado por mi empresa.
El segundo verso creí que introducía un tema diferente: lo leí en voz alta, lo leí varias veces. Después probé a unirlo al tercero:
Hay gran intensidad, en la cafetería, en los
dormitorios.
Por eso no se preocupe.
En el bachillerato nos obligaban a hacer comentarios de texto. No se me daban mal del todo; y ahora es taba ahí, repitiendo uno de aquellos lejanos ejercicios. Quiere decir que la intensidad es algo que va a producirse, sin duda alguna, durante este viaje. Mi razonamiento fue interrumpido.
De la contracubierta:
Subes al tren con tus prejuicios, tu miedo, tu soledad.
Se producen los encuentros, cada viajero es un misterio.
El tren interminable atraviesa el día, la noche, el día…
¿Quién podrá salvarte?
No hay escapatoria y el propio viaje es una huida. No hay tiempo en los vagones y la velocidad corre sobre los raíles.
Este es el trazo de la novela.
Trenviajeros nos introduce en el microcosmos esencial de sus personajes, el juego, la seducción, el amor, la rivalidad, la frustración, la confianza.
Trenviajeros (Menoscuarto, 2026) es la segunda novela de Javier Sáez de Ibarra, tras Vida económica de Tomi Sánchez (La Navaja Suiza, 2020).
0 Comentarios
Comentarios con educación y libertad