En su primer libro de relatos, Cosas de niños (Platero Ediciones), María Sergia Martín (Madrid, 1963) explora la frondosidad inquietante, cruel, perversa de la infancia. Con un estilo esquivo a cualquier tipo de concesión, la suya es la belleza de lo austero, con vetas de altísimo lirismo. Niños de familias rotas y no, pequeños que tensan la cuerda para convertirse en otro, que cierran los ojos definitivamente, que huyen de una vida en llamas. Un ramillete de relatos que atraviesa la lectura como el rasgueo de un violín conducido por Béla Bartók.
Por Esther Peñas
¿Qué no debe olvidar un niño cuando crece?
La magia de la infancia. Seguir creyendo que el mundo es un lugar que se puede inventar. No olvidar esa fe ciega en que, si se cierran los ojos con la fuerza suficiente, los duendes y las hadas no tienen más remedio que aparecer y sentarse a merendar contigo. De adulto resulta más difícil encontrarlos, lo sé; pero la magia no es algo que se vea, es algo que se recuerda. Solo hay que volver a mirar todo con los ojos de aquel niño o niña que fuimos y que sabía que un palo podía convertirse en una varita mágica y una caja de cartón, en un refugio capaz de resistir la embestida de los orcos.
¿Por qué nos fascina ese lado perverso y cruel de la infancia en el que se enmarcan tus relatos, y que proviene de una estirpe como la de Ana María Matute o Andrés Barba?
Primero, porque nos permite explorar el pecado (el mal) sin culpa. Los niños son una coctelera donde la bondad y la crueldad se mezclan en proporciones semejantes. Resulta hipnótico —en narrativa, claro está—, que un niño sea capaz de realizar acciones perversas por motivos pueriles. El lector lo admite, le otorga importancia a su herida e, incluso, empatiza y le resta culpa, amparándose en la edad del protagonista.
Si lo piensas, es el truco de magia definitivo; ese capaz de convertir lo atroz en conmovedor solo porque quien aprieta el gatillo aún conserva los dientes de leche.
Y segundo, porque, en el fondo, todos sospechamos que la infancia es el lugar donde aprendimos a esconder nuestras primeras sombras.
¿En qué momento un niño es responsable de sus actos?
Aunque la justicia estima la responsabilidad en catorce años, en mi opinión es anterior. La responsabilidad aparece el día en que un niño descubre que sus actos dejan un daño en el otro. Y eso suele ocurrir mucho antes de que el código penal se entere. Se es responsable desde que uno comprende que el dolor de los demás también se puede provocar.
Algunos de los relatos («Una caja de estrellas», «El maestro de piano») hablan de la pérdida de inocencia. ¿Qué tiene la escritura de inocente?
Todo. Escribir es un acto de inocencia absoluto. Es la esperanza de que alguien, al otro lado, lea lo que escribimos y sienta el mismo terremoto que nos sacudió al escribirlo. Es de un candor mágico creer que el lenguaje, con sus límites y sus trampas, todavía es capaz de arrastrar al lector fuera de sí y dejarlo perdido un rato en otras vidas.
«Cuando Eileen sintió la primera contracción, sus diminutas manos soltaron de golpe las parihuelas y, de manera instintiva, se abrazaron a su vientre. El impacto del cuerpo contra el suelo provocó que Bento emitiera un grito agudo». ¿Qué debe provocar la lectura de un buen texto, como este, que pertenece a su cuento «Selva»?
Un buen texto, y si usted considera que este lo es me doy por satisfecha, debe ser un asalto por sorpresa a los sentidos. No busco que el lector simplemente entienda una escena; quiero que sienta el golpe cuando el cuerpo cae, que el grito del protagonista le resuene en el oído. La literatura, algo que persigo en cada cuento que escribo, debe sacarte del sofá y dejarte a la intemperie. Sin herida o escalofrío, solo es gramática —mejor o peor—, pero gramática.
Los niños de estos relatos provienen de familia desestructuradas. ¿Eso mismo es la literatura, un lenguaje desestructurado puesto en pie?
Probablemente, sí. La literatura que a mí más me seduce se alimenta de grietas. No me gusta escribir sobre la armonía o la belleza, porque armonía y belleza no necesitan contarse. Yo disfruto recogiendo escombros de lo que se rompió y trato de construir con ellos algo que, aunque sea por un instante, se sostenga en pie y tenga la dignidad de un hogar.
Usted tiene una veta cómica deliciosa. ¿Por qué escogió, para su primer libro de cuentos, el lado más feroz?
A lo mejor es porque disfruto más haciendo «sufrir» que haciendo reír… o porque estoy convencida de que hay más matices cromáticos en una herida que en una carcajada.
Creo que la risa y el horror beben de las mismas fuentes: la sorpresa y el absurdo. Elegí la ferocidad, como usted la llama, porque quería golpear. La comedia es tregua, alivio, también crítica, pero para que cualquier bandera blanca tenga sentido, primero hay que haber estado en guerra.
«A mi madre se la tragó un meandro», leemos en «Cartas desde Lisboa». ¿Qué porción de «susto», de golpe de hacha sobre hielo, que dijo Kafka, ha de tener un principio y un final de relato?
Un relato debe ser una emboscada. El principio, un crujido del hielo bajo nuestros pies –una mínima advertencia de que ya no estás a salvo– y el final, ese hachazo que rompa la superficie y te desarme. Si el lector termina un cuento y no ha sentido nada, es que el hacha era floja. Los lectores nunca se equivocan; es el autor (o autora) el que no lo ha hecho del todo bien.
«Crecí como una turbulencia». ¿Cuál es el tiempo del relato, cómo saber que crece adecuadamente?
Me encantaría conocer y dominar ese punto. Considero que un relato crece bien cuando empieza a dictar sus propias reglas. Sabes que va por buen camino cuando intentas llevar al personaje por un sendero y el texto te obliga a girar por otro. El tiempo del relato no es el del reloj, es el de un latido. A veces, se acelera por la angustia y otras se detiene en un detalle, como un niño mirando una luciérnaga mientras el mundo explota a sus espaldas.
¿De qué modo conjugar ternura y perversidad y conseguir, como hace usted, la proeza?
Tratando a la perversidad con ternura y a la ternura con perversidad. En la vida real, los monstruos no siempre se comen a los niños; a veces te dan la mano. Y los santos, en muchas ocasiones, tienen pezuñas en lugar de manos. La proeza, de existir en lo que yo escribo, consistiría en no juzgar jamás a los personajes, sino en dejarlos que se muestren libres con todas sus aristas.
Ha ganado numerosos premios, el último, el de Zenda Cuentos de Navidad, o el pase a la final anual de Relatos en Cadena. ¿Es más fácil escribir a partir de unos condicionantes que partir de la página en blanco?
No sé si más fácil o menos. Depende. Una página en blanco es, a veces, un desierto enorme en el que te puedes morir de sed antes de encontrar una idea. Otras, no. Los condicionantes serían como las paredes de un laberinto; te limitan el paso, sí, pero te obligan a avanzar fijándote en los detalles de cada grieta.
¿Todo asunto es susceptible de convertirse en magma literario?
Absolutamente, sí. Todo. Desde una libreta de hule negro en un bar de barrio, hasta una caja de estrellas en un cayuco atiborrado de inmigrantes. No hay temas pequeños, solo miradas aburridas. O cansadas.
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