Han sido numerosos los directores que han reservado un papel destacado en sus películas a la naturaleza. Por recordar a alguno de los más célebres mencionaremos a John Ford, Jean Renoir o Terrence Malick. Cada cual se ha acercado a ella de manera bien distinta. Ford la ha exhibido como paisaje monumental, gigantesco, suntuoso; en otras ocasiones le ha otorgado el privilegio de mostrarse como un entorno cálido, envolvente, útero eterno y ubicuo; mecedora de dramas, cuna de héroes, cómplice de cuitas. Renoir dibujaba parajes líricos que rimaban los sentimientos que desplegaban los personajes que en ella retozaban, reían y gozaban. Malick le reservó el papel de muda e indiferente testigo de tragedias humanas; escenario compasivo de rostro bellamente impasible. La naturaleza en ellos es acompañante, amiga distante, a veces simplemente marco imprescindible, pero nunca enemiga. Gus Van Sant es otra cosa. En Gerry, película singular en el panorama cinematográfico estadounidense, la naturaleza es la protagonista absoluta de una historia de terror en el que el malvado asesino es ella. Ella es una trampa, una pesadilla viscosa, una enemiga de la especie humana. Atrapa como una tela de araña a las víctimas que inútilmente intentan escapar, sobrevivir, matándolas poco a poco; primero con el asombro, luego con el miedo, después con la desesperación, por último, con la locura, el hambre y la sed. No en toda ocasión vence, pero siempre amenaza, calladamente, y casi siempre, inadvertidamente, lo intenta. No podemos decir que aceche, porque constantemente está ahí, presente a la vista de todos, muda, quieta, aparentemente indiferente e inofensiva, con su máscara amable de paraíso perdido, invitándonos a internarnos en ella, atrayente, bella, olorosa, perfumada como hermosa planta carnívora. Y nosotros, adanes y evas añorantes, aceptamos su invitación de manera inconsciente, ignorantes de nuevo, inocentes, ingenuos, pensando que aún formamos parte de ella, como hijos pródigos perdidos que vuelven al seno materno, sintiendo que va a perdonarnos nuestros intentos de dominarla durante milenios, que va a olvidar nuestras torturas, nuestros expolios, las heridas lacerantes, nuestros continuos intentos de asesinarla. Pero ella no olvida; nosotros, como Gerry y Gerry (los protagonistas tocayos de este filme), la acariciamos, la sonreímos, la abrazamos; pero ella siempre, si puede, se vengará. La serpiente sigue reinando en el paraíso. Van Sant nos advierte sobre eso, sobre la naturaleza hostil, sobre la naturaleza enemiga, la naturaleza homicida; nos llama la atención sobre la pequeñez y la impotencia del ser humano ante las añagazas de nuestra gran madre, de nuestra única madre, de la que nos parió, de la que acabará, al final de esta lucha que ella y nosotros mantenemos desde los insondables y oscuros inicios de la historia, con el ser humano; si no es ahora (uno de los dos Gerry sobrevive a la excursión que ambos emprenden una buena mañana), será luego; si no contigo, sí con otro.

Gerry, una obra donde resuenan ecos de Kiarostami y de Tarkovski, no concede. O estás con ella o no estás, como con la naturaleza. La mayoría no estará con Gerry, como la mayoría no está con la Santa Madre Natura.

Véanla, su minúsculo espíritu humano se conmoverá o se aterrará.

                                              Matt Damon y Casey Affleck en Gerry

 

Título: Gerry. EE.UU., 2002

Dirección: Gus Van Sant

Guión: Gus Van Sant, Casey Affleck, Matt Damon

Reparto: Casey Affleck, Matt Damon

Música: Arvo Pärt