A madre se la tragó un meandro. Contaba abuela que, desde muy niña, sintió fascinación por las sinuosas curvas que dibujaba el río a su paso por nuestra comarca. A mí también me tenían embrujada esas densas y burbujeantes órbitas de agua. Decía abuela que, en una de sus ondas más irregulares, la del Hechizo, una mañana de julio y siendo apenas una chiquilla, conoció a un marino portugués cuyo barco había encallado. Esa parte del barco atrapado en el río me gustaba mucho porque abuela, cada vez que volvía a contarla, añadía detalles nuevos acerca de los colores del sol, del olor del cielo o de la ropa que vestía madre ese día. Aquel joven, desorientado y sediento, pidió agua y madre le ofreció la que llevaba en su damajuana. Según abuela, aquel marino tenía los cabellos del mismo color anaranjado que esas nebulosas que arropan a las estrellas moribundas durante su último viaje. 
    —¿Como el mío, abuela? —le preguntaba haciéndome la tonta.
    —Igual de taheño que el tuyo, vida mía —respondía con una sonrisa capaz de enamorar a la lluvia.
    De regreso al pueblo, cuando madre refirió lo sucedido en el río con aquel extranjero y su barco nadie la creyó. Algunos muchachos salieron a buscar algún atisbo de certeza de todo cuanto ella contó. Pero regresaron con las manos igual de vacías que cuando salieron y con un deseo: el de ridiculizar tan absurdo cuento.
    —¡Mentirosa!, el río baja solo como siempre…
    —¿Cómo habría de encallar, en un riachuelo tan diminuto, un barco que viniera del mar? Pero si baja seco.
    —Es una boba que pasa el día rumiando estupideces en lugar de ir a la escuela como el resto de las chicas de su edad. ¡Menuda sandez! Un barco encallado en el río...
    En nuestro pueblo nunca fueron bien aceptados los diferentes. Tomaron por locura o una nueva necedad de “la pobre boba”, así comenzaron a llamarla, todo cuanto refirió del barco y del portugués. Abuelo, avergonzado ante la persistencia y el cruel cariz de las burlas, determinó encerrarla en el granero el resto del verano. Todo el otoño. Y también el invierno… En primavera nací yo. Y, tras escupirla varias veces a la cara, decidió encerrarla otro año más.
    Madre no era ninguna necia, ni una boba, ni mucho menos una estúpida. Madre sabía contar cuentos fantásticos, mucho más increíbles que las historias de abuela, y conseguía que lo maravilloso sucediera solo con sus palabras. Con ella aprendí a sumarle colores al arcoíris; a encender estrellas con los ojos; a gatear hasta un cosmos desconocido que habita sobre las nubes; a escapar de las fotografías; a hacer que llovieran guisantes y dientes de león y a escuchar a la luna cuando recita complicados trabalenguas. Yo apenas tuve tiempo de enseñarle a escribir su nombre, a pronunciar la letra “erre” y a contar hasta veintiuno. 
    Precisamente ese día, el de su vigésimo primer cumpleaños, el río se la tragó. 
    —Mujer, no malgastes tu tiempo en rezos. A la golfa de tu hija acabó tragándosela vuestro maldito río. ¡Vamos a cenar, que traigo hambre!
    Eso fue lo que dijo el abuelo cuando una noche madre no regresó a la hora de la cena. Que se la había tragado el río. Abuela se quedó callada, como si alguien desde dentro de su garganta tirara de su lengua hacia abajo y le impidiera pronunciar sonidos. Así permaneció durante horas. Muda y contemplando distraída el lado vacío de la cama en el que dormía madre. 
    Lloré durante mucho tiempo, pero nunca delante del abuelo. Siempre supe que ese absurdo embuste del río engullendo a madre no podía ser verdad. 
    Días después, cuando corrió la noticia de que mi madre había desaparecido, la gente del pueblo trató de dar su explicación, sobrenatural o terrible, de lo ocurrido. En lugares pequeños hay pocas cosas con las que entretenerse y, en este, a sus gentes siempre les gustó inventar acerca de ella. Unos aseguraron que la vieron danzar desnuda frente a un forastero, desnudo también, que escupía fuego por la boca y adornaba su cabeza con cuernos de cabra. Otros juraron haberla visto yacer sobre la hierba del cementerio, rodeada de calaveras, con el mismísimo Lucifer. Y unos pocos, envalentonados por el mal vino de la taberna y al amparo de una noche sórdida, lanzaron contra nuestra casa varios cubos de pintura negra y heces de animales. Esta última humillación desestabilizó por completo al abuelo, volviéndolo más esquivo, macabro, cruel y siniestro. Mucho más de lo que lo había sido nunca. 
    De todos sus males, madre era la culpable. Abuela era la culpable. Yo era la culpable.
    A veces desaparecía y ni abuela ni yo sabíamos nada de él durante días o incluso semanas. En esas ausencias éramos felices, pero solo a medias porque la pesadumbre se apoderaba de nosotras ante la sospecha de que estuviese a punto de volver. Cuando regresaba solía tomarla conmigo o con abuela, aunque la peor parada siempre fue ella. 
    Recuerdo la última noche, cuando con un machete cortó a dentelladas mis cabellos, los untó de aceite y los prendió a los pies de mi cama. Dijo que solo un demonio permitiría crecer cabellos rojizos en la cabeza de una de sus hijas. Cuando abuela se enfrentó a él, la pegó tan fuerte con el atizador de la chimenea que temí por su vida. Creo que él también pensó que se moría cuando vio correr la sangre por su rostro y empapar su ropa como una tormenta roja. Creyó que la había matado.
    En los días siguientes, preso de algún instinto recóndito de humanidad, decidió no apartarse ni siquiera un segundo de la cabecera de su cama. No comió, ni durmió. Le curó la horrible cicatriz que le quedó en la frente con trozos de plantas y algunos malolientes y lóbregos ungüentos, que una vieja curandera traía cada tarde. Abuela volvió a caminar, aunque con mi ayuda y la de un bastón, después de aquel maldito golpe, pero dejó de hablar, de sonreír, de masticar… 
    Una tarde, cuando volvíamos de dar un paseo por el río, vimos al viejo sentado en el suelo junto a una pequeña hoguera. Quemaba todas las fotografías familiares en las que aparecíamos madre o yo.             
    Abuela atesoraba esos pocos recuerdos de la parte más amable de su vida en una antigua y oxidada caja de latón. Cada sábado, después de asearla, lavarle el pelo y hacerle su moño favorito, siempre con veintiuna horquillas, nos sentábamos a tomar un vaso de leche mientras repasábamos las más de treinta fotografías que conservaba. 
    No sé cómo, pero, al ver la hoguera abuela se soltó de mi mano, consiguió despertar sus piernas, corrió como una liebre y saltó sobre las llamas intentando salvar del fuego aquella pequeña parte de felicidad. La falda ardió prendiendo las enaguas y su blusa blanca… y sus cabellos… y sus pestañas.
    No tuve tiempo de advertirle que madre me había enseñado a escapar de las fotografías y que no debía de temer nada. Antes de poder impedirlo, su silueta ardía frente a los ojos de un canalla que, ahora sí, intentaba salvarla arrancando ramos de fuego con sus manos. Noté que el mundo se detuvo un instante, quizás como homenaje, para que mi abuela se bajara de él y consiguiera expirar en paz. 
    En ese momento, entendí que jamás volvería a escuchar aquella mágica historia del barco encallado en nuestro río con madre ofreciendo agua a un marino portugués de cabellos rojizos.
    El desgarrador grito, que pocos segundos después cortó el aire, resultó el bramido de pena más triste de cuantos había escuchado nunca. Y aunque pensé que podía haber salido de manera espontánea de mis entrañas, puesto que definía idénticamente mis zozobras, vi cómo surgía a modo de torrente por la boca del abuelo. Aunque yo sabía que venía de mucho más adentro. De sus cavernas más profundas. De sus agrios rencores, de sus miedos perniciosos, de su incontestable ira, de su constante oscuridad, de su opaca maldad. Lo odié con todo el odio que corría por cada uno de mis poros, mis pecas, mis venas, mis hieles y mis capilares. Un odio agrio, acumulado y multiplicado por un número infinito.
    Después de enterrarla, me acostumbré a no pensar en él. A no cruzarme con él. A no mirarle, a no hablarle. A no respirar su aire. A pensarle como muerto. A esperar que pasara el tiempo y a plantar palabras hermosas junto a la lápida de abuela o en los que habían sido nuestros rincones favoritos. Siempre imaginé que cualquier primavera brotaría un árbol cargado de palabras, con las que poder inventar historias maravillosas junto a ella.
    Un día, mientras charlaba con una pareja de tórtolas, me pareció escuchar su voz. Dijo que necesitaba una foto de madre y mía para poder recordar nuestros rostros si algún día los olvidaba. No una, enterré a su lado todas las que el viejo quemó. Y hasta le hice un bonito funeral para dejarla marchar y poder decirle adiós de una manera definitiva. Abuela necesitaba, por fin, descansar.
    Esta mañana, mientras dejaba que el viento jugase a los nudos con mi pelo ya crecido, una langosta muy gorda me ha traído un diminuto mensaje entre sus patas. Aunque la caligrafía no era muy buena, supe que eran noticias suyas. De madre. De mi querida madre. Dice que está muy orgullosa de que aprendiera a escapar de las fotografías; que me ama con los quince colores que tiene ya el arcoíris que ha construido para mí. Dice que nuestro río le ayudó a curarse y a escapar del abuelo; que no ha dejado de gatear ni una sola noche hasta el universo que vive sobre las nubes; que sus ojos encendieron una estrella morada por la abuela. Dice, también, que la letra “erre” es su favorita; que viene de camino a buscarme en un barco enorme, el de padre. Dice que sabré que está cerca cuando comiencen a llover guisantes y dientes de león y que está segura de que me encantará vivir con ellos en Lisboa.
 
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María Sergia Martín González nace en Madrid en el siglo XX bajo el influjo de piscis (1963). Estudió Periodismo en los años 80 (aunque no lo finalizó) e hizo dos años de Trabajo Social. Trabajadora de la Administración Pública recientemente jubilada.

Gran aficionada a la escritura, ha participado en distintos concursos literarios y ha recibido algunos premios en relato breve y microrrelato, entre otros: 2º premio IV Edición del Certamen de Relato Corto Pueblos y Sabores; Primer Premio Surrealismo Puro de Zenda; finalista del XI Premio de Microrrelatos Colectivo Manuel J. Peláez o finalista semanal (y anual) de Relatos en Cadena de la Cadena Ser.

Está presente en varias antologías colectivas y Cosas de niños es su primera aventura en solitario


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