A los grupos revolucionarios de izquierda se les ha atribuido tradicionalmente defender, entre otras cosas, la debilitación, cuando no la destrucción, de la familia, en tanto institución burguesa y por tanto coercitiva. Esa acusación a veces no se desviaba demasiado de la verdad, y los acusadores solían extender dicha pretensión a todo comunista, socialista o anarquista que se pusiera a tiro, si bien los denunciantes acostumbraban desconocer el célebre tratado de Engels sobre los orígenes de la familia, la propiedad privada y el estado. Igualmente, los grupúsculos de extrema izquierda que propugnaron en alguna ocasión ciertos experimentos sociales atentatorios de la familia, siempre escasos aunque extremadamente ruidosos, tampoco se mostraban muy versados en la teoría marxista. Sidney Lumet y Naomi Foner Gylleenhaal en Un lugar en ninguna parte (Running on Empty) parecen ser de la opinión de que revolución y familia son elementos que están íntimamente vinculados aunque a la larga sean difícilmente compatibles. Director y guionista relatan los avatares de un matrimonio miembro de una organización socialista que huye de la policía por todo el país llevando consigo a sus dos hijos. Lumet y Gylleenhaal se valen de esta trama para interesarnos por los morteros que forjan las relaciones familiares: el amor, el respeto y la fidelidad, ofreciéndonos una fábula sobre la lealtad a uno mismo y al compromiso político, sobre el peso abrumador de los actos personales, del lastre inevitable del pasado; sobre la imposibilidad de una trayectoria vital anclada tan solo en el presente; sobre el sacrificio, sobre el poder evocador y transformador de la música (de la belleza del arte, por extensión), y de la bondad. Pocas veces en el cine reciente (la cinta es del año 1988; para el que escribe, hace poco tiempo), una obra ha abordado con tanta ternura y comprensión los dramas de una familia que se adora y que ha de romperse precisamente por ello. No en muchas ocasiones el cine norteamericano de los últimos cuarenta años nos ofrece una estampa tan conmovedora y humana de la abnegación, de la entrega, de la búsqueda de un lugar, de un sitio en el mundo y en la Historia; y también del valor, del saber, de la belleza y de la devoción a la inteligencia y la sensibilidad.

No fue la primera vez que Lumet se interesó por las disrupciones entre política y familia poniendo el foco en los militantes comunistas de Estados Unidos, corazón del capitalismo mundial (si es que el capitalismo puede estar dotado de tal órgano). Daniel (su cinta de 1983 basada en El libro de Daniel de Edgar Lawrence Doctorow), ya nos invitó a acompañar a un grupo familiar reventado por el compromiso político y la implacable represión del estado burgués, de manera más trágica y violenta que en esta Running on Empty, pero no menos lírica e intensa.

Antes de finalizar se ha de mencionar el magnífico reparto encabezado por una perfecta Christine Lahti, un no menos virtuoso Judd Hirsch y un adolescente River Phoenix que, desgraciadamente, moriría pocos años después privando al cine estadounidense de una de sus más notables promesas.


 

Un lugar en ninguna parte (Running on Empty)

EE.UU., 1988

Dirección: Sidney Lumet

Guión: Naomi Foner Gylleenhaal

Reparto: Christine Lahti, Judd Hirsch, River Phoenix, Martha Plimpton, Jonas Abry, Ed Crowley, L. M. Kit Carson, Augusta Dabney, Steven Hill.

Música: Tony Mottola

Música diegética: Beethoven, Schubert, James Taylor…