Gustavo Valle, El brillo de los niños, editorial Pre-textos


El brillo de los niños, especialísima fábula contemporánea de atmósfera onírica en la que late la pulsión, familiar y siniestra, de los hermanos Grimm, los relatos de Quiroga, Le grand Meaulnes de Alain-Fournier, la novela bizantina, anagnórisis incluidas, o La cruzada de los niños de Schwob, es un conmovedor ejercicio de insólita libertad creativa, pero también de incuestionable honestidad humana porque interpela y plantea los interrogantes éticos universales. A través de sus inspiradores protagonistas, suerte de Hansel y Gretel que sienten y siguen, sin remedio, el sonido de la flauta de Hamelin, y de un imaginario muy bien articulado de personajes que destilan verdad, Gustavo Valle indaga en el componente ominoso de la existencia, pero también en cómo la música, la escritura, la curiosidad o el amor “alborotan certidumbres” y acompañan en este viaje hacia todas las fronteras, más allá de todos los ríos. Qué otra cosa sino esto es la vida: temerario viaje iniciático, y, a veces circular, donde habitan el trauma, el hambre, la violencia, la orfandad, la locura y la migración, pero también la resiliencia (Bettelheim, Cyrulnik), el sueño, la creatividad, la magia. Interpretar la alegoría es restarle parte de su misterio. La escritura lúcida y sensible de Valle, de una prosa versátil, honda, vibrante, esmeradísima, se pregunta por la locura, los afectos familiares o el enigma de la infancia, dejando intacto su brillo, cuya estela reverbera, sin remisión, en quien lee.

En tiempos apocalípticos, esta novela singular y hermosa de Gustavo Valle, de extravagante onirismo y pulso preciso en la mejor tradición simbolista, propone una radiografía de una nación, de un mundo deshumanizado y sin armonía, pero que se sostiene por pequeñas resistencias cotidianas, en gestos mínimos: esas luciérnagas de Didi-Huberman tomadas de Pasolini. En última instancia, se trata de saber ver y aceptar lo extraordinario y seguir adelante aferrándose a la ternura, a la imaginación, a su posibilidad.

 

                                                                                              María José Bruña Bragado

        Universidad de Salamanca    

 

 

 

El brillo de los niños (tres fragmentos)

 

–Cerramos los ojos para no ver lo que nos castiga, para protegernos del miedo –les dijo José poco antes de que todo se precipitara–. Con sólo apartar nuestras manos del fuego evitamos quemarnos, si no queremos probar algo rancio no lo llevamos a nuestra boca, nos tapamos la nariz para no oler los cadáveres descompuestos. Pero oír es involuntario. Para no escuchar algo lo mejor es escuchar otra cosa, porque el silencio es una invención, la música inventó el silencio. Lo primero que hizo el universo fue sonar, después vino la música, por último, el silencio. Con la música viajamos en el tiempo, al pasado y al futuro, se adhiere a nuestra memoria, es la lanza que lleva en su punta lo que vendrá. Ustedes lo saben: al leer las partituras anticipamos los sonidos. Y al ser prisioneros del tiempo, lo somos de la música. En Auschwitz, coros y orquestas tocaban para los prisioneros; se escuchaba ópera durante las ejecuciones. También la música ayudaba a los condenados a sobrevivir y resistir. Todo le incumbe, lo bello y lo repugnante, lo sublime y lo terrible. Aquel versículo debió decir: hágase la música, porque su metrónomo rige nuestras vidas y transforma nuestra duración. Es el único arte que predice el futuro porque el futuro, al igual que ella, es invisible.

(…)

 

Se sentaron nuevamente en la cama, se miraron a los ojos y se abrazaron. Quedaron un buen rato entretejidos en ese abrazo, intentando mantener la unión ante la desintegración que los rodeaba.

La ventana continuaba abierta y dejaba ver del otro lado el perfil de la montaña, cuyo verdor parecía temblar con la luz lateral de la mañana. Tenían que ir a la escuela, pero no fueron, tenían que tomar el desayuno, pero no comieron nada. Hubiera sido mejor que no amaneciera nunca, que el tiempo se detuviera en la madrugada y se quedara rumiando sus sombras sin fin.

Yoisi se puso de pie y cerró la cortina. Estaban ellos dos solos en el departamento. De manera ceremoniosa fue hasta la cocina, abrió el cajón de los cubiertos y agarró el cuchillo grande y afilado con el que Kika cortaba las cebollas y tomates. Volvió a la habitación, donde Gusmarling ahora estaba acostado en la cama mirando al techo. Arrimó la silla que estaba frente a un pequeño escritorio y se sentó frente a la cama. Gusmarling se incorporó. Yoisi le dijo: debemos protegernos mutuamente. Y acto seguido se hizo un corte en forma de equis en el hombro izquierdo. Gusmarling intentó tapar la herida con sus manos, pero Yoisi se lo impidió. De su brazo manaba un hilo de sangre que llegaba a su mano y goteaba al piso. Le dijo a Gusmarling que extendiera su brazo, e hizo lo mismo en el brazo derecho de su hermano. Dos cruces profundas. Luego se sentó en la cama, y unió su hombro izquierdo con el hombro derecho de su hermano (Gusmarling debió agacharse para poder coincidir) y dijo: juro que no nos separaremos nunca y daremos la vida por el otro de ser necesario. Lo juro, dijo Gusmarling.

(…)

Eran simplemente niños. Pensaban y sentían como niños, con ilusiones tontas e inalcanzables. Pero llevaban las marcas de un dolor que no reconocían del todo. Tenían la conciencia de una tarea, pero no de un destino; ignoraban qué pasaría después, al día siguiente. Vivían en un presente que se había estirado demasiado y los albergaba en su red de insólitas urgencias. Podían ser inocentes y crueles, amorosos y feroces, tiernos e inhumanos. Sus vidas se habían construido al costado de una línea reconocible, y ahora ondulaban como el viento que precede las tormentas, como los fogonazos que relumbran entre las nubes antes de que caiga el aguacero. Eran niños. Simplemente niños. Brillaban como astros que se agitan en la oscuridad; parpadeaban como luciérnagas. Dos solitarios, dos almas gemelas, unidas por un pacto de sangre y dolor, por un contrato secreto que seguían al pie de la letra, obedientes de un mandato al que respondían sin saber por qué. Por eso la tristeza a veces los alcanzaba con sus tentáculos pegajosos que parecían absorber sus voluntades. Esto les ocurría a menudo, aunque de forma distinta. Para ella la tristeza era la materialización de un misterio, un lugar insondable pero también acogedor, en el que se sentía serena y donde podía respirar lentamente. Su cuerpo, además, reaccionaba y sentía picazón en las manos y piernas o se le nublaba la vista y ensayaba una vitalidad casi psicotrópica. Para él la tristeza era una sensación de vacío, y se instalaba en el centro de su pecho, en ocasiones a modo de recuerdo, pero no un recuerdo definido, sino la rememoración de algo nunca experimentado. Y ahora que no estaban juntos, que por primera vez en sus vidas se habían separado, no era la tristeza lo que acarreaban consigo, sino la convicción de lo que tenían que hacer. ¿Acaso había un plan b al que recurrir si todo se estropeaba o se salía de control? ¿No se había salido de control ya? El miedo los atacaba, se instalaba en sus huesos, pero de una forma íntima y callada, como un estremecimiento que avanzaba de manera disimulada, cuando estaban dormidos o distraídos, y podía asumir la forma de una conjetura. Al miedo se habían acostumbrado, como uno se acostumbra a la pena o la fiebre.

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Gustavo Valle (Caracas, 1967) es novelista y poeta, licenciado en Letras por la Universidad Central de Venezuela, donde fue profesor del Departamento de Literatura Latinoamericana y Venezolana. Cursó el doctorado en Literatura Hispanoamericana de la Universidad Complutense de Madrid. Ha publicado los poemarios Materia de otro mundo (2003), Ciudad imaginaria (2005) y La máquina de leer los pensamientos (2024); los libros de crónicas La paradoja de Ítaca (2006) y El país del escritor (2015); y las novelas Bajo tierra (2009, premio de novela Adriano González León; Premio de la Crítica en Venezuela, 2010), Happening (2013, premio Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana; Premio de la Crítica en Venezuela, 2014), Amar a Olga (Pre-Textos, 2021) y El brillo de los niños (Pre-Textos, 2025). Como compilador ha publicado, junto al crítico Carlos Sandoval: Salvar la frontera. Muestra de cuentos de escritores venezolanos migrantes (2024). Sus ensayos, reseñas y crónicas han sido publicados en diversos medios de Argentina, España y Venezuela.