Nuccio Ordine, ese gigante amable que murió hace tres años dejándonos con ganas de aprender más de él, dice en la introducción de La utilidad de lo inútil que ‹‹considera útil todo aquello que contribuye a hacernos mejores››, y a partir de ahí despliega una serie de argumentos para demostrar que el arte, la poesía, las humanidades, lo que no tiene un beneficio material inmediato es tan imprescindible, o más, que los supuestos motores del crecimiento mercantil. Si no, corremos el riesgo de olvidar que ‹‹la literatura y los saberes humanísticos, la cultura y la enseñanza constituyen el líquido amniótico en el que las ideas de democracia, libertad, justicia, laicidad, igualdad, derecho a la crítica, tolerancia, solidaridad, bien común, pueden experimentar un vigoroso desarrollo››.

Ahora que desde la fuerza bruta del autoritarismo y el populismo reaccionario intentan arrasar los mejores valores de nuestra cultura, es donde veo la obra de Ali Smith, la esperada primera premio Nobel escocesa según algunos de sus compatriotas, extremadamente útil y hermosa. La escritora encarna muchas de las cosas que los adversarios de lo woke odian: es lesbiana, feminista, radicalmente demócrata, antibrexit, defensora de los trans, vanguardista, queer, no xenófoba, amante de la cultura clásica y además defiende todo eso reivindicando la bondad y la armonía necesaria entre los seres humanos.

Con su Cuarteto Estacional (Otoño, Invierno, Primavera y Verano) en el que aborda la actualidad inmediata –como el Brexit– y la mezcla con historias transversales o del pasado que ilustran la situación actual, obtuvo una notoriedad internacional que no tenía. No obstante contaba ya con una muy sólida carrera literaria que incluía seis novelas y cinco libros de relatos. Después ha seguido publicando con éxito notable sobre todo entre la gente joven, y también entre los menos jóvenes, a los que les gusta su forma desenfadada y alegre de explicar lo nuevo de una manera vanguardista y accesible que algunos califican de ficción experimental.

No se sabe mucho de su vida privada, lo que permite no desviar demasiado la mirada hacia otra cosa que no sea su literatura. Nació el 24 de agosto de 1962 y ella misma calcula que la concibieron un par de fines de semana antes de la Navidad. Había ya cuatro hermanos, dos chicos y dos chicas, que se llevaban un año de diferencia. Ella fue el inesperado verso suelto al nacer seis años después. Su madre la llamaba su sorpresa, pero de alguna forma les ayudó a mantenerse jóvenes. Debieron de ser una familia feliz; pobre, pero feliz. Tuvo un eczema que le cubrió todo el cuerpo. Sus hermanos le hacían rabiar diciendo que era adoptada y que en el centro de adopción solo quedaban un mono y ella, pero que cuando sus padres llegaron ya se habían llevado al mono. Vivían en Inverness, la capital de las tierras altas escocesas, en una vivienda social en el 92 de St. Valery, junto al canal de Caledonia, que habían adjudicado a sus padres después de la guerra. Él era electricista y, cuando se conocieron, ella trabajaba como auxiliar en las Fuerzas Aéreas. Ninguno era escocés, Don había nacido en Newark, Nothinghamshire y Ann en la parte más septentrional de Irlanda. Hay una foto de la familia, menos la madre que es quien la toma, durante unas vacaciones junto al cartel que anuncia Inglaterra con una Ali de once meses. Más de treinta años después atravesará de nuevo esa blanda frontera para establecerse en Cambridge, poco antes de publicar su primer libro.

‹‹La primera vez que hice el amor con alguien fue con una prostituta en Amsterdam››,  empieza el primer cuento de ese libro. Es una buena frase para iniciar una carrera literaria. A continuación, con esa capacidad suya para convertir lo insólito en dulce, nos cuenta la historia de amor con su primera novia a los dieciocho años que con altibajos se mantuvo durante cinco. Los personajes de esos cuentos, normalmente mujeres, mantienen, incluso en el desengaño, una actitud positiva y su empatía hacia los demás. Huye de los relatos lineales porque la forma de contar es importante, y si lo que se quiere es resaltar la diferencia hay que hacerlo también de manera diferente. Por ese primer libro: Amor libre (1995) recibió un premio. No había que ser muy avispado para ver que allí había una escritora de talento.

Hasta la fecha ha publicado cinco libros de relatos. La historia universal (2003) contiene doce cuentos, uno por cada mes del año, en los que todo es narrable, lo importante es cómo hacerlo. Lo primero es romper las convenciones, como si rompiera la cuarta pared imaginaria que en el teatro separa el escenario de los espectadores, la narradora –o narrador– interviene a cada paso modificando el relato y rompiendo el pacto de verosimilitud con el lector. Están muy presentes las librerías, pero todo cabe: la historia de un pueblo en decadencia por la circunvalación de la carretera; la vanguardia en el arte (casi siempre liderada por ellas); las cartas de amor escritas mientras se está varada en un tren o los delincuentes que acaban cenando una hamburguesa en el bar que intentaban atracar.

En Biblioteca pública (2015), la escritora rinde homenaje a esos lugares que para muchos han significado la oportunidad de engancharse al mundo de la literatura y de la cultura en general, que en sus hogares no habrían tenido. Las dos palabras del título resumen muy bien los conceptos que quiere resaltar: los libros y lo común.

Ali Smith narra desde una voz que puede parecer bondadosa e ingenua, pero que a la vez es incisiva y clarividente, y el contraste la hace muy efectiva. Muchos de sus cuentos reflejan un mundo con amor, un aprecio especial por la gente diferente y un carpetazo a lo convencional.

Antes de escribir todos esos relatos, incluso antes de pensar en dedicarse profesionalmente a la escritura, fue a una escuela católica en Inverness –su madre forzó a su padre a convertirse al catolicismo–, una anomalía en las Tierras Altas de Escocia: ‹‹Me criaron para creer que las cosas podían ser diferentes››. Más tarde estudió lengua y literatura inglesa en Aberdeen. Hasta los veinte años no se decidió a salir del armario, pero desde entonces no ha dejado de defender por todos los medios que la transformación y la renovación siempre son posibles.

Con sus primeras novelas ya tuvo un notable éxito de crítica que celebró que en esos libros sucedieran cosas diferentes en cada página. En Like (1997), Amy, una licenciada en Cambridge, vive nómada por Escocia con su hija de ocho años. Esta descubrirá más tarde los diarios de Ash, actriz escocesa de clase trabajadora que estuvo muy enamorada de su madre sin ser correspondida. Hotel World (2001) contiene cinco historias contadas por personajes, como una camarera de diecinueve años que murió al descolgarse el montaplatos en el que se había acurrucado, una chica sin hogar que pide a la puerta del hotel o la recepcionista que le proporciona subrepticiamente una habitación.

Entre sus personajes abundan niños y niñas, bastante inteligentes, y también viejos. ‹‹Los jóvenes y los mayores››, dice ella¸ ‹‹suelen ser los visionarios más originales porque se los relega al margen de lo cotidiano››. Pero los que más huella dejan son los que parecen llegados de otro mundo para llenar de alegría y asombro la vida de los demás y transformarla de arriba a abajo.

En Accidental (2005) ese personaje es Ámbar. Es la historia de una familia que va a pasar las vacaciones de verano a Norfolk y recibe la visita, o más bien la intromisión de una mujer joven, ángel benigno o exterminador, que se instala en sus vidas con toda naturalidad. Al final de ese verano, además de su casa de Londres desvalijada, verán que sus vidas han saltado por los aires y con ellas toda la hipocresía y mentiras que las envolvía. Ámbar, la chica, les ha hecho felices y mejores personas, pero también les ha mostrado cómo son y cada uno tendrá que cargar con la verdad de su propia vida.



Hay un hilo que atraviesa casi toda la obra de la escritora y es su relación –obsesión, estaría mejor dicho–, con el poeta romano Ovidio. En alguna entrevista ha declarado que las Metamorfosis sería el libro que se llevaría a una isla desierta. Ovidio es el poeta de la fluidez, de la identidad y el deseo, del cambio y la transformación, y además el del imperativo artístico de asumir riesgos estilísticos y políticos.

En muchos de sus cuentos y en sus primeras novelas aparecen referencias a él, pero es en Chica conoce chico (2007) donde ese diálogo se hace más evidente. Es una reinterpretación del mito de Ifis, uno de los pocos con final feliz de las Metamorfosis, un divertido cuento profundamente poético, amoroso y también político. Anthea e Imogen son dos hermanas opuestas que viven en la antigua casa de sus abuelos y trabajan en Pure una embotelladora del agua de las Highlands. Imogen es la hermana razonable; Anthea, la rebelde y transgresora; al final acabaran más unidas que nunca, porque las cosas pueden ser distintas y pueden ser mejores.

En 1985, una vez licenciada en Aberdeen, Ali Smith volvió a atravesar la misma frontera que había traspasado con sus padres a los once meses para cursar estudios de doctorado en modernismo estadounidense e irlandés en Cambridge. Nunca los terminó. Las razones fueron fundamentalmente dos: una que empezó a escribir obras de teatro –y había tanto dinero disponible que era posible representarlas– y la otra que conoció a Sarah Wood, la mujer de su vida, una cineasta que realiza sobre todo documentales con metraje rescatado. Smith se trasladó a Edimburgo en 1990 para trabajar como profesora de literatura escocesa, inglesa y estadounidense en la Universidad de Strathclyde. La experiencia duró poco porque: «Me ponía de pie para dar una clase y me sentía fatal, físicamente fatal». Le diagnosticaron síndrome de fatiga crónica. Un curso más tarde estaba de vuelta en Cambridge, desde entonces se ha dedicado exclusivamente a la literatura.

El 23 de junio de 2016, en plena hola populista, la opción de la salida resultó vencedora en el referéndum sobre la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea. La votación tuvo la virtud de dividir el país en dos y, desde ese mismo momento, Ali Smith se planteó un nuevo proyecto: recoger en un conjunto de novelas la actualidad inmediata y al mismo tiempo la esencia de los cambios y contradicciones que se estaban produciendo. El resultado fue su Cuarteto Estacional.

En Otoño (2016) Daniel Gluck, un hombre centenario que agoniza en una residencia de ancianos, simboliza para Elisabeth, setenta años más joven que él y que ha sido su amiga desde la infancia, parte delo que se pierde en Gran Bretaña con la decisión del Brexit: el cosmopolitismo, la amplitud de miras, el pensamiento crítico, el amor por el arte y la belleza, el gusto por lo alternativo y diferente. Es decir lo contrario a lo que triunfará en la corta mente de la gente en los siguientes años no solo en el Reino Unido, sino en buena parte del resto de Europa y del mundo occidental: el regreso a los valores estrechos, a la discriminación del diferente, al conservadurismo, a la reacción contra la emancipación de las mujeres, al timo de la meritocracia y a dejar la lucha contra la desigualdad en manos de los que menos interés tienen en suprimirla.

Gluck, del que todos piensan que va a morir menos Elisabeth, sueña con pasajes de su vida: el viaje a París con una tal Sofía, los días con otra artista de la que estuvo enamorado y de quien conserva la mitad de una escultura, fotografías y juegos de palabras, (muchos de los cuales, a buen seguro, se pierden con la traducción). Elisabeth tenía ocho años cuando conoció a Daniel, que escribía canciones para anuncios. Con él emprende su educación sentimental e intelectual y aprende a ver el arte con los ojos cerrados. Él lanza su reloj de pulsera al canal para demostrar que el tiempo vuela.

Gluck, nacido en 1915, tenía una hermana que en 1933 vivía en Alemania mientras él lo hacía en Inglaterra con su padre (es una de las muchas adolescentes superinteligentes que aparecen en los libros de Ali Smith) a la que solo veía en vacaciones. Le llamaba su hermano de verano y, como perla, anticipando su corta vida, le dice: ‹‹Lo importante es no perder el tiempo, nuestro tiempo cuando lo tenemos››.

Hay que dejar que cada uno cuente el cuento como quiera. Hay que dejar que cada uno se disfrace (o se transforme) sin miedo. Hay que darles a todas las personas el beneficio de la duda. Zoe, la madre de Elisabeth, también se transforma y encuentra el amor con una antigua actriz de televisión a la que admiraba. Finalmente el viejo señor Gluck, del que todos menos Elisabeth piensan que va a morir,  despierta y lanza su saludo ritual: ‹‹¿Qué estás leyendo?››.

En la tetralogía los parlamentos directamente relacionados con las causas y consecuencias del Brexit y otros acontecimientos políticos se reservan para el inicio de los capítulos. El mensaje es que la alegría y la bondad, una bondad no banal, sino muy relacionada con vivir con libertad, son revolucionarias.

La saga continúa con Invierno (2017) en el que hay humor, ironía, positivismo y fantasía: la mancha que ve Sofía por un problema en la visión se convierte en una cabeza que será uno de los personajes. Hay pasajes dialogados, narrativos y ensayísticos y esa combinación, además de los vaivenes en el tiempo cronológico, mantiene al lector en alerta. Leer a Ali Smith no es fácil, aunque yo diría que tampoco es difícil y, en general, suele ser muy divertido. La escena central de la novela se desarrolla en Cornualles, en una casona que fue comuna hippie, durante una cena en Navidad. Sophia es una mujer mayor ya retirada que fue una activa negociante y empresaria desde su juventud; hacía años que no se veía con Iris, su hermana mayor, una activista medioambiental que ahora se dedica a ayudar a los refugiados sirios que mueren en Grecia. El hijo y sobrino de ambas, Art, un ser inseguro que tiene un blog en la red, intenta aprender a ser auténtico y se presenta en la casa con una novia sustituta que ha contratado para la ocasión (Charlotte/Lux). Cada uno va a su aire, incomunicados y deseosos de dejar de estarlo, todos fingen ser alguien que no son. Más adelante sabremos que Sophia tuvo una historia con Daniel Gluck (el de Otoño) y que la cabeza que ve no es sino la parte que falta de la escultura que posee este. Una farsa plagada de embrollos que al final –como en el Cimbelino de Shakespeare, también presente–, se solucionan.

Las novelas de Ali Smith están llenas de personajes iluminadores, cuya luz irradia sobre el resto de protagonistas y que a nosotros, que estamos leyendo, nos dejan con la boca abierta y los ojos llenos de felicidad. Figuras como Ámbar (Accidental), Daniel Gluck (Otoño), Lux (Invierno) o Paddy (Primavera) nos alegran la vida, la transgreden de buena fe, y nos hacen querer estar junto a ellos.

En Primavera (2019) el asunto aborda el Me Too, de que queremos personas poderosas mandando, de que no queremos la verdad ni información, sino escuchar lo que nos gusta oír. De echar la culpa al extranjero, a los inmigrantes. De que necesitamos enemigos del pueblo; necesitamos clichés; frases sencillas que se nos ofrecen como solución a problemas complejos. Richard, director de cine y televisión, anda perdido por Escocia porque ha muerto su amiga Paddy, su luz y su guía, que lo sabía todo y lo sacaba del apuro. Deprimido, intenta suicidarse en una estación de ferrocarril, pero le salva una niña con un cierto parecido a Greta Thunberg. Junto a ella y otras dos mujeres inicia un viaje por Escocia que lo redimirá porque: ‹‹Con un poco de ayuda y un poco de suerte podemos llegar a ser un poco más que ese algo o esa nada que la historia nos reserva››.

Primavera es un cuento de hadas, una fábula en la que se unen la realidad más inmediata (la persecución a los inmigrantes), la política, la fantasía y la crítica de un sistema, que nos tiene a todos hipnotizados, por el que admitimos cosas que deberían ser inadmisibles. Un cuento lleno de amor y de furia, narrado por una escritora extraordinaria que sabe muy bien lo que hace.

Con Verano (2020) se cierra la tetralogía y en él Smith relaciona lo que ocurre en la historia contemporánea del Reino Unido y la actitud de la gente (ese ‹‹¿Y?›› de indiferencia ante la deportación de personas que habían vivido toda la vida allí), lo relaciona, digo, con lo que ocurrió en buena parte de Europa en el siglo XX, en que ciertos personajes detentaron poderes totalitarios. A través de las ensoñaciones de Daniel Gluck (de nuevo el personaje de Otoño), leemos cómo su hermana salió –con suerte– de la Alemania nazi para atravesar la Francia ocupada y la de Pétain y acabar ayudando a pasar la frontera suiza a miembros de la Resistencia. O cómo él mismo, en el Reino Unido, es deportado (por ser en parte alemán) a un campo de concentración de la isla de Man. Los hilos se van uniendo, las tramas se van cerrando y al final casan los personajes de libros anteriores para enviar un mensaje de lucha y optimismo.

El Cuarteto Estacional es un tour de force, un verdadero hito narrativo, que combina la inmediatez de lo actual, tomado tal cual de la calle pero depurado por el tamiz de la verdadera literatura, y un sinfín de elementos heterogéneos: manifiestos, vidas cruzadas, mitologías, rescates de artistas olvidadas, que componen un collage que retrata con bastante precisión la decadente y confundida Gran Bretaña de esos años, ni más ni menos que una anticipación de la Europa actual.

Esos cuatro libros tuvieron una coda en el siguiente que publicó: Fragua (2022) donde la actualidad también se cuela por las rendijas. Si Verano acababa con el inicio de la pandemia, en este el confinamiento provoca una reflexión sobre el alto coste de la libertad. Aparecen las cuestiones que siempre tienen importancia en las novelas de Ali Smith: las palabras, los juegos de palabras, el arte, el feminismo, el lesbianismo, la transformación, la mitología griega, las luchas sociales, el cambio climático, el anti-Brexit, las vanguardias… Y para el final reserva lo mejor: la historia de la herrera que justifica el título. Una fábula o leyenda de ambiente medieval con uno de sus personajes característicos: la mujer –o mejor, chica– inteligente, distinta, que supera los obstáculos contra las convenciones.

Su última novela, Gliff (2024), es una distopía donde los síntomas sociales negativos que se anunciaban en las anteriores se han hecho ya realidad al estilo de Un mundo feliz. Algunos críticos han querido ver en sus últimas obras una rebaja de las exigencias formales y los riesgos literarios que asumía en las primeras, a costa de la inmediatez y del mensaje político. Quizás los tiempos lo requieren. En cualquier caso la hija del electricista, que a la muerte de este en 2010 se sumió en una tristeza cercana a la depresión, que curaba oyendo ‹‹musicales griegos protagonizados por la evanescente Vougiouklaki››, sigue sabiendo mezclar las trivialidades que todos necesitamos como esparcimiento con los mitos que nos definen como somos.

Seguimos sabiendo poco de su vida. Continúa viviendo en Cambridge con su gran amor: Sarah Wood, a quien sistemáticamente dedica sus libros. De vez en cuando, las dos aparecen en un congreso o una conferencia vestidas con ropas holgadas (chándales rosas y cosas así) como si estuvieran en el cuarto de estar de su casa. Con un lenguaje natural y cotidiano, lanzan ideas inteligentes sobre asuntos que afectan a la gente. Como en su infancia, la escritora parece feliz. Es muy probable que nunca le den el Nobel. Ese galardón cuanto más se anuncia más esquivo se vuelve. En realidad da igual, su ambición siempre ha sido romper la forma en que solemos ver las cosas. Seguirá escribiendo con ese estilo desprendido y a la vez transcendente de abordar los temas. Encontrará nuevas maneras de contar historias, seguirá poniendo en el centro de la discusión lo diferente, lo nuevo, lo que siempre ha estado oculto y lo hará con la alegría inconsciente de la transgresión. Hasta es muy posible que más adelante nos regale una nueva pequeña obra maestra.

 

 




Jesús Javaloyes, Madrid 1957, como Borges está más orgulloso de lo que ha leído que de lo que ha escrito. Entre otras cosas porque de lo escrito todavía no ha publicado nada. A los veintitantos tuvo que decidir entre la informática y la literatura y optó por la primera porque su familia ya había pasado bastantes miserias. Fue programador de ordenadores, como Coetzee, y durante treinta y cinco años se empeñó en sacar adelante la pequeña empresa que había montado. Hace diez pensó que tenía otra vez tiempo y volvió a escribir. Ha frecuentado talleres literarios y escritores con notorio perjuicio para su hígado y enviado algunos relatos a concursos de los que, sorprendentemente, no todos han tenido éxito. Su última novela Los mapas mudos aún no ha sido editada.