Josefa de Óbidos.

Uno de los momentos más apasionantes del estudio de la Historia del Arte se produce cuando, hojeando un manual, aparece una imagen que logra conmoverte. Me ocurrió con Josefa de Óbidos y la Magdalena Penitente creada en 1650. La dulzura, la ingenuidad y una belleza genuina me embargaron. Se encuentra en el Museo Nacional Machado de Castro en Coimbra, Portugal.



Magdalena Penitente (1650). Museo Nacional Machado de Castro en Coimbra.

Un dato que revela la singularidad de la autora, no solo artística, es la forma en la que decidió vivir su vida: emancipada. Será su padre el que le proporciona esta distinción jurídica alrededor de 1663. De este modo, Josefa tiene el control de su vida y de su economía, así como la posibilidad de desarrollar su trabajo sin una figura masculina que lo controle. Es el siglo XVII y encontrar una mujer independiente económicamente no es habitual. Su trabajo le proporciona los recursos suficientes para poseer tierras y una fortuna importante. También se dedicó a cuidar de otras mujeres; conocedora de las necesidades que acuciaban a las hermanas en los conventos portugueses, las asesora para que puedan ser independientes económicamente con la elaboración de dulces y conseguir vivir dignamente con su propio trabajo.

Aunque artísticamente se la conoce con su nombre acompañado de la ciudad donde pasaría la mayor parte de su vida, Josefa de Ayalay Cabrera nace en Sevilla en 1630. De padre portugués y madre española, sus primeros años de vida los pasa en la capital hispalense. Baltazar Gomes Figueira, su padre, acude a la capital desde su Óbidos natal en 1626 para continuar su carrera militar y para mejorar su técnica de pintura. Allí conoce a la que sería su mujer, Catalina de Ayala Camacho Cabrera Romero, noble sevillana. El matrimonio tuvo siete hijos.

Baltazar se aproxima al mundo artístico de Sevilla de la mano de su suegro, quien le introduce en el taller de Francisco Herrera el Viejo, donde se convierte en un discípulo aventajado especializado en pintura de naturalezas muertas. Su hija se forma también como alumna. A pesar del éxito alcanzado, Baltazar contrae deudas y es considerado persona non grata, por lo que decide abandonar con parte de su familia la capital hispalense para regresar a su tierra en 1634. El regreso lo realiza al servicio de la Casa de Braganza, donde continúa su exitosa carrera artística. Josefa permanece al lado de sus abuelos en Sevilla hasta los catorce años, lo que le permitió aprender de grandes maestros de la pintura española y conocer los trabajos de los flamencos del Norte que inspiran su producción. Viaja a Portugal para internarse en el convento agustino de Santa Ana, en Coimbra, en calidad de «doncella emancipada de sus padres», donde permanece diez años. En 1653, se traslada a Óbidos.

Josefa no vuelve a salir de Óbidos; esta peculiaridad, el permanecer en un entorno cerrado sin recibir apenas influencias exteriores, la convierte, según la apreciación del historiador del arte polaco Charles Sterling, en una pintora provinciana, sin que ello reste relevancia a su estilo. Un estilo denominado sui generis por el también historiador y experto en arte Víctor Serrão en un artículo que analiza con detalle la obra de la autora para la exposición de pintura celebrada en 1991 en Lisboa, Josefa de Óbidos e o tempo barroco, en la Galería de Pintura do Rei D. Luís. Estilo singular que la lleva a ser considerada por la historiografía portuguesa como la pintora más conocida del barroco portugués del siglo XVII.


Grabado Santa Catalina de Alejandría (1646). Colección privada.



Grabado San José (1646). Museo Nacional de Arte Antiguo de Lisboa.

 

Sus primeras obras se atribuyen a su estancia en el convento: los grabados de Santa Catalina de Alejandría, hoy en colección privada y de San José, en el Museo Nacional de Arte Antiguo de Lisboa. Ambas datan de 1646. En su hogar, los encargos se suceden y desarrolla su estilo joséfico, «de absoluta individualización» en palabras de Serrão, lo que permite que sus obras sean fácilmente reconocibles. Josefa se convierte en introductora de los bodegones en el arte portugués junto a su padre, un país que atraviesa una profunda crisis y que acoge en sus hogares las obras de la pintora. Crea para cada mes una naturaleza muerta distinta, coronando cada lienzo con dulces y barros, con cerezas, quesos y cerámicas. Bodegones que, posados en la intimidad de las paredes de un hogar, representan temas libres de complejidades y cargados de cotidianeidad. Es la serie de Los Meses (1668), actualmente en colecciones particulares, donde se observan detalles familiares y decorativos.



Junio (1668). Serie Los Meses. Colección particular.


Sus obras se confunden y mezclan con las de su padre durante años, incluso con las de otros autores. Sin embargo, una detallada investigación sobre su obra y su vida aclara las dudas relativas a su autoría. Una obra cuya influencia principal es la formación de su padre, «su único y verdadero maestro» según Serrão. Sin embargo, esas influencias, alejadas del manierismo y próximas al tenebrismo y naturalismo de la época, son asimiladas por la autora con un lenguaje propio.

Instalada en Óbidos, consagra su vida al arte en una aldea encerrada entre murallas. Sin embargo, su paso por el convento de Santa Ana, en Coimbra, que abandona con la lectura de los textos de Santa Teresa, marca profundamente su pensamiento y el misticismo de la carmelita la acompaña en toda su producción. El mensaje se observa en la serie de representaciones que dedica a Santa Teresa de Jesús en la Parroquia de Cascais, Portugal, datadas en 1672. Obras como Santa Teresa inspirada por el Espíritu Santo o La Transverberación de Santa Teresa, muestran la devoción que la pintora tenía por la carmelita. En ellas, refleja su experiencia mística como la ejemplar esposa que fue o la muestra extasiada ante la mismísima Trinidad. Su fortaleza y su pasión unidas para visibilizar la espiritualidad en la oración interior y en la austeridad como el camino que conduce a la libertad y la paz. Con rigor, con el mismo que Josefa encuentra en su trabajo, un oficio aprendido en su hogar de la mano de su padre, un oficio que le apasiona.



Santa Teresa inspirada por el Espíritu Santo (1672). Parroquia Cascais, Lisboa.


Ese misticismo también lo desarrolla en las obras que realiza de la Virgen rodeada por el Niño y otras obras devocionales, piezas que se escapan a la estética imperante donde el dramatismo marcaba las composiciones, y cuya calidad fue cuestionada por los críticos, pero de singular valor y estilo, como los «Meninos Jesus» desnudos y rodeados de flores. La dulzura que impregna a los rostros de los representados le proporcionará el sobrenombre de la pintora de la dulzura una vez desaparecida, una característica que le aleja del barroco realista español. Otra muestra de la belleza de su obra y su singularidad es Santa María Magdalena (1650-1655), conservada en el Museo Nacional Machado de Castro, en Coimbra.



Jesús Niño Salvador del Mundo (1673). Parroquia de Cascais, Lisboa.


El retrato constituye otra faceta en la que la pintora muestra sus cualidades, a destacar es el Retrato del Beneficiado Faustino das Neves (1670), en el Museo de Óbidos, que recibe el elogio de los críticos.



Retrato del Beneficiado Faustino das Neves (1670). Museo de Óbidos.


La muerte de su padre en 1674, deja en profunda soledad a su mujer y sus hijos, en especial a Josefa, con la que compartía oficio y vida, y obliga a la pintora a hacerse cargo de la familia, de su madre y de sus dos sobrinas huérfanas. Como mujer emancipada, renuncia al taller de su padre y abre el suyo propio. Se ocupa de su economía como había realizado desde bien temprana edad e inculca en sus sobrinas el valor de la independencia. Su pintura se impregna de dureza en algunas obras religiosas a partir de esa época. Momento también en el que realiza algunas de sus composiciones más destacadas, como la Sagrada Familia del Museo de Évora, o las dos Naturalezas muertas con dulces y barros del Museo Municipal de Santarém, de ese mismo año.



Naturaleza muerta con quesos y cerezas (1670). Colección particular.


El 22 de julio de 1684 muere Josefa de Óbidos con tan solo cincuenta y cuatro años de edad. Establece que su herencia no caiga en manos de un hombre y su fortuna recae en sus dos sobrinas. Sus restos reposan bajo el altar de Nuestra Señora del Rosario de la Iglesia de San Pedro de Óbidos. Un lugar al que acercarse a caminar por las mismas calles que la autora se inspiró para producir su obra.

En 2015 se acoge en Lisboa, en el Museo Nacional de Arte Antiguo (MNAA) una exposición que recupera la obra de la artista, Josefa de Óbidos y la invención del Barroco portugués. El éxito de público es rotundo. La exposición está conformada por más de 130 piezas (pinturas, esculturas y artes decorativas) procedentes de diversas instituciones nacionales e internacionales. El museo revisa su obra, muestra sus pinturas –muchas de las cuales pertenecen a colecciones privadas– a un nuevo público y las reexamina. Se trata de la autora más eficaz y reconocida exponente del barroco portugués en el período posterior a la Restauración.

Portugal no olvida a la autora luso-española, la tiene muy presente desde su muerte como refleja la amplia bibliografía existente en el país. En el Diccionario Histórico-Artístico de Portugal del conde Athanasius Raczynski de 1847se la incluye con distintas valoraciones sobre su obra; la considera pintora distinguida en España, pero con admiradores aún más fieles en Portugal y resalta su ingenio y su vivacidad expresiva, aunque pone de relevancia un talento de muy bajo nivel. Desde entonces, numerosos autores la incorporan a sus tratados, consolidando su presencia en la historiografía artística.

Serrão resume la esencia de la obra de tan provinciana artista al afirmar que, en el fondo, se trata de una receta hecha de personalismos vehementes, de ternura por las cosas sencillas, de sabiduría original al margen de las escuelas: ese era el secreto y la base del genio de Josefa de Óbidos.






María Tello. Historiadora del Arte y escritora, es colaboradora en el periódico Nueva Alcarria con su sección mensual «El camino de la esperanza» y en el suplemento «Pueblo a Pueblo», así como en la columna «El caballo de Nietzsche» de eldiario.es. Sus dos novelas El Diario de Etna (2021), y Cómo sobrevivir a Gato Blanco (2024), forman parte de su proyecto de vida de defensa de los derechos de los animales a través del arte y la literatura.