«La historia sigue repitiéndose a sí misma,
y cada momento de la vida es el mismo momento,
con más de un nivel de significado».

(Bob Dylan, en The Philosophy of Modern Song)

 

 Por Luis Boullosa

Una de las claves de la vida está, supongo, en «divertirla». Es decir, en divertirse con ella, pero divertirla a ella también. En hacerla diversa para nosotros, incluso en la desgracia. Pienso esto instintivamente, mientras leo nosequé, en el primer día del año, y lo apunto en algún cuaderno. «Pero, ¿qué es divertir, exactamente?», me pregunto después. Del latín, me dicen: «Llevar por varios lados, apartar, desviar la atención». Y de ahí a lo militar, un paso; y a la publicidad, la magia pobre, el engaño. Ah, pero también «dar giro en dirección opuesta, alejarse, entretenerse, recrear». Es decir, llevar la contraria, encontrar sendas nuevas donde supuestamente no podían estar. Y hacer todo esto «recreando», volviendo a crear. Una de las claves de la vida está, entonces, en volver a crearla, sí. Divertirla hasta volver a crearla. Volver a crearla divirtiéndola. Y en consecuencia inmediata, los equívocos y necesarios afluentes y ampliaciones de la existencia misma: el arte, el cuento, el mito, la aventura,  el  amor, si se  quiere. Las vías  fluviales por las  que uno no sabe si  sube  o baja –ambas cosas– pero de cuya utilidad sólo dudan los necios. Las habitaciones ocultas que se abren a ambos lados de uno, como alas desplegadas. Lo (aparentemente) secundario e imaginado como paráfrasis intensificante de lo «real».

Andaba en estas vaguedades mientras terminaba De la estirpe de las amazonas (WunderKammer, 2021), un excelente ensayo de Esther Peñas sobre la figura de las míticas mujeres guerreras, su dudosa pero fascinante historiografía, el peso político de su idea y sus contradicciones y la necesidad, en fin, de reivindicarlas como espacio de pensamiento y acción. Navegaba con gran placer por el libro, que a ratos parecía hablarme, quizá porque Peñas parece compartir mi interés por la mitología como cosa viva inherente; como ficción fructífera, dúctil, creadora: la perpetua mutación y replanteamiento de esos «cuentos sagrados de la tribu» que decía Malinowski: la constante demostración de que lo sagrado es también fluvial, no pétreo.

            «Patrones. Como los mitos o los arquetipos», escribe ella sobre esos cuentos sagrados. «Su función resulta tan esencial para el psiquismo humano como la nutrición para el cuerpo. Ajenos a las categorías de verdadero o falso, los mitos han de considerarse en todo caso como eficaces o no, alentadores (o no) de la madurez de los hombres, en decir del mitólogo Joseph Campbell. Son fórmulas expresivas, como la música, como la poesía. Por eso es por lo que "la validez de la narración mítica es ajena al espacio y al tiempo y es aplicable ahora mismo y en todo lugar"».

 

                                       



            Así –ahora soy yo el que interpreta, tratando de seguir a Campbell y a Peñas– el mito puede vivir, en origen, fuera del tiempo y de la realidad fáctica, pero existe como potencia disponible y como ética posible. Es decir, está destinado –siempre– a ser. Históricas o no sus coordenadas, ha de servir –de modo perfectamente histórico, ahora sí– a nuestro presente. El lector habrá escuchado mil veces aquella frase manida, pero sin embargo significativa: «Si tal fulano/cosa no existiese habría que inventarlo/a». Eso es precisamente lo que hace el mito, a modo de proceso colectivo: inventar lo necesario. Atender a las urgencias psíquicas base del ser humano y hacerlas no ya posibles, sino inevitables en el largo recorrido.

Que las amazonas existiesen como las contaron los antiguos, o como las «encontró» Orellana, importa poco en ese sentido. Que la necesidad de su existencia viviese en ellos y viva en nosotros, y las haya producido por fin, eso sí cuenta. Que hayan llegado a ser reales a caballo de nuestra propia pulsión interna, ese es el asombro y el misterio que es preciso aceptar, pero sobre todo vivir y explorar. En ese sentido, para mí, las amazonas son primero una estirpe psíquica. Luego una realidad que se impone en la historia.

«Linaje de mujeres que por derecho propio disponen su manera de estar en el mundo», escribe Peñas al cerrar el libro: «Seamos parte de ese todo». Es una llamada a actuar el mito, una vez que su realidad se ha hecho imperiosa y tangible. A que su construcción colectiva e individual sea también pública, expresa, con todos los problemas de definición, luchas sociales y debates internos y externos que ello pueda conllevar. Un compromiso que hace que De la estirpe de las amazonas se cierre –hermosa paradoja– a modo de puerta que se abre al nuevo mundo posible.

Mientras pensaba en esa tarea a la que nos invita Esther, y de la que todos podríamos ser parte activa, y mientras las amazonas cabalgaban libres frente a mí, un palmo más allá de la pantalla del ordenador, no pude evitar acordarme de la vez que vi a Patti Smith. Fue quizá por una deformación profesional (cuando se habla de estas cosas suelo echar de menos la música, tan precisa y tan exuberante en lo arquetípico), pero fue, sobre todo, uno de esos momentos en los que la anécdota contada mil veces, algo adornada ya con la especial gracia del olvido, encuentra finalmente su lugar natural en el mundo.

En 2007 fui a ver a Patti a Donosti, acompañado, pero no recuerdo ahora por quién. Tocaba con su banda, Lenny Kaye incluído, en el teatro Victoria Eugenia. Cuando llegamos, todos los asientos habían desaparecido de la gran sala, por suerte –los incendios no se ven sentado–, y el concierto que siguió fue vibrante hasta la extenuación. Me recuerdo maravillado ante la desaliñada y exultante energía vital de aquella mujer, que por entonces ya tenía sesenta años, y por su capacidad para sostener semejante bola incandescente de energía comunal y poesía semi-automática frente a nosotros durante dos horas. Pero el pase fue también excepcional por su misteriosa fluidez anarcoide, mística: entre clásico y clásico, al parecer interesada por la figura de San Sebastián, Patti improvisaba poemas alusivos y divagatorios sobre el martirio del santo soldado –condenado por Diocleciano a morir asaeteado, dice la leyenda–. Al final de aquel glorioso escupitajo de arte visceralmente popular, recuerdo que Patti cogió su guitarra y procedió a usarla simbólicamente como un arco, arrancando sucesivamente todas y cada una de las cuerdas en una especie de inmolación guerrera puramente extática. Para ella y para nosotros. Había que estar muy muerto para que todo aquello no te llegase a la médula, y como no lo estábamos, después del bolo nos sumergimos en la noche tratando de darle sentido a todo, con ganas de más vida aún, y mi recuerdo se pierde en las calles.

Pero ahora, mientras escribo, la estampa vuelve a mí, y la creadora de Horses con su arco improvisado se materializa en la habitación y encarna vivamente a la amazona no ya como posibilidad, sino como logro. La figura viva de una de esas «bellezas atroces» que «mezclan de manera promiscua los estereotipos, encarnan una femineidad ambigua y ensamblan contrarios haciéndolos complementarios», como las retrata Esther en su libro, al hablar de escritoras de finales del XIX y principios del XX.


                              


Por supuesto, el quid de la cuestión no está en que Patti sea una amazona lograda y sagrada, sino en que es uno de los eslabones de una cadena viva en construcción. Y en que nuestro tiempo es el que asiste (en todos los sentidos de la palabra) a esa construcción. Definirla, como leo por ahí, como «la poeta por excelencia del rock» no es más que una genuflexión publicitaria para consumo rápido; un intento de congelación individual de aquello que debe ser comunal. Cualquier florecimiento arquetípico es un logro colectivo, recordemos esto, y por tanto, refuta la mecánica capitalista de simplificación y venta de lo heroico. Aquella noche Patti era –nada más, nada menos– el elemento catalizador de un diálogo a muchas voces. A su espalda, levantándola estaban la idea primigenia y todas las amazonas que la habían antecedido, cada vez más nutridas, más ricas, más dispares con el avance de la historia y la conciencia. Con ella, nosotros, cómplices necesarios del mito en acción, parte de él. Y frente a todos, el futuro.

Suena grandioso, pero os lo advierto: es una cosa relativamente doméstica la mayor parte de las veces, eso del futuro.

Crear el mito. Divertir la vida, en fin. Vagar por sus canales interminables, encontrar las conexiones profundas y bañarse en ellas. Volver renovado del día, que acaso empezó ceniciento pero al que hemos devuelto el pulso a fuerza de ser y de «recrear».

Y así regreso al inicio, a mi idea primera, fluvial y arbórea.

Se puede pensar, castellanamente, sí, que la vida son los ríos, que uniéndose unos a otros «van a dar a la mar, que es el morir». Pero se puede también pensar que la vida es navegación río arriba, y que así los afluentes son «diversiones» de tal río, opciones, preguntas, y que todo ese enramado infinito va a dar a… ¿a dónde coño va a dar?

Solemos entender, por un prejuicio de la cultura visual, que las raíces de un árbol venerable ejercen la gestión nutricia, y que las ramas, con sus frutos, son una consecución final. Sin embargo, tal esquema se podría entender igualmente a la inversa, y entonces hojas y frutos serían quienes alimentan, y el fin último estaría en las raíces que hurgan en lo oculto.

El absurdo de tal confrontación sólo se soluciona combando ambas líneas y uniéndolas para formar un círculo. El árbol y el río son, en esto, lo mismo: un círculo.

Y esa es, lógicamente para mí, la forma poética de la vida.

 

 

 

 

 

 


 

 Luis Boullosa (Madrid, 1975) es escritor y periodista cultural. Ha publicado los ensayos sobre música y literatura El puño y la letra (2013) y Santos y Francotiradores (2016) y ha colaborado con numerosas publicaciones como Ruta 66, El País, La Razón o Revista Paco (Argentina), además de crear la revista sobre cultura alternativa Karate Press.