Entro derrengado en la consulta de atención primaria pública de mi barrio (en Madrid) diecisiete días después de haberlo solicitado. Molesto, claro, porque han atendido delante de mí a gente de Murcia, de Ciudad Real y de una localidad, Vitigudino, de nombre inverosímil; todos ellos de tez oscura que no paraban de hablar a gritos intimando y contándose sus cosas de salud sin el menor pudor, como si no estuviéramos ya en el siglo XXI.

            A lo que iba. Cuando por fin me atiende el médico, me recibe sentado tras su escritorio mirando su pantalla de ordenador; es decir, no me recibe, ni siquiera me invita a sentarme; lo hago yo sin pedir permiso explícito y siento de inmediato que soy un hombre chapado a la antigua, cuando un paciente era un cuerpo identificable y el centro de atención, un centro de atención. Conque ocupo la butaca y espero pacientemente a que me dirija la mirada. Veo que teclea cada tanto con dos dedos y deduzco que está completando alguna ficha o ventana del historial médico del enfermo anterior o algún registro de los que les pone la administración autonómica para asegurarse que ha atendido al número de consultas que tenga asignados por día. Veo sus ojeras asomar bajo sus lentes y compadezco esta profesión que opera mucho, deprisa y corriendo, y que les ha arrancado su deseo de servir a la humanidad y de cumplir con el juramento hipocrático del que ahora abjuran.

            Pero yo todavía siento el lumbago que he combatido por mi cuenta cuando era auténtico dolor; una molestias muy leves en este momento, todo hay que decirlo, porque he tenido éxito con abundancia de calmantes y refriegas de bálsamos. Porque yo he venido esta noche ya por deseo de desquite y para que quede constancia, como se decía antes, para patalear más que nada.

            No termino de esperar y veo que él, sin dejar de mirar la pantalla de ordenador me pregunta en un castellano cacofónico algo como:

            – ¿Qué ‘e pas?

            Lo traduzco mentalmente y empiezo mi narración. Hago gestos y dirijo señales a la zona afectada que él no ve, absorto en su programa. Me levanto un poco la camisa y la dejo en paz porque sigue sin mirarme. Yo hablo y él no me ha mostrado el blanco de sus ojos. Sin embargo, emite un:

            – A àh.

            No sé si es una pregunta, una afirmación de que me comprende o una invitación a explicarme más y mejor. Pienso si a los que ha recibido antes les haría el mismo caso que a mí o si, por ser extranjeros, los habría atendido con más profesionalidad, un oído sensible a las desviaciones del idioma, o más cariño. Me parece que no, que me dispensa el mismo trato que a ellos, y eso me reconforta. Alargo mis explicaciones un poco, no fácilmente puesto que no se me ocurre nada más que decir. Le cuento los remedios que he tomado; me disculpo por automedicarme (contra las recomendaciones continuas de la Administración en todos sus rangos difundidas por medio de cartelería y anuncios de televisión), pero me justifico por la tardanza en que un facultativo me atienda… Creo que esto último le gusta, porque exhala un:

            – A `a aaah.

            Lo interpreto como un: “Claro, claro”. Entonces observo que pestañea mucho, crispándose cada poco tiempo y me quedo callado. Sigo callado un rato más. Sigo callado y él susurra un, evidentemente interrogativo-inquisitivo:

            – ¿M `mmmm eh?

            Al que yo respondo permaneciendo en silencio y esperando. Pasa quizás un minuto, no sé, y al cabo obtengo un pequeño triunfo porque él me explica:

            – Mmm`yagabo… M`m… oento.

            Pero no acaba ni es un momento ni lo siento. Esto lo compruebo pasados, ahora sí, con seguridad tres minutos más porque he consultado el reloj. Mi médico sigue tecleando con su par de dedos y frunciendo los ojos con crispación, sin despegar la cara de la pantalla. Para ese momento he deducido que ya no está completando ninguna ficha ni resolviendo burocracia; está ocupado en otra cosa y yo no termino de ver claro que vaya a atenderme. Miro el reloj. Le concedo aún dos minutos más por cortesía, tiempo en que él ya no abre la boca sino que parece haberse olvidado de mí. Yo también me he olvidado de mi lumbago y de la salita del médico y del médico y de por qué estoy ahí; mi mente divaga por fruslerías y otras preocupaciones como si soñara despierto, luego pienso que el sueño pudo ser curativo en alguna civilización antigua que podrían probar ahora y que, mientras sueñas, interrumpes el mundo y casi no te duele nada porque te deshaces del cuerpo, aunque no, porque permanece ahí contigo siempre igual que una cosa pegada. Entonces me despierto y escucho su teclear nervioso y vuelvo a ver sus ojos tras los cristales de las gafas y su boca que hace alguna que otra mueca pero que no habla nunca. Miro las paredes cubiertas de títulos y avisos aconsejando a la población formas de vida saludables, el esquema de un ojo en sección y el aparato fonador, creo, y otros carteles con nombres que no sé interpretar.

            Entonces, en un arranque de osadía me levanto y me inclino sobre donde está él y veo la pantalla en cuestión. El médico juega una partida en la que dispara contra formas orgánicas extraterrestres amenazadoras y feas. A pesar de que lo he descubierto, él continúa lanzando sus proyectiles con los ojos afiebrados, más muecas en su boca y los dos dedos a la mayor velocidad que puede. La verdad es que no lo hace nada mal. Un verdadero mata-sanos.

            Vuelvo a sentarme y le dijo con voz muy fuerte:

            – ¡Doctor! ¡Está usted jugando!

            Al instante logro que se detenga y me mire. Sus dedos se han quedado colgados del aire, sus ojos se abren tras los cristales, sus muecas son ahora solo una: la boca entreabierta y una salivilla en la comisura izquierda. Traga y responde:

            – Sí.

            Nos miramos. Espero su disculpa, una explicación, algo; no ocurre nada de eso; me mira, parpadea, con un dedo oprime la tecla con la que deja el juego en pausa (digo) y su cara adopta una compostura humana más tranquila.

            – Doctor, llevo aquí un rato –le digo– y usted jugando.

            Parpadea varias veces no sé si porque algo le extraña o para descansar su vista del esfuerzo al que lo obliga el juego dichoso. Luego frunce el ceño:

            – Ya. Claro –me dice–. Gobiernan los socialistas.

            (Se refiere a que ganaron las elecciones autonómicas).

            – ¿Y qué?

            – Los socialistas han llegado a un acuerdo con los sindicatos –me dice–. Los médicos tenemos derecho a jugar veinte minutos al ordenador.

            – ¿Y eso cómo es? –me indigno.

            – Bueno –me explica–, para soportar los ochenta y siete pacientes que tengo que atender por día.

            – Entiendo –trato de burlarme–, muy humano, muy “progresista”.

            – Ajá –me dice–. Es un buen remedio, ha evitado que muchos colegas se den de baja por agotamiento y estrés, por depresión en los casos más graves. ¡Y no estamos como para prescindir de recursos!

            Lo miro con atención y no me parece muy contento. Simplemente es un hombre que se adapta y sobrevive.

            – Pero… –añado yo–, ¿y cuando no están los socialistas?

            – Nos quitan los veinte minutos de juego.

            – ¿Quiénes?

            – Los liberales, naturalmente.

            – ¡Ah, claro! Siempre tan serios –le digo para congraciarme–, con su profesionalidad. 

            – Es otra ideología –me responde.

– Es otra forma de ver el mundo –le digo.

            – Sí –me contesta con media sonrisa, y se encoge de hombros.

            – Pero ustedes –quiero saber– ¿no protestan al perder ese derecho de jugar, con el peligro del agotamiento y del estrés, las depresiones...?

            – Bueno, la verdad es que no. Nos quitan el tiempo de juego, pero a cambio reducen el número de pacientes a ochenta y cinco.

            Nos quedamos callados, cada uno en su función. Yo, de enfermo; él, de médico.

            – Son dos maneras diferentes de enfocar el problema.

            – Ya.