Como le digo, no soy de esos inquietos, de los que desconfían
de todo, aunque le digan que el pescado está fresco o que el pan ha sido recién
sacado del horno. Nada de eso, acepto lo que venga, me limito a hacer mis
cosas. Además, estoy grande y tendré que jubilarme sin que lo quiera en poco
tiempo más, porque -lo estoy sabiendo ahora, por experiencia propia- los
veteranos sobran en todas partes y en el trabajo me lo hacen saber. Lo acepto
porque, como le digo, soy de los tranquilos, de los que se toman todo con
calma, lo que no se puede arreglar hoy se lo hace mañana, no hay mal que por
bien no venga, esas cosas. Y tengo, le digo, poca curiosidad ¿Pero sabe lo que
también tengo? Un sobrino, casi un hijo porque con Pamela lo criamos desde que
era un bebé. Mi hermana tiene varios y lo que siempre le faltó es plata. En
casa, cuando chico, fue como el hijo que nunca pudimos tener. El Tito, que
ahora está grande y vive solo y él sí que es de los que nunca se conforma.
Estudió en la tecnológica, le gustan las cuestiones mecánicas y desde que vino
la computadora y todo ese mundo arrancó por ahí y no se bajó más. Ese sí que es
de los entusiastas y cuando nos visita, porque creo que nos quiere más a
nosotros que a mi hermana, aunque esto es mejor no repetirlo, que haya paz en
la familia, el Tito nos cuenta de todo, que el cambio del clima, que los cuetes
que van para cualquier parte, que la estación espacial, que quieren viajar a
Marte como quien viaja al centro, todas esas historias que entiendo en parte y
que, en realidad, no siempre termino de comprender. El pibe por su parte, bien
que entiende y se ve que es trabajador, en realidad está todo el día metido en
esas cosas raras de la computadora y como gana bien, nos dice, y también lo
demuestra, a cada rato cambia el auto y nos trae regalos y cuando nos ve medio
vacilando con la plata hace como si nada y le pone a Pamela sus pesos en el
bolso. Bueno como no hay otro, el Tito. Ya le dije, nos trae regalos. Mi Pamela
le dice que no gaste sin necesidad, que cuide el dinero, que ahorre, y él dice
que sí, pero no va que un día nos cambió la heladera y después el lavarropas.
Un día a mí me regaló una gorra cara, de las que venden en el centro, y otra
vez se vino con un coso grandote, como si le dijera un horno, pero no era horno,
un no sé qué de metal, brillante, no sabés cómo te vas a divertir, me dijo el
Tito. Y me explicó cómo había que usar al coso ese al que llamó don o gron.
Algo así. Son esos aparatos que vuelan, como eran los avioncitos de control
remoto, pero este es más grande, hace poco ruido, y viene y te muestra todo si
se lo pone una cámara y uno lo sigue por el televisor. Todo eso tiene otros
nombres, pero está escrito en yanqui y eso es demasiado para mí Así que me
trajo el don o el gron y me llevó al patio y desde ahí lo puso en marcha y el
bicho se subió solo al cielo y se mandó mudar. Nosotros lo miramos todo por el
televisor y yo le decía al Tito mostrame el agua y el bicho derechito al agua
donde también están los puentes. Y que la municipalidad y que la casa de
gobierno y que la obra de los tribunales y la avenida tal y la avenida cual y
el bicho iba y volvía, dentro de la ciudad y después la otra ciudad y la otra y
la otra. Así hasta que nos cansamos. Usted me mira y no me dice nada, porque
sabe que me falta contar algo. Me doy cuenta, veterano sí, pero no tonto ni
atontado. Sí, tiene razón, fue cuando le pedí al Tito que me mostrara el pasto,
los animales, esas cosas. Y, lo que nunca, porque ahí podría decir que el pobre
me falló. Aunque no está bien que lo diga así, porque el muchacho hizo cuanto
pudo. Le cargó la batería al máximo posible, lo mandó de aquí para allá, de
allá para aquí y más allá y más allá y más allá. Pero nunca aparecía. Nunca
apareció, la verdad. Y eso no lo entiendo, porque aunque a veces no hay tanto y
todo sale caro y demasiado caro, haber hay. Hay pan y hay leche y hay naranjas
y hay bananas y hay mermeladas y hay aceite y hay uvas y hay aceitunas, de todo
hay. Pero lo otro no. Debe estar fallando el aparato, le dije. Tito ya había dejado
de dar explicaciones, ni me contestaba. Tozudo como la madre se dedicaba a no
responderme y a hacer volar al aparato. Pero lo que veíamos en el televisor era
siempre lo mismo: las casas, las veredas, las avenidas, los edificios, las
casas de departamentos, y las rutas y las autopistas y las carreteras como
también le dicen y los autos y las motos y los colectivos y las bicicletas y la
muchísima gente haciendo sus cosas y más avenidas y más casas y más personas.
Pero ni así, ni así, le digo. Nada. Nada de vacas y chanchos, ni ovejas ni
perros ni gatos y ni maíz ni trigo, ni soja ni algodón, ni arboles ni caballos.
Ni así. Hasta que un día algo le pasó al don o al gron que se nos perdió de
vista, como si fuera un pajarito al que hubieran bajado de un tiro. Y fue ahí
que el Tito se equivocó porque se subió a la moto, me dijo lo busco y vuelvo y
se rajó hacia no sé dónde. Y no lo sé porque desde ese momento hasta ahora
mismo no lo vimos más. Pamela está como loca, la madre llama y llama y yo no sé
qué decir ni qué hacer. No uso el teléfono por las dudas quiera comunicarse,
pero el Tito no llama y nadie dice nada en la policía. Nos miran, nos escuchan
y se quedan callados. Por eso le cuento esto a usted que vino a verme y me
pregunta sin preguntar y yo no sé qué contestarle ni contarle. A lo mejor usted
sabe más y por eso, si me permite, le hago tres preguntas: ¿sabe algo sobre el
Tito? ¿Hasta dónde llega la ciudad? ¿Tiene idea de dónde se escondió el
campo?
Tiene su blog: https://morannoticiasdesdeelsur.blogspot.com.ar
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