El ensayista Peter Sloterdijk trata de ofrecer una descripción de nuestra sociedad occidental en su trabajo Gris. El color de la contemporaneidad (Siruela, 2024). Ahí plantea que nuestros estados modernos han constituido un ámbito social y cívico de concordia que hemos aceptado, asumiendo para ello una vida de tono gris, exenta de tensiones e iniciativas que pudieran poner en riesgo la convivencia y nuestra tranquilidad. El Estado realizaría “progresivas neutralizaciones hacia dentro, a las que pertenecen la liberalidad, la libertad de ciencia, la libertad artística y la libertad de expresión; todas ellas libertades entendidas en su juego conjunto como fluido de una concepción civil de vida política”. Y, en correspondencia, los ciudadanos mostramos una “inclinación hacia el medio y la medida media […] Esta postura que elude los extremos, poco inclinada a la decisión, inquebrantablemente no radical, lleva tradicionalmente el nombre de «tibieza»; a menudo va unida a una preferencia por la vida privada sin política”. “El yo moderno […] ha surgido de las largas marchas de seres humanos occidentales hacia la banalidad armoniosa”. Sloterdijk no parece lamentarlo, al contrario, parece considerarlo una conquista civilizatoria.

            Su diagnóstico creo que nos permite entender mejor el contraste entre los discursos de Eduardo Mendoza (https://www.youtube.com/watch?v=_uJDEZGLM0Y) y Byung-Chul Han (https://www.youtube.com/watch?v=fff7k_sWR7c) pronunciados en el acto en el que ambos recibieron el Premio Princesa de Asturias en noviembre de este año.

Eduardo Mendoza, en una intervención salpicada de humor y bonhomía que provocó sonrisas en su auditorio, y en la que se calificó de: “vago, malgastador y un poco golfo, tres cosas malas en sí, pero buenas para escribir novelas”, dijo textualmente: “Descubrí que Barcelona tenía […] un interesante pasado turbulento y criminal del que me apropié para escribir mis novelas”. “Alguien me ha llamado proveedor de felicidad. Es el mejor elogio que he recibido en mi vida y me gustaría que fuera cierto […] pero si alguna felicidad he dado a mis lectores, ellos me la han devuelto con creces con su lealtad, con su complicidad y su cariño”. Y añadió: “No me gusta el mundo tal como lo veo hoy en día. Quizá porque he tenido la suerte de vivir una larga etapa excepcional de relativa paz, estabilidad y bienestar”. “Los años me han hecho valorar, sobre todas las cosas, el respeto; y, si algo me han enseñado, es que todo es relativo, o quizá no”.

Byung-Chul Han, escuchado con circunspección, se definió como filósofo, heredero de Sócrates, cuya función “sería agitar a los atenienses y despertarlos, criticarlos, irritarlos y recriminarlos igual que un tábano pica y excita a un noble caballo”. Añadió: “También mis textos de crítica social han causado irritación, sembrando nerviosismo e inseguridad, pero al mismo tiempo han desadormecido a muchas personas”. Y recordó algunas de sus tesis: “la ilimitada libertad individual que nos propone el neoliberalismo no es más que una ilusión. Aunque hoy creamos ser más libres que nunca, la verdad es que vivimos en un régimen despótico neoliberal que explota la libertad”. “Lo social se está erosionando. Perdemos toda empatía, toda atención hacia el prójimo”. “No somos libres, sino que, más bien, nos arrastramos de una adicción a otra, de una dependencia a otra. Nos invade una sensación de vacío. El legado del liberalismo ha sido el vacío. Ya no tenemos ideales ni valores con que llenarlo”.  

El intercambio de felicidades que propone Mendoza como ideal para su creación literaria y la misión desestabilizadora de Han para con sus lectores chocan como alternativas irreconciliables. La duda casi frívola sobre la relatividad del pensamiento y la apelación al respeto se estrellan con la posición de denuncia del filósofo de la vacuidad de nuestras vidas y el egoísmo rampante. Pero sus posiciones no se explican del todo fuera de la sociedad que vivimos y que nos presenta Sloterdijk. Es fácil de ver que, en el seno de una sociedad neutralizada y gris, una contribuye a apuntalar ese orden establecido y el otro preconiza una transformación humanizadora. Leer es una decisión libre que nos compete: el cuándo, el cómo y el a quién. Y también el para qué.