Durante años ¿o
quizás décadas o incluso siglos?, casi nadie se había
fijado en aquel apartado rincón de la provincia de Salamanca, la comarca del
Abadengo.
Sólo la idea, por
parte portuguesa, de servir de lugar de paso para exportar sus productos,
supuso un cierto despertar de su letargo. El progreso venía de la mano de un
medio de transporte que parecía traer el futuro inmediato, la modernidad: el
ferrocarril.
Capitales
franceses y lusos se pusieron de acuerdo para acercar la rica producción
industrial y vinícola de Oporto al resto de Europa, para lo que pensaban unir
esa zona del mapa de la Península Ibérica con París y el resto del continente
–incluido Londres– sin pasar por Madrid, esquivando así los obstáculos que la
poderosa Compañía del Norte ponía a esa posible competencia a su ruta estrella,
Madrid –Irún.
El trazado,
bordeando más o menos el Duero desde su desembocadura hasta Pinhao, donde a día
de hoy acaba su recorrido, no reunía especiales obras, si se exceptúan los
túneles de Tapada y Juncal. El primer objetivo, comunicar la apartada región de
Tras os Montes con Oporto, se había cumplido. El siguiente paso, lograr la
conexión de esa línea del Duero con la red ferroviaria española y, de esta manera,
evitar el aislamiento, fue el próximo anhelo.
Con este
propósito, bancos portugueses pusieron el dinero para hacer llegar el tren a
Salamanca. Tras presentar el proyecto, comenzaron las obras: se necesitaba
salvar el paso del río Agueda y luego ascender desde los 136 metros sobre el
nivel del mar de Barca d´Alva hasta los 463 metros de altura de Valdenoguera,
una pedanía del ayuntamiento de La Fregeneda, ya en territorio español. Una
obra para la que eran necesarios construir, a lo largo de 17 kms., nada menos
que 20 túneles y 13 puentes, por lo que fue definida como “ingente, de una
hermosura incalculable y de una endiablada perfección técnica”, lo que explica
el carácter épico de este paisaje con historia.
El 31 de agosto
de 1883, el ingeniero polaco-francés Wesolouski dio la orden desde Hinojosa del
Duero para que explotaran más de 1000 barrenos e inaugurar oficialmente los
trabajos.
La llegada de
ingentes cantidades de trabajadores, gallegos y portugueses sobre todo –hubo
concentraciones de hasta 3500 obreros en algún momento– removió totalmente la
vida social, económica y vital de toda la comarca, además de cambiar el
paisaje. Desde el principio, las relaciones entre los trabajadores o “carrilanos”
–una palabra que permaneció en el ámbito rural de la zona– y los lugareños,
fueron conflictivas: sueldo, trabajo, costumbres, hábitat eran diferentes y
hasta contrarios. Las deficientes condiciones higiénico-sanitarias, el
hacinamiento, la explotación de algunos de los naturales en relación a la
vivienda, motivaron reyertas, peleas e incluso muertes.
En 1884 se
produjo una epidemia. Por fortuna, la llegada de don Cristino Cebrián, militar,
profesor de universidad y médico contratado por la propia empresa, la compañía
SPF: “Sociedad Financiera de París”, fue providencial: decretó, tras consultar
con el Gobierno civil de Salamanca, la suspensión de las obras durante un mes,
en contra de los intereses de quien lo había contratado; además, abrió un
Hospital de campaña, decidió urgentes medidas higiénicas y mandó construir un
nuevo cementerio –el actual– para dar sepultura a las víctimas.
Un año más
tarde, el cólera, las dolencias intestinales y otras enfermedades que se
propagaron entre los obreros produjeron gran cantidad de fallecimientos, a los
que hay que sumar los debidos a los accidentes de trabajo (dos que, en febrero
y en junio de ese año, provocaron más de treinta muertos ), producto en gran
medida por la ausencia de normas de seguridad (sobre ello, existen datos que se
hallan recogidos en las anotaciones de los archivos municipales de La Fregeneda
e Hinojosa del Duero, sobre todo ).
Finalmente, el 9
de diciembre de 1887 se inauguró el servicio ferroviario con el “beso” de las
dos locomotoras, una de cada país, en el puente oblicuo internacional –con
hueco incluido para poder ser volado en caso de invasión– sobre el río Agueda,
muy cerca de su desembocadura en el Duero. Atrás quedaba el trazado de una
línea alpina, un recorrido impresionante y una de las mayores obras públicas
realizadas en España.
La línea, sin
embargo, ya desde el principio de su explotación comercial, no cumplió las
expectativas. Aunque durante algún tiempo fue “Sud-expreso” entre Lisboa y París,
los tráficos tanto de personas como de mercancías no alcanzaron las cantidades esperados,
y eso que, durante la Segunda Guerra Mundial, sirvió como medio de transporte
para el wolframio que suministró Portugal a la Alemania nazi.
Durante décadas
del siglo XX, el mantenimiento de la línea fue mínimo; finalmente, el 1 de
Enero de 1985, se decidió su cierre por parte española, quedándose a solo dos
años de cumplir su centenario.
En el año 2000,
el tramo de 17 kms. desde La Fregeneda a la frontera fue declarado Bien de
Interés Cultural, lo que le otorga un especial nivel de protección, siendo a
día de hoy la única vía ferroviaria que lo posee. Gracias a esa distinción –con
el imprescindible empuje de Asociaciones de la zona– se ha logrado que en la
actualidad, tras su rehabilitación, sea una importante vía senderista que nos
permite recordar su accidentada historia.
P.D. Don Miguel de Unamuno fue durante
años miembro del Consejo de Administración de la empresa del Ferrocarril
Salamanca–Oporto, con voz pero sin voto, lo que le permitió viajar gratis por
esa línea a él y a su familia, de lo que hay constancia en alguno de sus
libros.
Sugerencias y agradecimientos:
-
GONZÁLEZ
EGIDO, Luciano, Los túneles del Paraíso,
Tusquets
-
Caminode
hierro.es
-
“Aspectos
sociales durante la construcción del ff.cc. a Barca DÁlba entre 1883 y 1887”. Salamanca. Revista de estudios nº 60, 2015, pp.171-188
Juan Guridi
Me gustan los detalles, los trenes de otras épocas, las historias que parecen pequeñas, el Norte, la vida.
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