El asiento del copiloto en el que te sentabas siguió conservando
tus formas durante años. Aquella imagen era como una corazonada, el relieve de
aquel cuerpo alto y ancho que nunca más iba a ver.
En la vida, vamos dejando rastros, olores y gestos, expresiones
y actitudes. Nunca más abrirías la puerta del acompañante, nunca más te vería
entrar al coche con mucho cuidado. No volvería a oír aquella voz dulce y
aquella
risa contagiosa.
A la vida le hacíamos frente con gran comicidad. En cierta
medida, nos ayudaba ese punto de desvergüenza que nos daba la irresponsabilidad
de la juventud.
Cuando en el taller me dijeron que tenían que cambiar aquel
asiento, yo ya sabía que, con él, iba a desaparecer toda una época. Aunque hacía
años que no te veía y no estaba contigo, de alguna manera te sentía a mi lado.
Preguntaba a mi madre si te veía por Santesteban. Fui un cobarde,
un resentido. Un descuidado.
La silueta dibujada en el asiento del copiloto te mantenía, de
algún modo,
a mi lado; aunque, para entonces, ya te habías ido.
**
¿HAY suficiente luz para recordar? ¿Puede guiarnos la luz que
brilla puede hacer llegar algún mensaje? Y si, de repente, deja de iluminar, ¿se
apaga todo, incluso el cuerpo? ¿Tiene interruptor el cuerpo? ¿Cómo encender un
cuerpo que, hace generaciones, perdió su intensidad? ¿Hay algo que nos indique
desde dónde y cómo? ¿Un mínimo
gesto, alguna luminiscencia? ¿Sabrás atrapar rayos de luz con la mano? ¿El
sentido de la vida? ¿El eco y los murmullos de la memoria? ¿Recordar nos
encadena a la vida? ¿Rememora es una forma de empapelar los muros del pasado? ¿Somos
luz? ¿Memoria? ¿Únicamente la
transitoriedad de momentos concretos? ¿Acaso somos lo que queda de lo que
quisimos ser? ¿Nada más que el eco repetido del pasado, previamente grabado, que
no conseguimos silenciar?
**
A MENUDO, los gestos más profundos siguen en pie durante años, décadas,
en los baúles de la memoria o en la extinción derivada de su olvido, como si
algunos acontecimientos no hubieran tenido lugar.
Me envía mi madre la foto de una postal escrita por mi padre. Mi
nombre aparece escrito en letras mayúsculas, tras un «Srto.».
En el texto alterna mayúsculas y minúsculas. En la foto puede
leerse: «Maison du pêcheur sur la rivière en Kerdruc». Es de la época en que
trabajó en Bretaña.
En la medida en que la literatura es un ejercicio de reescritura
de la realidad, dar con estos guiños y expresiones nos ofrece una perspectiva
distinta:
ASiEr CoN eL mAyoR cAriño Te ManDo esTa PosTal
TaL coMo Te gustA El mAr Los ÁrBoLes lAs FloReS
La CaSa
Te MaNdo Mil beSos AdióS mI CHaval
HasTa pRonTo
PaTxI LaRRetXea.
Durante años he buscado gestos de amor de mi padre, tal como él
me los mostró años atrás, si bien el tiempo y la distancia los desbarató.
Él estaba esperando que mi madre los volviera a encontrar entre
papeles y restos.
*
¡CÓMO
se le ilumina la cara a mi padre cuando me sostiene sobre el tronco! Ambos llevábamos
jerséis de algodón. Su
perfil es más rígido que el mío.
Mis mejillas reflejan el rubor de aquellos atardeceres. Ver cómo su hijo de
seis
años
levanta por primera vez una pequeña hacha suscita su alegría.
Con la
mano derecha, mantiene firme mi muslo izquierdo. Con la otra, me señala el
cielo, como si quisiera indicarme los nombres de las constelaciones, que ni
siquiera en las noches más oscuras necesitó conocer para orientarse.
Su
dedo es una flecha directa hasta el horizonte.
Con el
pasar de los años aprendí que, para seguir cortando el tronco, había que cambiar de hacha. La que se usaba
para cortar astillas grandes era más afilada. La tajadura
era siempre más profunda. El cambio de hacha se realizaba siempre cuando la
incisión en la madera iba cerrándose, mientras la arquitectura de los hachazos
buscaba el corazón de la materia. El equilibrio sobre el tronco era
fundamental. Los dos lados del corte se encontraban
siempre.
Igual
que en la vida, si nos enfrascamos estrictamente en una única vertiente de un
pensamiento o de una concepción, nunca entenderemos la otra. Si deseamos que haya
un encuentro, debemos facilitar un giro y un acerca-
miento
de las partes.
Mi
padre y yo hemos vivido así durante años. Cada uno
concentrado en sus propios golpes interiores. Cada cual atizando sus golpes
cerrados.
Los
dos, incapaces de llegar a esa otra parte de la madera. Extraviados a causa de nuestra
propia bruma, no hemos sabido partir por la mitad ese nudo de madera seca de
nuestro interior.
Los
hachazos de cada uno han dado lugar a diferentes melodías en esos bosques interiores de nuestro pasado.
Traducción de Gerardo Markuleta
Hasier Larretxea (Arraioz, Valle de Baztan, Navarra, 1982) reside en Madrid desde hace
muchos
años. Escritor
bilingüe en euskera y castellano, desarrolla una obra que
transita entre la poesía y la narrativa, explorando las fronteras entre lo íntimo, la memoria y el territorio.
En poesía, ha publicado Sua itzaltzen bada (Susa,
2025), Hijos del peligro (Candaya, 2023), Hezurrezko kaiolak. Amaiurtik konstelazioak (Amaiurko
Gaztelu Elkartea, 2022), Otro Cielo
(Espasa, 2022), Ihes baten
lausoa(Balea
Zuria, 2021), Quién diría, qué…
(Pre-Textos, 2019), Batzuen
ametsak bertzeen zelai zulatuak dira (Pamiela, 2018), Meridianos de tierra (Harpo Libros, 2017), De un nuevo paisaje (Stendhal Books, 2016), Niebla fronteriza (El Gaviero, 2015), Atakak (Alberdania, 2011) —traducido al castellano como Barreras (La Garúa, 2013)— y Azken bala/La última bala (Point de Lunettes, 2008). Además, participó en el proyecto "Te cuento" con la historia
de Pulgarcito,
acompañando las imágenes del fotoperiodista Clemente Bernad (Alkibla,
2015).
Su trabajo narrativo
incluye Idaztea gibelera zenbatzen
ikastea da (Alberdania, 2024), su traducción al castellano: Escribir es aprender
a contar hacia atrás (Alberdania,
2025). También ha publicado El
lenguaje de los bosques (Espasa, 2018) y Larremotzetik
(Erein, 2014).
Desarrolla un trabajo
performativo que empezó fusionando la literatura con los sonidos del deporte rural vasco
(hacha, piedra, sierra), elementos de la vida rural (nueces, cencerro) y música electrónica. En estas propuestas ha colaborado
con su padre Patxi —deportista rural de gran trayectoria—, su
madre Rosario y su marido Zuri. Ha participado en destacados festivales
literarios como Loraldia, Barcelona Poesía, Eñe, Periferias y Vociferio, así como en espacios teatrales como Conde Duque o el Teatro del Barrio en Madrid.
En 2025, está celebrando el décimo aniversario de la publicación de Niebla fronteriza con lecturas donde además del acompañamiento de la música electrónica de Zuri, se han incluido elementos
visuales como fotografías, vídeos e ilustraciones. Han llevado a cabo estas
representaciones en la sala El Mirador de Madrid, en la Biblioteca General de
Navarra o en el VIII Foro de Cultura y Ruralidades celebrado en
Lizarra-Estella.
Diplomado en Trabajo
Social, ha trabajado durante quince años como educador y trabajador social en
el ámbito de la salud mental en atención directa.
En la actualidad, en
colaboración con el Departamento de Memoria, Convivencia, Acción Exterior y
Euskera del Gobierno de Navarra, desarrolla el taller literario y terapéutico
"Palabras que sanan" en diferentes bibliotecas navarras.
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