En su último poemario, Amanece en desorden (La nube de piedra, prólogo de Lurdes Martínez), el cantante de Los4Señores y miembro del Grupo surrealista de Madrid, Manuel Crespo practica ese abajamiento místico de quien se abre, como una vulva a punto de alumbrar el misterio, a la escucha de lo otro, del otro. No habla de sí, deja que lo que le habita y le desborda la mirada (también la interior) hable por sí. De una belleza estremecida, con hechuras de druida vocacional, estos versos conjuran la autenticidad de la inocencia. 


Por Esther Peñas

Entre un amanecer en desorden y el desordenado amanecer, ¿qué bujía se prende?

Empleo el término «desorden» en el sentido de que estos poemas están suscitados ante el estupor y el encantamiento que, en ocasiones, cuando la mirada se desliga de lo que según la luz del hábito debería ver, se vuelve contemplativa. Hay entonces una escisión del mundo de la costumbre mediante el fulgor en la que el objeto no se contiene, no se retiene, sino que se desborda. Lo real no es algo dado, acabado, irreversible, sino un proceso en el que interviene el deseo y la dislocación, y en esos momentos se verifica un ensanchamiento de la realidad.

¿Qué ánimo se imprime si amanece en desorden?

Se da vértigo y desgobierno, la desazón, a medias exaltante y angustiosa, de no estar protegido por la personalidad y la rutina. Son instantes muy breves en duración, pero enormes por cuanto se abren a una relación privilegiada con el afuera. Cabe decir que esta manera de mirar no es exclusiva de nadie, sino una facultad de todo ser humano.

«El grito de la flor apaga el raciocinio». ¿En qué casos conviene silenciar la razón?

Es necesario arriesgarse a la pugna con lo real, buscando ahí la intuición, la contemplación absoluta. Es en lo material y singular donde late el flujo misterioso de una vida que no se contiene en la definición, que escapa a la palabra que pretende apresarla. Gracias a ese afectuoso mirar nos es dado acceder a lo sobrenatural, entendido esto como lo maravilloso profano, a la realidad enriquecida, más real por cuanto excede su apariencia.

«Al crecimiento de la planta concederé mi llaga». ¿El poema prefiere la llaga a la cicatriz?

El poema es un testimonio, una pista, el resultado aproximado de una experimentación con lo existente. Movimiento dialéctico, espiral que va de la mirada alucinada, una mirada ávida, que busca lo sorprendente, que singulariza lo mirado para que esto, a su vez, aporte a la mirada un resplandor, una inédita apertura, una tensión que es urgente atrapar mediante la herramienta de la palabra, si nos referimos al poema escrito.

Intuimos la cercanía de un misterio que queremos aprehender, abrigar, poseer en nuestro seno, darle a luz, pero que por su esencia indómita huye y nos deja solo el halo, un balbuceo. Esa es la llaga, la cicatriz, si se quiere, aquella insuficiencia que queda escrita, que nada es frente a la tensión de la vida pujante.

Porque el lenguaje no es eficaz para retener ni definir esa fosforescencia apenas vislumbrada, esa sospecha de que el mundo es más mundo del que la rutina nos permite habitar. El lenguaje es también obstáculo, mentira, barrera infranqueable y único instrumento a nuestro alcance. Es el balbuceo del canto de Juan de la Cruz.

¿Qué instinto guía al que busca?

Se busca porque se sabe que se nos ha usurpado la vida. Ya lo dijo Rimbaud: «La verdadera vida está ausente». Así pues, es imperativo apartarse de lo trillado, evadirse del adocenamiento, del ocio programado, de la servidumbre y entregarse a lo dado en el momento. Y de esta dificultad es culpable un sistema económico que nos esclaviza, que usa nuestras vidas en pos de un beneficio económico para unos pocos, que además son cretinos y lo usan para mandar al espacio cohetes fálicos que explotan.
Hay que acaparar lo que nos circunda, por modesto que sea, y acogerlo. Una hormiga es mucha hormiga, y un gorrión también, y en cada ola caben universos. Entonces, modestamente, hay que corresponder a esas presencias y sacar fruto de su propio ser, preparar la mirada hacia el deseo de dar paso y cabida a lo fecundado, que nos arrebata. Materializar nuestros anhelos y gozos, llevarlos a la práctica, hacer que aparezcan.

¿Qué música se escucha en la arquivolta de una «revolución de espuma»?

En el poema del que surge la pregunta son las olas, rugientes y desmemoriadas, quienes en cada vaivén lanzan un alarido que pretende ser perenne, pero que, como la espuma que las corona, se desvanece para resurgir al instante.

Pero revolucionarios en el sentido de revolver, de reiterarse con infinitas variaciones, son también los sonidos propios de una mañana que pueblan los poemas: la brisa en el ramaje, el bramido de las olas, la estridulación del grillo, los susurros de las frondas, el iracundo piar de los gorriones…

¿Cómo reconocer la vida entre tanto sucedáneo, entre tanto amor barato, entre tanta dispersión y estímulo hueco?

El grupo surrealista de Madrid lleva años refiriéndose al «materialismo poético» como modo de práctica vital de la poesía. Este no es un concepto cerrado en absoluto, porque abarca aquellas prácticas de la poesía por cualquier medio que se muestren capaces de transformar la realidad más adocenada, esa baratura y vacío del que hablas, e instaurar un grito de júbilo en la costumbre paralizadora.

Materialismo poético en la que lo material late y es potencia. Materia viva e indómita, grito inmediato.
Es decir, la poesía no es una creación mental, un reducto técnico para embellecer el lenguaje. No son fuegos artificiales. No son ocurrencias ni ideícas de onanista versolari. La poesía se da en una experiencia cierta y verificable. Se da en lo sensible, debido a la posibilidad de percibir estímulos a través de los sentidos, de hacer de ellos vía de acceso. Por eso es materialista. Y ahí, en esa manera de relación activa y deseante, puede explorarse la vida.

«Conmueve lo que no está en parte alguna/ ni se define tras un contorno». ¿Detrás de esto galopa, a tientas, el deseo?

Lo que se verifica en esta conmoción es cierta nostalgia de una pérdida de relación con lo verdadero, una relación adánica con la naturaleza. Uno presiente que la realidad pudo y puede ser más ancha y honda. Nos ha sucedido a todos en la niñez. Nos sucede cuando nos enamoramos.

Entonces, se trata de querer recuperar esa experiencia, verificarla con la mirada, el tacto, el oído, ante la sospecha de que nuestro territorio meramente onírico e imaginativo ha sido ya colonizado y quedó atrapado en la planicie esteparia de las pantallas, reducido su fulgor a un halo de luces led. Dejad de lado la poesía como creación puramente mental y confrontarla con la piedra de toque de lo que siente y padece.

Si «lo completo atonta», ¿qué provoca lo inconcluso?

Lo inconcluso, lo inacabado e inabarcable forma parte de la aventura. Cuando nos aproximamos al mundo como exploradores comprobamos que no es un coto cerrado.

Podemos distinguir entre lo Real y la realidad, siguiendo la teoría de Lacan. La realidad es un relato, el esquema de nuestra existencia. Ahí escogemos lo que percibimos en función de nuestro interés y comodidad. Pero existe lo Real, aquello indómito que irrumpe por sorpresa alterando nuestra cotidianidad y que tiene capacidad de emocionarnos.

¿Qué contiene la pregunta acerca de la identidad?

La identidad es resbaladiza, difusa. Sin ninguna duda «yo» es también «otro».

Lo que «aplaude en el centro», ¿llega hasta la raíz? Entre el «porvenir» y el «pretérito», ¿qué nos jugamos?

Entre ambas abstracciones temporales está el ahora, lo que se da en el momento, el rayo iluminador.

El sustento, «se lo da uno a sí o se nos es dado?

Ambas cosas suceden. Es poeta quien anhela, quien respira jadeante, quien en vez de parapetarse en su escritorio, actúa hambriento a cielo descubierto y alberga lo que ve sin cálculo, sin que la razón encasille la agreste percepción. La sensación aspira a ser fenómeno, hecho; circunda lo sucedido, aunque no lo apresa, porque el ser poético es incomprensible y porque la palabra llega con posterioridad; si llega, que a veces no hace falta.

Y nos es dado porque hay un misterio latente en el terreno que no se puede decir, que es de un modo prelógico y en la narración, desvanece. En el poema queda, a lo sumo, su aureola fulgente. Queda en el poema la aparición excesiva de algo impreciso, el pálpito de lo vivido como acontecimiento crucial. No «cantar a la rosa» sino «hacerla florecer en el poema».

«No se nombra el color,/ nada obedece al restaurarse la mañana». ¿Qué acatar apasionadamente, qué voz obedecer como imperativo vital?

Creo que se debe obedecer a un proyecto de vida que intente habitar el mundo de una manera poética. Y sucede cuando experimentamos, de modo alquímico, el exterior. La experiencia de la exterioridad es una preocupación fundamental y otro de los intereses importantes para el Grupo surrealista de Madrid. Consiste en conectar de manera afectiva y activa con el entorno. Se trata de propiciar el surgimiento de lo maravilloso, entendido esto como un hallazgo singular dentro de la realidad, que por su irrupción consigue dislocar y exceder esta realidad racional. Es un fogonazo único e indefinible que hace delirar, y que presagia otra manera de existencia mucho más fértil de lo que posibilita la tarea del hombre sometido a los trabajos asalariados en la cuerda de presos del capitalismo inclemente.

Vincularse al afuera, donde todo sucede inscrito en el tiempo, en el segundo. Ahí la poesía es sin la intermediación de la escritura. Es la exaltación del momento álgido. No es un poema, es la vida irrumpiendo a dentelladas, colisionando.








Manuel Crespo (Barcelona, 1963) ha publicado los poemarios Guía de perplejos (Col. Puente de la Aurora) y Subterráneo (Las armas milagrosas). Asimismo, ha participado en los libros de poesía colectivos Indicios de Salamandra (Torre Magnética/ Zambucho Edic.), Clavar limas en la tierra (Torre Magnética) y Tinta en la medianoche (Vitruvio).

Se recogen escritos suyos de ensayo poético y crítica social en los libros Los días en rojo. Textos y declaraciones colectivas del Grupo Surrealista de Madrid (Pepitas de calabaza), Situación de la poesía (por otros medios) (Torre Magnética/Traficantes de sueños/Fundació d' Estudis LLibertaris/La Felguera) y Crisis de la exterioridad (Enclave de libros).

Fue cantante y compositor del grupo Kamenbert y actualmente lo es del grupo Los 4Señores, con varios discos editados. Dirige el programa radiofónico "Lou Reed ha muerto" en Radio Castelldefels.