Ana Belén Martín Vázquez, poeta. Entrevista de ESTHER PEÑAS.
«Cuando la palabra es estéril es terrible, no hay posibilidad de
consuelo»
Reconocer la temperatura y el origen del
daño. Encararlo, sin instalarse en él, sin zafarse de él. Buscar el consuelo,
el abrigo. Saberse en la intemperie y confiar en que la lumbre, en algún
momento, prenda. No distraerse, estar pendiente, ser consciente de la caída.
Esquilmar lo innecesario. Que a la mano le quede cerca la belleza.
Estos son algunos de los ejes del último poemario de Ana Belén Martín Vázquez
(Madrid, 1971), Astillas (Bartleby).
Con
astillas, ¿qué tipo fuego conviene prender?
Visto
desde hoy, el que implica una renovación, un renacer. El fuego del Ave Fénix,
muy presente en los últimos años, los de la reescritura de este poemario,
cuando lo revisaba para llegar a la última versión. Donde hubo dolor, por fin,
surge la certeza, aún temblorosa, de un nuevo fuego creador, purificador,
sanador.
Personalmente,
me ha costado mucho asumirla como legítima. Por eso, ese primer poema, que
funciona como un poema-prólogo, plantea el derecho a la tristeza a la vez que
la cuestiona. Cuando se tiene todo lo necesario (un techo, una nómina, salud,
un entorno afectivo...), una se reconoce en un espacio privilegiado frente a
otros. En ese contexto real, experimentar una tristeza persistente se hace,
como dices, lacerante. Sientes que no puedes, que no debes quejarte... y, sin
embargo, el dolor está ahí y te pesa, a pesar de su invisibilidad y de tu
situación.
Cuando
empecé a escribir este libro, en 2018, la salud mental era aún más tabú que
ahora. Hablar de depresión, desde una posición de privilegio, me resultaba una
impostura. Ahora me doy cuenta de que no se trataba solo de la mirada de los
demás o la vergüenza ante otros (la astilla casi invisible y tan punzante), ese
dolor era algo que ni yo misma acababa de entender o aceptar.
He
tenido que buscar la referencia. No conocía esa película, pero me has dejado
con la curiosidad. A ver si puedo verla en algún momento… Por eso, sólo te
puedo responder por ese verso que entrecomillas. Supongo que surge de ese
decirse en soledad y también de las palabras, poéticas o no, como el espacio
donde desde niña me he sentido a salvo. Escribir siempre ha sido un refugio. El
verso, seguramente, va un paso más adelante y es más consciente que yo misma al
escribirlo. En el fondo, apunta a una salvación íntima, que estaba en
entredicho. Desde fuera, como te decía antes, no todo el mundo era consciente de
ese espacio arrasado donde yo no encontraba esperanza ni, por tanto,
posibilidad de salvación.
Me
temo que nos acostamos derrotados muchas veces. Al menos, a mí me pasa. Pueden
ser derrotas muy distintas, generadas por nosotros mismos o por los otros. La
derrota es no haber podido hacer lo que queríamos haber hecho; sentir que
nuestros deseos han sido atropellados; que nos han faltado las ganas o las
fuerzas con las habíamos entrado en la ducha o comenzado un proyecto:
desilusiones pequeñas que van sumando. Cuando las horas son muy exigentes,
cuando sientes que la jornada ha podido contigo, reconoces esa derrota. Algo
así como volver vencido de un campo de batalla cotidiano, reconocerte en el
despojo que se acuesta. También cabe una derrota más amplia, que recopila las
derrotas diarias y ofrece una existencia derrotada. Y, aun así, a pesar de
todo, resiste un gesto humano, que recupera el lenguaje y da las buenas noches,
en un penúltimo aliento, volviendo a confiar, supongo.
Uf,
¡menuda pregunta! ¿Tiene límite? En general, todo tiene un límite. Otra cosa es
que seamos capaces de verlo, de reconocerlo. En estos tiempos, vemos que la
omnipotencia de algunos (su deseo de más dinero, más poder, más de todo...),
está llevando a los ecosistemas y a los seres humanos hasta su límite,
rebasando lo saludable en todos los ámbitos... Volviendo a la poesía, supongo
que su límite está en el mismo lenguaje. Los límites de quien escribe, con unas
palabras y un talento limitado, y los límites de quien lee esa creación. Lo
maravilloso reside en que, entre lo que ofrece el poeta y lo que recibe el
lector, los límites iniciales se ensanchan. El poema va a crecer para ambos,
resignificándose, a lo largo del tiempo, en cada lector o lectora. Por tanto,
el límite inicial se multiplica, aunque siempre estará ahí, porque la poesía no
va a alcanzar a todos, ni todos los idiomas.
Me
haces dudar en la respuesta... Para mí, es imposible ignorar quién soy, en el
sentido de saber de dónde vengo. Mi historia familiar y personal, mis
aprendizajes, la experiencia, los logros y descalabros, todo cuanto me constituye...
Es cierto que a veces todo eso pesa, y convendría olvidarlo. No obstante,
siempre he creído que desde el olvido no se puede construir, y que se construye
desde la memoria. Si volvemos al libro, ese verso parte de un espejo que solo
ofrece confusión, un espejo en el que la visión de los desconocidos ofrece una
cierta claridad, mayor que la propia. Puede apuntar a un deseo de liberación,
de empezar desde cero; y también de comenzar a reconocerse desde otro lado.
¿Ves?
Los poemas dicen lo que ni yo misma sé explicar, esa es su magia... Supongo que
entre el afuera y el tiempo, está el sujeto. El yo que se pregunta qué hacer
con la realidad espacial y temporal que le ha tocado vivir. Siempre me ha
parecido que el yo y sus circunstancias siguen siendo la clave.
¿En qué momento, de haberlo, se requiere «desafiar a la muerte»?
Creo
que hay que desafiar a la muerte siempre que haya esperanza. Y que la esperanza
hay que buscarla, de forma obstinada, incluso en los momentos difíciles. Sin
esperanza no hay nada.
Como
te decía antes, para mí la palabra es un lugar de salvación, un refugio. La que
se dice uno mismo para mantenerse en pie y la palabra de aliento que recibes de
otros. También es la palabra que da de comer, en el caso de alguien que se
dedica a la comunicación. En el plano más íntimo, la palabra ayuda a la
reflexión personal, a entender las contradicciones propias y relacionarse con
el mundo. Cuando la palabra es estéril es terrible, porque no hay posibilidad
de consuelo. Y aún más para quienes trabajamos con la palabra (periodistas,
escritores, poetas, comunicadores…). Si pierde su potencia para generar algo,
surge una situación de falta de sentido que puede paralizar en muchos aspectos,
ya sea a nivel de escritura o de vida.
Uno
lleva su propio daño a cuestas. Porque no olvida o no olvida del todo. Pero no
es, necesariamente un daño autoinfligido, ni mucho menos. Uno puede ser el daño
que le han hecho o le hacen los demás. Es fundamental salir del daño.
Reconocerlo, aprender de él y que sirva para vivir de nuevo.
Uf,
el tiempo del poema es un regalo, la verdad. Frente a nuestras vidas, tan
programadas, tan apuradas, tan contra reloj... la poesía carece de tiempo.
Podemos leernos en un poema escrito hace muchos siglos, y también en un poema
escrito ayer mismo por nuestra mano que, aquí y ahora, nos dice otra cosa. La
poesía, en ese sentido, es un viaje inabarcable, como el de la luz o las estrellas.
Seguramente,
sea mejor pensar en los «todavía». Los «siempre» son categóricos, inmutables y,
en ese sentido, falsos. Aunque a veces no nos lo parezcan. Los «todavía» se
abren a la posibilidad, incluso desde lo efímero. En el «todavía», existe una
esperanza viable, mientras que el «siempre» es un engaño. Nada es siempre.
Eres astilla.
Madera inocente,
ficción redonda
que hiere.
Incómodo, sutil resto
impide
el rastro del roce.
Eres tu daño.
El rumor de la muerte
toma el perfil de la casa,
las esquinas del día
y todo su silencio.
No te acostumbras
a velar este paréntesis
donde todo queda
suspendido.
***
Rompes tu nombre.
Borras tu dirección y su huella,
un mar de dígitos culpables.
Eres lo que dice
la correspondencia ausente.
Un tú desvanecido
empieza a construirse
en otro sitio.
Ana Belén Martín
Vázquez (Madrid,
1971) es Licenciada en Ciencias de la Información, especialidad de Periodismo,
y en Filología Hispánica, ambas por la Universidad Complutense de Madrid; y
Máster en Dirección de Marketing por ESIC. Su primer poemario es De paso por los días (Bartleby
Editores). Ha publicado poemas en diversos libros y proyectos colectivos, entre
ellos, La República de la Imaginación
y La Escombrera (Legados, 2009 y
2011); varias ediciones de los encuentros Voces
del Extremo (Amargord, 2014, 2015 y 2016); también libros contra la
violencia machista y en las antologías Insumisas.
Poesía crítica contemporánea de mujeres (Baile del Sol); Naturaleza poética (La Imprenta) y Disidencias (El Sastre de Apollinaire).
Es
autora del blog «Recrear palabras» (https://anabmartinvazquez.wordpress.com/blog/).
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