«No
se puede vivir sin adoración de la trascendencia»
Una de las antologías más
famosas del XX en castellano fue la que compiló José María Castellet en 1970. Nueve
poetas agrupados en la «coqueluche», los más jóvenes, con querencia a la
cultura pop y contracultura (Félix de Azúa, Pere Gimferrer, Vicente Molina
Foix, Guillermo Carnero, Ana María Moix y Leopoldo María Panero) y los
«senior», feligreses de la cultura clásica: Manuel Vázquez Montalbán, Antonio
Martínez Sarrión y José María Álvarez.
Licenciado de Filosofía y
Letras, desde que publicase su primer poemario (Cuadernos de arte y pensamiento, 1959), José María Álvarez
(Cartagena, 1942) ha ido tejiendo una colosal obra, a lo largo de treinta años,
que ha reunido bajo el epígrafe Museo de
cera, con diferentes ediciones y sus pertinentes ampliaciones. Poeta épico,
los suyos son versos que cantan a los clásicos, haciéndolos cuaderno de
bitácora en un mundo en decadencia. Un deseo tumultuoso, con voluptuosidades
obscenamente hermosas, un apurar la vida en sus vertientes más hedonistas, una
constante reivindicación de la memoria y de la cultura pueblan sus poemas,
traducido a numerosos idiomas.
Traductor de Kavafis,
Stevenson, Jack London, Shakespeare, Hölderlin o Maiakovski, entre otros, su
novela La esclava instruida obtuvo el
Premio Sonrisa Vertical (1992). Ha conocido (e intimado) con alguno de los
autores imprescindibles del XX, como Cioran, Borges, Onetti, Octavio Paz o Raymond
Aron. Viajero inmarcesible, siente debilidad por Venecia o Istambul –como gusta
escribir–, París o Cartagena.
Recuerdo
una de mis primeras entrevistas, con Buero Vallejo, que me confesó que estaba
un tanto harto de que, cincuenta años después, se le siguiera conociendo y
preguntando por Historia de una escalera,
como si no hubiera escrito nada más en su vida. A usted, que le pregunten por
los Novísimos, ¿le irita, le hastía, le enorgullece?
A mí me da lo mismo. Agradezco
haber sido incluido en ese libro, porque
–sin duda– nos sirvió para ocupar un espacio que nos hizo más conocidos. Lo
importante, culturalmente, es ver hoy qué queda y adónde ha llegado cada uno de
los antologados.
Pienso
en textos de Miller, de Lawrence, de Witkopp (acaso la última escritora
libertina), Sade o Apollinaire. Me llevan, de otro modo, a su espléndida novela
La esclava instruida, y no estoy
segura de que, de nuevas, alguien publicase un texto así. ¿Nos hemos vuelto más
pacatos?
Más pacatos, no… Más
domesticados –y espero no incluirme en esa masa–, sí. Es inconcebible cómo gran
parte de la sociedad ha aceptado esta especie de lobotomía sexual que arrasa lo
que verdaderamente somos, lo que es el ser humano. Pero, bueno, no es sino uno
más, aunque puede que esencial, de los crímenes incesantes de la intelligentsia y los gobiernos, como
toda esa patraña de la ideología de género, la falsificación de la Historia, la
destrucción de la Memoria. En fin… el basurero en que han convertido el vivir.
«Como
la hiedra a una pared vieja/el deseo se agarra a mi alma». ¿Qué papel ha de
desempeñar el deseo en nuestras vidas?
La ha hecho posible, quiero
decir, como vida digna.
Me
resulta curioso que titulase su obra completa Museo de cera, porque sus poemas están vivos, son apasionados,
vehementes, lo contrario a la quietud mórbida que convoca un Museo de cera…
En realidad, fue el título que
nació al mismo tiempo que el primer poema de ese libro, allá por el verano de
1960, en París. Y puede que sea lo que, en realidad, es Museo de cera: un museo. Y «de cera» porque es en lo que estamos
convirtiéndonos. Se ve que fue una premonición.
Leyéndolo,
da la impresión de que antepone la belleza, la estética, a la ética…
Todo es lo mismo. Yo no creo
que pueda haber ética sin adoración de la belleza, sin lo más alto que podamos
conseguir estéticamente, sin el constante decantar la cultura.
Como
tantos otros intelectuales, usted orbitó en el Partido Comunista. ¿La cuestión
es estar siempre frente al poder? ¿De qué modo ha de comprometerse
políticamente un poeta –si es que ha de hacerlo–?
En los viejos años 60 –y he
escrito mucho sobre esto– y en España, el Partido Comunista era la única
oposición al régimen. Y, además, éramos muy ignorantes, muy fácilmente
manipulables. En Francia sucedía lo mismo, y en casi todas las naciones… menos
las que estaban sufriendo el horror, horror que se nos ocultaba. Pero, de todas
formas, mi labor como «compañero de viaje» fue muy corto y lleno de dudas; desde
los setenta, lo que he ido siendo, e in
crescendo, es un anticomunista feroz. He contado sobre todo esto en mis
libros La insoportable levedad de la
libertad, Los decorados del olvido
y Manifiesto de Villa Gracia.
«Oh,
ebria la Fortuna», canta uno de sus versos. ¿Se puede vivir sin dioses? ¿A qué
precio?
Creo que no. De todas formas,
de lo que se trata es de formas de adoración, y yo, lo que siento más cercano a
mí en esa literatura fantástica, son aquellas del antiguo mundo griego. Desde
luego, lo que no se puede es vivir sin adoración de la trascendencia.
«Oigo
los hierros de la Ilíada…» ¿Puede ser épica una vida vivida en el siglo XXI?
Yo no entiendo, no concibo la
vida sin la épica. No hace mucho, precisamente, hablé sobre lo bien que le
vendría a casi toda la actual poesía, no sólo española, un «paso» por Kipling,
por ejemplo. Y claro está que por Homero, Virgilio… o Shakespeare…
¿En
qué se resume el botín del mundo?
En la libertad y en la
desaparición de los necios.
Cortázar,
Borges, Vargas Llosa, Aleixandre… de todos los personajes que ha conocido,
¿cuál le ha causado una impresión más honda?
Oh… muchos. Borges, Espríu, Raymond
Aron, Ferruzzi, Giancarlo Ivancic, Onetti, García Márquez, Jean-François Revel…
no sé, son tantos… Y no sólo que haya conocido personalmente, sino los leídos,
los contemplados, los escuchados. ¿Qué sería yo sin Shakespeare, sin Tácito,
sin Velázquez o Rembrandt, sin Mozart, sin Bach, sin Gibbon, sin Stevenson, sin
Lampedusa, sin Hölderlin, sin Baudelaire, sin Manrique, sin Flaubert, sin
Stendhal, sin Tocqueville, sin Hayek y von Mises, o sin Popper, sin Kavafis, sin
Nabokov, sin Alfonso Reyes, sin Quevedo…? Yo qué sé; la lista sería infinita.
Si
los animales buscan el oro, usted
parece buscar, verso tras verso, el esplendor vital en la dialéctica cultura
clásica/cultura de masas…
Las masas no tienen nada que
ver con la cultura. Yo busco… y acaso ni busco, sino que, como decía Picasso, «encuentro».
«¿Sabes
lo que me preocupa, lo que/a veces me inquieta?/ Imaginar
que no hay salida/ en tu descenso a los Infiernos,/hilo que te asegure
regresar». ¿Conviene atravesar el infierno? ¿Qué disposición de ánimo ha de
tenerse para salir de él?
El infierno lo atravesamos con
excesiva frecuencia. Y, sin duda, es fundamental ese hilo de Ariadna que nos
permite volver. Y ese hilo es precisamente lo que ahora se pretende, y acaso se
consiga, destruir: lo que somos de verdad, nuestra memoria.
¿Cómo
saber que lo vivido ha merecido la alegría de recordarlo?
Si lo ha guardado la memoria es
porque se lo merece.
Homero,
Aquiles, Plutarco, Virgilio, Teseo, Ulises, Patroclo… de todos los personajes
clásico que habitan su poesía, ¿por cuál siente debilidad?
¿Por qué no Eneas? O Alejandro Magno.
¿Cómo
saber qué o quién merece ser pálpito de un poema?
Está en la emoción que su
recuerdo nos regala. Pero pocas veces –o ninguna– existe sin pasar antes por un
espacio que sólo al Arte pertenece.
¿Qué
se hace cuando uno «tiene la Luna en la palma de la mano»?
Asombrarse.
¿Mantiene
la certeza de que «no hay nada/ más allá de la tierra que piso»?
Bueno… Yo soy agnóstico. Toda
otra conjetura, afirmación o negación, creo que precisa de un acto de fe que mis
dioses no me han concedido.
Vive
entre París y Cartagena, y es un hombre que ama viajar. ¿De qué modo
condicionan y transforman los lugares a uno?
Cada día amo menos viajar.
Viajo, pero lo detesto. La calidad de los medios, la cantidad de gente que
nadie sabe por qué están ahí… la calidad de todo, las ciudades que están
haciéndose insoportables por el tráfico. Y, sobre todo, cómo van perdiéndose tantas
librerías, haciéndose desagradable la visita a museos, etc. Donde más vivo es
en París y en Villa Gracia, con escapadas a Venecia o a Budapest, porque otras
ciudades, digamos «de mi vida», como Alejandría o Istanbul, o San Petersburgo,
o New York, cada vez tienen más inconvenientes, limitaciones para el gozo, normativas
irracionales.
¿Quién
fue, a su juicio, el último héroe del que tengamos constancia?
Ni idea. En este momento, los
únicos que me parecen héroes son los que luchan contra toda ideología miserable
(género, multiculturalismo, pensamiento «correcto», ecologismo delirante,
falsificación de la Historia, abolición de la Memoria, etc., etc., etc.)
Entrevista publicada en "Solidaridad Digital", octubre de 2023.
José María Álvarez nació en Cartagena el 31 de mayo de 1942. Falleció en la misma ciudad el 7 de julio de 2024.
Argent vivo
¡Qué vida más tranquila parece llevar mi familia!
-pensó Gregorio
Franz Kafka
La voluntad y los apetitos... ah!
Edmund Burke
¿Lo recuerdas? Tuvimos
la Luna en la palma de la mano.
Nunca otra vez la música
de aquel tambalillo de la playa
volverá a hacernos bailar,
ni, sin que nosotros lo escuchemos,
a crujir el mundo volverá.
Volverá tu marido, no es mal tipo,
en su jardín tu aburrimiento a colgar,
y el calorcillo que alumbra entre tus muslos
¿a quién llamará?
Quizá otros brazos y otros besos
profundamente sentirás,
y tu marido y yo quizá acabemos
bebiendo solitarios en un bar,
haciéndonos amigos; como es lógico
evocarte nos unirá.
Pero recuerda, como yo te he leído a Scott Fitzgerald
nadie te lo leerá.
Aymant
Como a BennvenutoCellini -hacia quien experimento mayor
inclinación de la que tengo por los otros maestros del
Quattrocento-, me gusta vagar por la arena abandonada por
la marea, recogiendo conchas, guijas
Claude Lévi--Strauss
...Las viejas playas. A las que siempre
algo
te lleva. Como ningún otro latido
del mundo, esas orillas...
Caminas por el filo de las aguas. El sol que las traspasa,
ese velo cristalino,
y esas conchas
medio enterradas en la arena, y esas cintas
azules
que la luz dibuja.
No es tu memoria
quien reconoce,
donde existe depositada esa luz, esos colores,
estas orillas transparentes, la sensación
de la mar en tus dedos.
Es una dicha sin pasado. Sólo su instante
de exaltación, la
Vida
más allá
de lo comprensible.
Nubes doradas
"La nostalgia que siento no está ni en el pasado ni en el futuro..."
Fernando Pessoa
"-En el coche queda una botella de ginebra.
-Por qué no lo dijo antes, en vez de hacerme perder el tiempo
hablando tonterías?"
DaniellHammettt
"La resistencia se organiza en todas las formas puras"
Tristán Tzara
A Jaime Gil de Biedma
Qué importa ya mi vida.
Cada vez que levanté mi casa, la
destruía. A cualquier país que llego
no amo otro momento
que aquel de divisarlo. Nunca
pude decir dos veces bien venida
a la misma mujer.
Respetarse uno mismo.
Pensar.
Veo crecer los rosales que planté.
Destapo la última botella del último
pedido.
Miro
como mi vida salva cuanto hay de noble.
Por ti, oh cultura, y por todos
los que vivos o muertos me hacen compañía, bebo.
Más allá del tiempo y de mi cuerpo,
bebo. Lleno
de nuevo el vaso. Dejo
que lentamente el alcohol vaya cortando
los hilos que me unen
a esta barbarie.
Y con la última
copa, la del desprecio,
brindo por los que aman como yo.

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