A veces tiene cabezonerías
que me resultan incomprensibles. Las imagino como tormentas girando en su
cabeza que no terminaran de resolverse. (Doy un salto a lo altísimo y me figuro
que así debe vernos nuestro Dios. Locos que se golpean contra las paredes de sí
mismos y de los demás sin hallar salidas.)
A
veces tiene piedrecitas reunidas en un recipiente y se le cae una. Entonces la
busca: es precisamente esa la que
quiere recuperar, la que busca con afán y termina encontrando. Pienso que para
ella las piedrecitas son joyas. El mismo empeño pone en un copito de maíz que
se le ha caído del plato. Cada cosa cuenta. Y entonces me acuerdo de la
parábola de la oveja perdida.
A
veces le digo que faltan diez minutos para irnos, entonces negocia y replica “siete”.
Accedo y ella aprende que soy el tipo grande con quien se puede hablar.
Toma
la cuchara de la sopa y toda su conciencia está absorta en ello. Más adelante
habrá algo de lo que ocuparse. O ni siquiera existe el más allá. No le
interesa. Aunque el futuro la aguarda.
Todo
el tiempo de su vida es para aprender, experimentar, asociar, esclarecer. Sin
embargo, no se estresa por lo que aún no sabe. Le basta con hallar de cada
momento algo valioso. No sospecha la muerte. Es dueña del tiempo. Y sus pequeños
éxitos la van empujando.
¿Qué
nos revela un niño?
(12 junio 2011)

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