Nadie me había felicitado al cumplir los treinta y siete. Lo que no me preocupó en absoluto. La única persona que me importaba, mi hijo, estaba secuestrada por su padre. Me había instalado, provisionalmente, con mi prima. Con la que no me llevaba bien. Discutimos. A consecuencia de lo cual, tuve que dejar su casa. Le había llamado vaca danesa. Quizás por eso no me felicitó en mi cumpleaños. Fueron unos días duros, pero sobreviví. Si algo he aprendido en los últimos doce años es que, cuando crees que has tocado fondo, puedes seguir cayendo. Afortunadamente conseguí arreglarlo, lo de mi prima, fue una suerte que ella también cumpliera años. Siempre lo celebraba desayunando, los daneses son así. Nosotros, los sirios, hace mucho que no celebramos nada. Antes bastaba un simple pastel. Así que me presenté en su casa a primera hora con un ramito silvestre. Acabamos las dos llorando entre flores espachurradas.

Mi padre fue funcionario en Siria. No tenía gran mérito. Los atributos más apreciados para conseguirlo eran ser alauí, haber nacido en la provincia costera de Latakia y pertenecer al Partido Baaz Árabe Socialista. Él cumplía los dos primeros de serie. Del tercero se ocupó en cuanto tuvo edad. No tengo nada que decir en contra de mi padre. Siempre que pudo, me protegió y me cuidó. Quizás solo, como engañó a mi madre. Nunca cumplió su promesa de vivir en Galicia, la condición con la que ella se casó a los veintiún años. Él acababa de cumplir los treinta y seis. Se dedicaba a la exportación de semillas. Así la conoció. Enseguida nació Walid, mi hermano mayor, y se instalaron en Siria. Iba a ser por una corta temporada. Lo que tardaran en reunir el dinero necesario para volver y montar un negocio en España. Pero ese día nunca llegó. Primero tuvieron que hacer frente a los gastos de una ruinosa vivienda. Después un socio libanés desapareció con los ahorros de la yesería común en Tartús. Mi padre lo contaba con un deje de amargura, era un amigo de la infancia. Más tarde se dedicó al turismo. Justo cuando ocurrió lo de Hama y los Hermanos Musulmanes, los turistas desaparecieron. Es decir, una sucesión de desastres. No todos provocados por él. Fue entonces cuando su tío le enchufó en el ministerio del ramo. Empezó de meritorio, una especie de bedel, luego fue pasante. Por último, le hicieron oficial. Era un empleo importante. En fin, que el regreso a España se quedó en el olvido. Se trasladaron a la capital. Y allí nací yo.

 Mi prima le tenía gran cariño a mi madre. Eso explicaba que me tratara así. Cuando lo necesité me abrió las puertas de su casa. No hizo falta que me dijera que lo hacía por su tía. A la que, sin embargo, solo había visto una vez. En el pueblo a mi madre la llamaban Tensi. En Damasco era Om Walid. Se diferenciaba de las otras mujeres en cómo llevaba el pañuelo en la cabeza. Los tenía a pares. De dibujos claros y geométricos, como azulejos califales. De delicados pájaros pintados, igual que acuarelas chinas, y de flores bordadas sobre fondos carmesís. Le regalé dos a mi prima. La conmovieron. Lo que se perdió fue el pequeño pick-up, el tocadiscos con el que, cuando estábamos solas, me enseñaba a bailar punteando las baldosas blancas y negras del suelo de la cocina. Siempre guardaré buen recuerdo de mi madre. Se equivocó respecto a mi marido, eso es todo.

Probablemente fue culpa suya que creciera tan consentida. Quería lo mejor para mí. Quiso que estudiara hasta el final. En la universidad me llamaban ‹‹garza alocada››. No recuerdo bien por qué. Pero no importa, apenas me reconozco en esa chica. Hubiera seguido así de no ser por la política. Me enamoré de un activista que también me salió rana. Nos detuvieron a los dos en una manifestación contra el régimen. Mi madre enloqueció. Mi padre intentó hacerse el duro, pero enseguida movilizó a todos sus contactos. Recibió más escupitajos que yo golpes cuando fue a sacarme de allí. Le guardé la ausencia al activista, hasta que descubrí que también había salido y me había vendido por un plato de lentejas. Costeadas, por cierto, por mis padres.

 No aborrezcas a los hombres, dijo mi madre, están hechos así. Debí creerlo, porque cuando me tocó odiar a mi marido, no lo hice con tanta intensidad como se merecía.

 En fin, necesitaba volver a casa de mi prima para tener alguna estabilidad. Era urgente cambiar algunas cosas. Llevaba siete meses en Madrid. Y no estaba muy orgullosa de cómo me ganaba la vida. Así que no voy a contarlo. Al llegar creía que todo iba a ser más fácil. Obtener la nacionalidad, por ejemplo. Soy hija de gallega. Pero nadie parecía creerme, y no tenía manera de demostrarlo. Mis papeles desaparecieron en Damasco. Solo era la mujer de… De alguien al que no quería ni nombrar. Había decidido cambiar de trabajo. Encontrar algo de camarera o limpiadora. Ganaría menos, es cierto. Algunos podían considerarlo un paso atrás, pero no yo. Llamé a Rachid y se lo dije. Mejor dicho, no le llamé, dejé que él insistiera varias veces. Cuando lo cogí, le hablé claro: No voy a volver, no me interesa. ¿Qué dices, crees que tienes elección?, contestó. Claro que sí, es mi vida, dije. Oí como bufaba a través del teléfono. Si no vienes, te arrepentirás. Tienes una cita a las seis, no te retrases. No estaba dispuesta a ceder y respondí con calma: No voy a ir. ¡Piensa, mujer, lo que dices. Si no…! Colgué antes de que completara la amenaza.

Estuve calculando las consecuencias. No niego que me asusté. Pero, pensé, ahora vivo en un país libre. Esto no es Siria. Rachid es solo un sinvergüenza. No puede obligarme a nada. Aunque es verdad que nunca me había forzado, todo lo había hecho yo porque había querido. En fin, lo contaré: Rachid tenía un servicio de acompañamiento. Sus clientes eran, principalmente, saudíes y hombres de negocios del Golfo. Podían permitirse todas las mujeres que quisieran, pero en España preferían guías locales. Mi ventaja es que podía pasar por gallega y, a la vez, hablaba árabe. La transacción no incluía sexo. Pero, a menudo, era difícil evitarlo. Ganaba lo suficiente. Mi prima suponía que trabajaba, de extranjis, para observadores internacionales. Tampoco iba tan desencaminada.

Lo cierto es que tenía experiencia. Me duele decirlo, pero fueron mis padres quienes primero me echaron en brazos de un hombre. Lo hicieron para alejarme del activista. El hombre se llamaba Mhamud. Era historiador del arte. Trabajaba en el mismo ministerio que mi padre y, además, daba conferencias en la universidad. Empecé a trabajar de asistente para él. Pronto le acompañé en viajes al extranjero. Era un especialista reputado. Cuando me dejó preñada, temí su reacción. Pero, entonces, no se portó mal, se casó conmigo. Sin que las cosas cambiaran demasiado. Yo seguí siendo para él una empleada. Y mis padres se mostraron satisfechos.

 Al menos, se acabó lo de ir fuera. Los viajes se habían convertido para mí en un tormento. Su compañía me enfermaba, cogí miedo a volar. Para cuando nació mi hijo, había vomitado en la mitad de los aeropuertos de Europa y Oriente Medio. Así que pensé: Ha venido con un pan debajo del brazo.

        Sin embargo, lo que llegó fue la guerra. No hay palabras, ni lágrimas, ni silencios para describir el mal. Ni la forma en que llega. No hay manera de prevenirse. Primero fue Walid, poco después, murieron mis padres.

Todavía había días en que la angustia me hacía sentir desconsolada. No hay que avergonzarse de ello. A todo se acostumbra una, pero requiere tiempo. Esas tardes, preparaba té y esperaba a mi prima. Mi vaca danesa estaba hecha para la compasión. No veía nada malo en utilizarla. Había aprendido a conocerme y a conocer a los demás. Sabía que podría salvarla en una situación de peligro. Que no dudaría en arriesgar mi vida. Lo que no podía era elogiar su tibieza. Sin embargo, la necesitaba. En esas ocasiones, si se retrasaba, me llenaba de irritación. Ella, nada más llegar, se lavaba las manos, se sentaba en la mesa de la cocina y se disponía a escuchar.

Con los peores bombardeos, mi marido nos llevó a Jordania. Debía agradecérselo. Él volvió a Damasco. El dinero, la documentación, todo dependía de él. Con el paso del tiempo, nuestras condiciones empeoraban. Yo lo admitía a cambio de que no estuviera allí. Un día regresó, el gobierno estaba retomando la situación. Nunca debí dejar que se lo llevara, dije a mi prima. ¿Qué podías hacer?, respondió ella. Matarlo. No digas eso, mujer. Habría sido tu desgracia, la del niño, la de todos. ¿Mi desgracia?

Esa tarde acabé hundida. Me dolían la tripa y la cabeza y me tumbé en el sofá. Hacía mucho tiempo que no soñaba que iba a por él. Durante años, lo hacía a menudo. Volaba a Damasco, sin miedo a volar. En las calles todos los hombres tenían la cara de mi marido. Todos los niños, los chicos, se parecían a mi hijo. Lo malo es que ahora ya no sabía qué aspecto tenía. Desperté, mi prima me había tapado con una manta. La vi llegar con una infusión de manzanilla. Se preocupó por cómo estaba. Después dijo: No odies a los hombres. No pueden evitar ser como son. Me pregunté qué clase de metempsicosis se traía con mi madre. Pero, esta vez, no hice caso.

Tampoco vi llegar la venganza de Rachid. Lo hizo en forma de carta. Me la entregó mi prima. Subí a leerla a mi habitación. No es frecuente recibir correo en estos tiempos. Correo íntimo y postal, quiero decir. Una hora después bajé a la cocina, necesitaba beber agua. Mis ojos hablaban por mí. Mi prima preguntó: ¿Qué tal? No dije nada. Pero antes de que pudiera recriminarme, le entregué la carta. Mi hijo, en un pulcro inglés, me llamaba ramera. No sabía que tuviera una educación tan esmerada. A menos que no la hubiera escrito él. Aunque los detalles, algunas expresiones, me decían que sí. Rachid, el alcahuete, no había escatimado información. Una perla de mi hijo decía que prefería haber sido parido por una rata, a pensar que yo era su madre. Mi prima quiso saber. Yo descargué mi frustración en ella. Volaron los insultos y la vajilla verde de Ikea.

Desde entonces han pasado los meses. De nuevo va a ser mi cumpleaños. Ayer, estaba contando esto, o una parte de esto, a una mujer mucho más joven que yo. No debe de tener los veinticinco. Es bereber, intérprete de amazig en los servicios sociales. Habla con vehemencia cuando se trata de lo suyo, pero en lo demás es muy tranquila. Escuchaba atentamente y de su pelo asimétrico escapaban mechones azules y negros que huían tiesos de su cara. Me dieron ganas de rozarlos y acariciar su piel, más tersa que la mía. Hacía tiempo que no sentía algo parecido. Me contuve para no estropearlo. Eché un vistazo al local con sus sillas disparejas y la decoración kitsch. De las cortinas colgaban abalorios de colores. ‹‹El jardín secreto››, a las dos nos había gustado el nombre. Cuando dejé de hablar, ella dijo: Eres muy guapa. Le pregunté si pretendía ligar conmigo. No repuso de inmediato. Al decir que no, su mirada llevaba penetrándome unos segundos. Siento curiosidad por saber qué pensará mi prima de una situación así. Yo dudo. No sé si me quedan alas para volar esta aventura. ¿Pero qué otra cosa hay, salvo intentarlo?

 





Jesús Javaloyes, Madrid 1957, como Borges está más orgulloso de lo que ha leído que de lo que ha escrito. Entre otras cosas porque de lo escrito todavía no ha publicado nada. A los veintitantos tuvo que decidir entre la informática y la literatura y optó por la primera porque su familia ya había pasado bastantes miserias. Fue programador de ordenadores, como Coetzee, y durante treinta y cinco años se empeñó en sacar adelante la pequeña empresa que había montado. Hace diez pensó que tenía otra vez tiempo y volvió a escribir. Ha frecuentado talleres literarios y escritores con notorio perjuicio para su hígado y enviado algunos relatos a concursos de los que, sorprendentemente, no todos han tenido éxito. Su última novela Los mapas mudos aún no ha sido publicada.