El vicepresidente de Vox de Castilla-León, García Gallardo, ha propuesto que los médicos ofrezcan a las mujeres embarazadas que quieran abortar, que vean videos en 3D donde se les muestre el latido del corazón del feto, de manera que, opina él, desistan en su deseo de interrumpir su embarazo. Aunque se trata de una pedagogía que tiene poco efecto en la realidad (la publicidad contra el tabaco que incluía pulmones putrefactos no disminuyó el número de fumadores), el vicepresidente de Castilla-León, desmentido por su presidente del PP, piensa que puede ser un modo disuasorio para que las mujeres desistan de abortar.
El derecho al aborto es una vieja reivindicación feminista que nunca está conseguida del todo. Hace unos meses, en EEUU numerosos estados le retiraron ese derecho a las mujeres, que deben desplazarse a otros estados donde esté aprobado, con el coste económico y personal que esto tiene en sus vidas. Y es que los activistas provida solo se acuerdan de la vida del no nacido, pero no de los miles de inmigrantes que mueren en el mar, a quienes restan también derechos, como Meloni acaba de hacer en Italia, ni de los jóvenes que se suicidan ante las bajas expectativas laborales que se les ofrecen, ni del cuidado de la salud del resto de la población, incluidas las madres de esos no nacidos cuyas vidas peligran si el derecho a abortar en la sanidad pública y gratuita se ve restringido.
El derecho al aborto de las mujeres es un derecho que apunta a la defensa de nuestra legítima autonomía personal. El hecho de que sea el cuerpo de la mujer el que está dotado para la reproducción no la desposee de este derecho a su integridad y a decidir sobre si desea tener un hijo o no. La dominación masculina se ha ejercido siempre sobre el control del cuerpo de las mujeres, sobre su movilidad y su formación, como formas eficaces de mantenerlas quietas, dominadas, dóciles, como sucede todavía hoy en la mayoría de los países musulmanes, especialmente Irán y Afganistán, donde las mujeres han iniciado una revolución que pasa desapercibida para los medios y los gobiernos occidentales.
Pero ¿pasaría lo mismo si fuesen los hombres quienes se embarazaran? Este argumento contrafáctico nos va a permitir poner en evidencia la diferente consideración que nuestra sociedad profesa sobre el cuerpo del hombre y el de la mujer.
Si los hombres fuesen quienes concibieran un hijo, el derecho al aborto sería inalienable. Ninguna organización social se permitiría intervenir en el cuerpo de un hombre embarazado, pues la autonomía de los hombres es un principio fundamental de nuestro patriarcado. Los hombres deciden sobre su vida, se les educa para que identifiquen y lleven adelante sus deseos; la virilidad y la agencia son indisociables: la masculinidad hegemónica decide y actúa; el timorato, el indeciso es un hombre venido a menos, el Fary lo descalificaría de inmediato.
Ninguna legislación osaría, si los hombres quedaran embarazados, a decidir por ellos, pues se vería como una injerencia intolerable en la intimidad de su cuerpo y de su vida. ¡Por favor! ¡Qué barbaridad!, dirían los juristas, ¡cómo vamos a decidir nosotros, los médicos o la sociedad, sobre lo que pasa en el vientre de un hombre! Hasta aquí podíamos llegar.
Pero ellos no se embarazan, ni paren, ni son violados, sino que somos nosotras. Y el cuerpo de la mujer, ¡ah, el cuerpo de la mujer!, es otra cosa. Está al servicio de los otros, del hombre, de la familia, ha sido objeto secular de todo tipo de injerencias y de violencias. Su valor no depende de su sagrada autonomía como cuerpo humano, irrepetible, singularísimo, sino del valor que le otorgan los otros.
En su excelente "Historia de la violación", Georges Vigarello afirma que cuando una monja era violada, la pena del violador era mayor que cuando lo era una mujer corriente y moliente, porque el esposo de la monja era Dios y la ofensa se infería hacia lo más sagrado. Los violadores de las esposas de la aristocracia penaban más que los de los artesanos, todo según el estatus del esposo. Aunque casi todas las violaciones quedaban impunes, por el deshonor que comportaba… para la mujer. Que se lo digan a Artemisia Gentileschi.
El derecho al aborto es inalienable, nadie puede decidir si queremos albergar en nuestro cuerpo, único, propiedad exclusivamente nuestra, una nueva vida. Es nuestra responsabilidad desear o no tener un hijo, y es nuestra únicamente la decisión. Mientras nuestras sociedades no comprendan esta autonomía radical a la que tenemos derecho, el patriarcado y sus peligrosas manifestaciones no habrá desaparecido. Cualquier retroceso ante este derecho lo refuerza.
Como se esforzó en defender el feminismo de los años sesenta y setenta: el aborto ha de ser libre, gratuito y a cargo de la Seguridad Social. Tenemos que repetirlo porque nuestro cuerpo es nuestro, y no de nadie, porque somos seres autónomos y trascendentes, no necesitamos tutores, jueces, médicos o maridos, que deban decidir por nosotras.

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