El amor que damos se
convierte en una ley lógica. Mi hija sabe que voy a besarla cuando la levanto y
la acuesto; como sabe que le daré de comer o le serviré agua si me lo pide. Y
sobre ello se edifica su confianza. Pero si, de pronto, cuando me estira los
brazos, en lugar de recogerla la empujara, su llanto sería más terrible por el
trastorno. Si ella volviese a levantar sus brazos y yo volviese a tirarla,
seguiría sin entender y lloraría negándose a aceptar lo que estaba viendo.
Una tormenta en su cabeza,
una violencia en su orden aprendido.
¿Cuánto
tiempo habría de transcurrir hasta que desistiese en su deseo de ser abrazada y
aupada? ¿Cuánto hasta que se resignase y la lógica que había entendido fuera
quebrada, y sustituida por la otra?
Nosotros,
adultos, respondemos a esa misma forma de razonamiento. Esforzarse, competir,
criticar, dañar al que nos daña, querer a los que nos quieren. Odiar al que
piensa de otra manera, buscar la revancha, obtener el mayor beneficio.
Disimular los propios errores, aceptar las mentiras, distraerse cuando algo es
insufrible, no pensar en las consecuencias. Tratar de huir, desesperarse,
someterse a los cambios que nos imponen, servirse de la autoridad si se nos
concede. Creernos buenos, callar nuestra mala conciencia, o alejarla.
Nosotros,
también, hemos aprendido estas lecciones de lógica. Y nos sentiríamos
trastornados, como ella, si alguien las contraviniese.
(11 octubre 2010)

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