Son conocidas de todos los interesados en la Historia del Cine las intenciones del maestro Eisenstein de llevar a la pantalla “El capital” de Carlos Marx. Ese ambicioso proyecto no pudo ser finalmente concretado. Sin embargo otros cineastas, intencionada o inadvertidamente, contribuyeron a la ilustración cinematográfica del magno texto, si bien de forma fragmentaria. Uno de esos filmes “marxistas”, a pesar probablemente de las intenciones de sus autores (uno de sus guionistas, Borden Chase, se mostró siempre como un anticomunista furibundo), fue “Su majestad de los mares del Sur” (His Majesty O'Keefe) dirigida por el olvidado Byron Hoskin, en el que se nos narra cómo en la segunda mitad del siglo XIX las redes comerciales del pujante capitalismo atrapan a una sociedad primitiva integrándola en el sistema y desarticulándola internamente en función de las necesidades económicas de las metrópolis imperiales (proceso caracterizado en la obra de Marx como inherente a la expansión del capitalismo). Otro es este “La clase obrera va al paraíso”, en que, ahora sí muy intencionadamente, el director Elio Petri y su guionista Ugo Pirro, nos desarrollan, no sin una dosis de humor que se agradece, otra idea clave del viejo filósofo alemán, referente al papel del trabajador en el modo de producción capitalista, en este caso del clásico proletario de la gran factoría: ofrecer su cuerpo, su fuerza de trabajo en el mercado, convirtiendo su persona así en una mera mercancía que se compra y se vende, que se alquila por horas, condenada a metamorfosearse en una extensión de la máquina, embrutecida, enajenada y casi deshumanizada.
La historia se sitúa en el contexto enloquecido de los años setenta italianos en el que los grupos comunistas más radicales intentaban, con más razones que éxito, que los obreros se sumasen a la estrategia revolucionaria y abandonaran la línea oficial de los sindicatos mayoritarios (léase también del Partido Comunista Italiano), que abogaban por conquistas parciales, sindicales y políticas, y por un cierto compromiso, por tanto, con la burguesía, o con una fracción de ella al menos, expresado en su aceptación de facto del sistema político-económico liberal. Obra, por tanto, que ilustra también sobre el debate al que el capital somete al movimiento obrero (o a lo que queda de él) en los países del centro mismo del sistema, entre los que Italia, debido a la fuerza del P.C.I. y de los grupos a su izquierda, fue un laboratorio extremadamente complejo y ejemplar; y que describe, como no podía ser menos, la aspereza de la vida cotidiana de una parte de la clase obrera occidental, una forma de vida que sigue soportando la mayor parte de los asalariados en todo el planeta.
Merecen mención no sólo la dirección y la fuerza de la propia historia, sino la organización de la misma, los impagables diálogos ("este trabajo lo puede hacer hasta un mono", repite el personaje interpretado por Gian María Volonté, quien, en otra escena, al ver salir a los niños, hijos de los trabajadores, de un colegio, también dice por dos veces: "parecen obreros pequeñitos"), los personajes que pueblan el guión y unas interpretaciones magistrales, entre las que destacan la del propio Volonté y la de Salvo Randone, en el papel de un lúcido trabajador enloquecido por las duras condiciones de trabajo y de lucha obrera.
Salvo Randone y Gian Maria Volonté en "La clase obrera va al paraíso"

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